Hubo toros pero no toreros (10 de mayo)

Se preveía tarde de lluvia, pero justo antes de empezar la corrida paró de jarrear. A las siete menos cinco, según marcaba el reflejo del reloj, la cara de Eugenio de Mora era un poema: la mirada perdida, nervios y mucha responsabilidad, Manolo Sánchez, también nervioso, se paseaba y también miraba el reloj una y otra vez. Se acercaba la hora de salir al ruedo y hacía gestos a sus compañeros para comentarles que los minutos pasaban. Mas tranquilo parecía Antonio Barrera. Se abrió el portón y echaron el pie derecho con fuerza, clavándolo en la arena y dibujando una cruz en ese albero que les iba a dar la gloria o la desilusión.

Comenzó el festejo y Manolo Sánchez recibió a su primer toro con verónicas y finalizó con unas tandas de naturales que llegaron al público, siendo premiado simplemente con una ovación en el tercio. Eugenio de Mora, con el gesto nervioso, salió de la boca del burladero a recibir a un colorado, bragado y corrido como anuncia la ficha; una capa que se ve muy pocas veces en un ruedo. Obligándole por bajo con el capote, en el cambio de tercio bebió agua el torero y cogió la muleta, dio unos naturales, con lo que parecía que la cosa se venia arriba, dejó detalles con algunos trincherazos, pero la mala suerte le hizo fallar con los aceros perdiendo así cualquier posibilidad de trofeo. Llegó el turno de Antonio Barrera, que empezó su faena muy decidido con un pase por alto, pero fue de más a menos perdiendo el apoyo de la gente, si bien le aplaudieron para que saludara en el tercio. Volvió Manolo Sánchez, está vez con menos suerte que la anterior, pasando sin pena ni gloría por Madrid, dejando perder dos toros a los que les podría haber sacado más partido.

Sonaron los clarines, apareció por los toriles otro toro sardo, el quinto de la tarde. La gente comentaba en los tendidos la presencia de los toros y las capas tan bonitas. Le correspondió a Eugenio de Mora, que no supo aprovechar el material que tenia delante, el toro tenía raza, mucha movilidad, pero el torero no lo supo ver y dio unas cuantas tandas de naturales. No remató, le falto sabor, gusto, dejó perder la oportunidad. No pueden salir siempre malvas para torear un toro bien y con una pizca de sentimiento.

Antonio Barrera hizo por el quinto de la tarde recibiéndole en el tercio por verónicas. Cogió la muleta, la perdió varias veces por los enganchones, y finalizó su faena con manoletinas sin sabor, sin encanto. Le ovacionaron, pero confundió los términos, dando por su cuenta una vuelta al ruedo bajo una lluvia de pitos.

Finalmente una tarde sin agua, aburrida, porque esta vez si hubo toros pero no hubo toreros. Los tendidos llenos de colores y el cielo gris, en tarde apagada, con simples detalles sueltos.

Paloma Aguilar