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viernes, 16 de mayo de 2008

¡Que no vuelvan! (16 de mayo)

Texto: Juan Miguel Sánchez Vigil / Fotos: Paloma Aguilar

 


¡Caramba como salían los aficionados de enfadados de la plaza de toros! Supongo que tenían razón porque eran muchos los que gesticulaban pidiendo justicia divina. A veces se pierden los papeles por imitar al vecino. 

 

 

Se hablaban unos a otros, incluso los que no se conocían, y se quejaban de lo bien vestido que iba el mayoral. No sé que tiene que ver una cosa con la otra, porque siendo toros del Marqués de Domecq lo lógico es guardar las formas. Si serán aristócratas los toros de Domecq que hasta la infanta doña Elena de Borbón se ha acercado a Las Ventas para ver la corrida desde el palco real. Podría seguir hablando de cosas tangentes a la lidia, pero no lo haré.

 

 

No me gusta que silben a toreros como a Rafaelillo o Valverde. No me gusta porque les aplican el mismo rasero que a las figuras, pero con los toros malos. A veces basta con cambiar el nombre propio de quien torea para ver lo veleta que es el público de esta plaza.

 

 

Si una figura aguanta los viajes del primero, como lo ha hecho Rafaelillo esta tarde, le entrevistan los popes a bombo y platillo… Y la estocada al primero estará entre las seleccionadas por los jurados isidriles. 

 

 

Cuando Valverde toreaba a su primero se escuchó esa voz terrible que a veces se clava como un cuchillo en las entrañas de los toreros: ¡Que no vuelvan!, grito desgarrador dedicado a los toros del marqués.

 

 

 La verdad es que nos dieron un respiro en el quinto, porque salió un sobrero del Jaral de la Mira que tampoco sirvió para Iván Vicente, vestido con elegancia y con dos banderilleros de lujo: Gimeno Mora y Pedro Vicente Roldán, que se entienden con solo mirarse y dejan siempre los detalles que tapan las tardes grises.

 

 

Y llegó el sexto, el que permitió a Valverde demostrar que tiene tantas agallas como categoría y señorío fuera de la plaza. Su educación en el patio de cuadrillas la comentaron los fotógrafos. De su valor en el ruedo ha dejado constancia al jugarse la vida. Después de la paliza que le pegó el negro Ufano, se fue dispuesto a hacerle faena (imposible por las condiciones del toro), pero se tiró a matar como si se jugara la puerta grande y aunque la estocada no fue perfecta se ganó el laurel por el esfuerzo. Lo de la oreja ya era mucho, pero en Madrid ya se sabe…

  

18:43 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (8)