Mucho ruido y pocas nueces (24 de mayo)

Se lidiaron ocho toros de rejones de la Sra. Viuda de Flores Tassara por Álvaro Montes, Moura Caetano, Joao Moura y Leonardo Hernández.

La tarde estuvo de dulce en la primera media hora, pero luego bajó la temperatura y a eso de la nueve y media, cuando estaba el séptimo toro en la plaza, hacía un frío de otoño.

Ocho toros ocho y el mejor lote para Leonardo Hernández, que lo aprovechó en parte. Clavó bien y supo calentar al público, pero pinchó varias veces. En el primero suyo, cuarto en el orden de lidia, pidió la oreja la mayoría con tanto entusiasmo que al negarla el presidente tuvo que dar dos vueltas al ruedo.

En el tendido se criticó al usía, salvo las voces que alababan la decisión reclamando lo que fue en Madrid en otros tiempos en las corridas de caballos. Lo cierto es que el torero se sintió decepcionado y en respuesta a la actitud del respetable cogió un puñado de arena y se lo llevó al corazón.

J.M.S.Vigil
En el sexto salió a por todas y toreó bien, haciendo una exhibición que remató con un pinchazo y estocada. Esta vez, aunque buena parte del público se había marchado o salía corriendo en una incomprensible actitud irrespetuosa, paseó la oreja muy despacio y con la sonrisa en los labios.

Álvaro Montes empezó bien, pero tuvo un percance y jinete y caballo fueron derribados. Pudo ser una tragedia porque el toro hizo por el rejoneador y le pegó una paliza tremenda. Con pundonor y torería volvió al ruedo, y acabó lo que había empezado con merma de facultades.

En su segundo utilizó la garrocha, y al salir con la cabeza vendada y el gesto cansado, parecía el caballero de la triste figura. El toro era manso, pero lo movió y le hizo faena. Fue de mérito el trabajo y como premio se llevó la oreja que el alguacil tuvo que ir a buscar al desolladero porque ya habían arrastrado al toro cuando el presidente sacó el pañuelo.

Joao Moura fue aplaudido en el primero. Estuvo correcto, sobrio, profesional, digno… y esas cosas que se dicen cuando no se destaca pero tampoco se queda mal. Con el rejón de muerte no tuvo la tarde, porque le pasó lo mismo en el séptimo. Y de Moura Caetano poco que decir porque estaba en otro mundo.

Al final el ruedo se llenó de almohadillas porque Leonardo Hernández se quedó sin la Puerta Grande. El público pidió la oreja y el presidente quiso devolver a Madrid su grandeza.

¡Vaya lío!, decía la mujer de Tomás, que se había quedado en casa porque no soporta que en los caballos se den palmas como si el rejoneador fuera a saltar con pértiga.

Se apagó el sábado... y al subir hacia Manuel Becerra muy despacio, volví la cabeza y vi la plaza todavía iluminada. Me dije: ¡es preciosa! Y creí ver el revoloteo de la paloma blanca de Morante albero que el viernes por la noche se rindió a los pies del sevillano.
