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domingo, 25 de mayo de 2008

La cogida de Frascuelo (25 de mayo)

Texto: Juan Miguel Sánchez Vigil - Fotos: Paloma Aguilar

 


Era una tarde especial para Carlos Escolar, Frascuelo. Por muchas razones, pero sobre todo porque volvía a su plaza con la misma ilusión que cuando empezaba.

 

 

Cuando la plaza estalló en ovación cerrada para obligarle a saludar, la figura de Frascuelo se dibujó contra las tablas y con una leve inclinación de la cabeza devolvió el respeto con el que Madrid le acogía.

 

 

Pero el toro Romero, de San Martín, truncó todas sus esperanzas porque en la segunda tanda con la muleta le dio dos cornadas que sobrecogieron al público.

 

 

Cuando trataban de cogerle en volandas para llevarlo hacia la enfermería, volvió mirada y busco al toro para no olvidar jamás su estampa.

 

 

La corrida se quedó en un mano a mano con ventaja para Lancho, porque Iván García estuvo tan solo aseadito. No así sus banderilleros, Tito y Adrada, que después de dos pares arriesgados tuvieron que saludar porque el respetable así lo quiso. 

 

 

Lancho confirmó la alternativa con Palmo, de San Martín, en ceremonia intensa. Estuvo valiente porque el toro lo buscaba, y en un descuido le elevó hasta las nubes dejando los pitones marcados en el glúteo y en el muslo.

 

 

En el sexto, de nombre Aragonés, Lancho instrumentó varios muletazos con gusto por la derecha y por la izquierda. Había brindado al público con sentimiento, aunque buena parte le silbó por entender que no respondería. No fue así, porque toreó vertical y arriesgando al máximo. Lástima que fallara con el acero porque se había ganado una oreja de ley.

 

 

Carta a Frascuelo

 

Querido maestro:

 

En el amén del último rezo ante la Virgen de la Paloma de la capilla de Las Ventas quise ver en su mirada la esencia de la melancolía. César Palacios le dijo a usted al entrar en el túnel de cuadrillas que allí olía a torero. No solo olía, sino que la plaza entera se impregnó del aroma.

Cuando Romero le elevó por los aires y le clavó los pitones, entendí sus palabras en aquella noche de charla que nunca se llevó el viento. Cada frase que usted pronunció fue una lección magistral, pero no de tauromaquia sino de la vida. 

¡Y qué injusta es a veces la vida! Se lleva el tiempo en la espera y cuando la oportunidad llega, cuando ese minuto de gloria nos besa casi los labios, el demonio lanza una llamarada de fuego y nos quema las entrañas.

El gesto de dolor, o de impotencia, entrando ya en la enfermería se grabó en ese público que le adora. La angustia que recorrió el albero se trocó en lágrimas sinceras. Y mientras el toro Romero moría, la paloma blanca que sobrevuela el coso monumental de las Españas desplegó las alas y se fue hacia la capilla para preguntarle a la Virgen el porqué de sus deseos.

Y cuando retomó los vuelos y se fue a posar en los adornos morunos, muy cerca de la bandera, la única nube blanca que se dibujaba en el cielo, trazó una cruz con los cirros y pintó en letras de nieve el nombre de un gran torero.

Luego, cuando la tarde se fue, cientos y cientos de gentes hablaban solo de usted. Sesenta años -decían- pero parecía un niño caminando por el ruedo. Si un hombre se entrega en alma, con la verdad por delante, jamás le volverán la cara. Mañana, pasado o el otro, al verle llegar a la plaza, se detendrán ante usted para hacerle reverencias. ¿Qué mas se puede pedir?

Duerma tranquilo maestro, porque en el Madrid castizo siempre que se hable de toros nunca faltará su nombre, ni su pícara sonrisa, ni su alma de torero.   J. M.S.V.

 

 

 

 

 

 

 

19:26 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (3)