Esperando la de hoy, Iván Vicente, César Jiménez y Eduardo Gallo (21 de mayo)
Texto: Manuel Durán / Fotos: Paloma Aguilar - M. Durán

El túnel de cuadrillas impracticable. Se notaba que hoy sucedía algo especial. Venían dos figuras y era a priori uno de los carteles esperados. En San Isidro se esperan siempre todos los carteles y cualquier terna de agosto, trasplantada a mayo multiplica por diez la asistencia en los tendidos.

No cobramos por la idea a los empresarios: ampliar la feria a sesenta y dos tardes. Por ejemplo... Seguro que hasta podían componer algunos carteles más de caballeros rejoneadores para que también hubiera lleno esos días, con lo que podrían descansar los habituales de las corridas a pie. Más de dos meses todas las tardes hay que aliviarlas con carteles de rejones. Pero eso es fácil, porque aquí el lleno está asegurado.

Lo anterior no es producto de la mala leche por haber fotografiado la corrida completa en pie desde el vomitorio del tendido uno. Es producto de la mala leche, porque tarde tras tarde, vemos lo de siempre, si hay toros no hay toreros y al revés. ¿Qué pintábamos más de veintitrés mil almas viendo la corrida de Alcurrucén-Hermanos Lozano de hoy para concluir nada? Los figurines masculinos y femeninos de los tendidos de sombra aguantando impávidos la falta de toda emoción y en los de sol, aunque hoy también poco, alguno se calentaba y llegaba a opinar sobre la calvicie incipiente de Enrique Ponce, gritándoselo al torero cuando este corregía los centímetros que le exigían desde otro tendido para que se cruzara. ¡Vaya por Dios! Eso es estar al tanto de lo que sucede en el ruedo.

También miraba a mis colegas en el propio tendido, Julián Madrigal, Santos Martín, José Ángel, Ricardo a Domingo en el tres y a los yoguis de la meseta de la enfermería en el cuatro, Juan Miguel Sánchez Vigil, Pedro Jimenez y Ricardo García. Todos parecían tener la misma cara que yo. Aburrimiento generalizado. Y eso que nosotros tenemos la ventaja de fotografiar, si podemos y nos place hasta la cara del vecino, porque si el vecino tiene las patillas de don César Palacios puede merecer la pena.

M. Durán
Pero a los toros y a los toreros, para qué. Hombre, siempre hay algo. Claro que existió toreo de capote hermoso, con garra y sentimiento. Menos mal. Jesús Martínez Barrios conocido como Morenito de Aranda que se ganó la, hasta ahora, mejor sustitución de la feria por su actuación en las corridas previas de San Isidro, movió el capote recordándonos composiciones fotográficas antiguas del toreo a la verónica.

No para remontarse a Curro Puya o Cagancho, aunque nos lo recordó, pero si para tenerlas en cuenta, porque además lo hace con personalidad. Por ello es difícil comparar y no sabríamos decir si se parece a aquellos o a los de ahora. También con la muleta lo intentó, pero no se pudo llegar a más. Fue el único que saludó en sus dos toros.

Antes, tenemos que decir que Enrique Ponce nos pareció un perfecto profesional del toreo. Lo intentó por todos los medios. El manso y huidizo primero y el soso y luego peligroso cuarto no pudieron entrar en su repertorio porque no había fondo para ello. Aún así consiguió el milagro de ligar una serie a su segundo casi al final de la faena. Y Sebastián Castella, concentrado en la pared izquierda -hay que decir que esta es la pared de los toreros franceses que vienen a Las Ventas- del túnel de cuadrillas y dispuesto en su primero, no pasó más que de un inicio prometedor, en faena de más a menos. Aún así el público llegó a ovacionarle al terminar.

En el quinto, la sosería de toro y torero se personificaron en el ruedo y no hubo forma de que aquello remontara. Muy lejos este Castella del que hace apenas un año triunfó en esta plaza.
Fue una tarde más, una intrascendencia, que servirá para recordar el toreo de capa auténtico de Morenito de Aranda y para la historia, como la última tarde de la carrera profesional de Ponce en Las Ventas.
