Voló de nuevo la paloma blanca de Morante albero (23 de mayo)
Texto: Juan Miguel Sánchez Vigil/ Fotos: Paloma Aguilar

J.M.S.Vigil
Llegó Morante vestido de verde y se armó el revuelo en el patio de cuadrillas. El Juli se había adelantado, como de costumbre, y a la seis y media ya estaba mirando fijamente al cielo. Con Manzanares se retrataron sus incondicionales y los tres matadores se abrazaron en medio de una gran expectación.

El presidente hizo acto de presencia y convocó a la terna para comprobar que el ruedo estaba en estado de revista. Pisaron la arena un par de veces y después de una breve charla acordaron que la corrida se diera.

Había llovido toda la noche anterior, toda la mañana y casi toda la tarde. Pero el agua del santo no puede con las lonas azules que cubren el ruedo.
En medio de una fina lluvia se inició el paseíllo.

Paraguas e impermeables poblaron los tendidos. Y bajo el aguacero, que no dio tregua, se celebró el festejo.

Diré lo que me comentó Gumer Galván, torero de Pucela de tiempos de Manolete, bajo los soportales de la plaza: ¡Hubo dos corridas! Y se explicó: ¡Tres toros que no valieron y tres que sirvieron después!.

Además del mérito de torear con el ruedo espeso, despegando el barro de las zapatillas, la tarde estuvo plagada de detalles, incluidos varios pares buenos. El Juli se creció después de que Morante impregnara la plaza de las esencias de toreo, y Manzanares pegó muletazos excelentes al sexto.

Pero la tarde fue de Morante. Cuando el brillo de las luces comenzó a brotar de los charcos, el vestido verde del torero se reflejó como en un espejo y el pellizco surgió en un instante.

Menos desde el 7, que se empeñó en no ver lo que todo el mundo, se gritaban olés de agradecimiento. Y en el cuarto Morante se entregó a la gracia de los dioses, tanto que se olvidó del tiempo y entró a matar con el segundo aviso.

Con la oreja en la mano, dio la vuelta tan despacio que también la lluvia calmó su ira durante minutos.

Reía. Saludaba. Arrastraba las zapatillas haciendo surcos. Devolvía los sombreros haciéndolos girar en el aire. Besaba los claveles. Y ya en el centro del platillo, inclinó la cabeza en señal de respeto al soberano.

Siguió lloviendo y lloviendo… El Juli se ganó la ovación en varias tandas al quinto, y pinchó con la espada.

En el sexto Manzanares también dejó huella, pero el agua no perdonaba y hubo espantá cuando alargó la faena.

Al abandonar la plaza Morante con los andares de torero triunfador voló un sombrero blanco y se cruzó delante del caballero de la digna figura. Algunos creyeron que se trataba de una paloma... y aunque tenía la forma de sombrero, ciertamente era la paloma blanca de Morante albero que aquella inolvidable tarde de la temporada pasada se rindió a sus pies en señal de reverencia.
