Una de nuestras colaboradoras, Francisca Castillo Martín, metida en una novela vanguardista, según me comenta en su último correo, nos envía algunos de sus últimos trabajos que iremos publicando a lo largo de este mes. Para comenzar un cuento basado en el barro como elemento de la creación. Pasen y lean. Pasen y comenten con la autora sus vivencias.
Por
Francisca Castillo Martín
Eran las doce y media de la noche cuando una
llamada la alertó, sacándola de su letargo de duermevela semiinconsciente.
Llevaba investigando dos semanas en el caso, y ahora era el propio desaparecido
quien la telefoneaba citándola en el rincón más absurdo de la ciudad, donde a
nadie podría ocurrírsele querer ser encontrado: el barrio de los ceramistas. Un
lugar, anecdótico e inverosímil, desde luego, y una hora intempestiva: las
siete de la tarde del día siguiente.
A quince minutos de la hora acordada, aún
caminaba, cautelosa y vigilando las sombras, envuelta en la suavidad de su chal
de tul azul turquesa. Sentía el viento en el rostro, pero apenas le importaba
entonces, arrastrada por la caótica
inercia de la fuerza de origen desconocido que la empujaba hacia el
lugar previsto. Sus pasos eran quedos, apenas dos pequeños lamentos que lamían
suavemente el asfalto de la calle en penumbra. Era un ser que soñaba, apenas un
espectro en la ciudad bañada por el oro del ocaso, mas no sentía inquietud,
apenas un leve pálpito que batía su pecho como las alas de un colibrí herido.
Transeúnte innata, se sabía parte de una corriente humana que fluía por las
arterias del cuerpo descomunal, el de aquel lugar de neón y lluvia que ella
misma, detective neófita y primeriza, no sabía que estaba comenzando a amar
desconsolada, desesperadamente.
Fragmentos de escenas cotidianas: un mendigo
apostado en una esquina, una mujer de negro que subía al último trolebús de la
tarde, el niño con zapatos de charol brillantes como la espalda de un
escarabajo. No podía sino preguntarse como sería la vida de estas gentes, si
era tan vacía, tan lóbrega, tan desasosegada como la de ella, agobiada por el
deseo de entrar a formar parte del círculo y frustrada por no ser capaz nada
más que de caminar como un funambulista por la línea tangente que llevaba a
ninguna parte.
Las primeras estrellas parecían borrones en
la cartilla nueva de un escolar díscolo que no supiera dónde se encuentra el
Polo Norte. Aceleró la marcha y cambió ligeramente de rumbo, como si divagase.
De repente le vino a la memoria de forma inopinada aquella frase bendita como
una prebenda de días más felices:
Nuestro destino está hecho de barro
Y lo moldean las manos de un dios desconocido.
Era el fragmento del poema más célebre de un
escritor maldito, muerto en el anonimato de la absenta y el opio tras ver
rechazada su obra por una sociedad incrédula y desconfiada que sólo pensaba en
sí misma. Paladeaba cada palabra sabiéndose otra pero sintiéndose más que nunca
ella, una criatura única, marcada desde el nacimiento por una señal que la
distinguía del resto y que tantas, demasiadas veces, la había llevado a la
soledad incorpórea de una aula vacía, de una biblioteca desierta, de una playa
desolada donde los granos de arena vegetaban bajo un sol de justicia. Sí, ella,
como el poeta, también había intentado crear otros mundos posibles, pero su
aguda pluma había sido calificada de loca y visionaria y cercenada por el sutil
velo de la censura que ni siquiera se había atrevido a concederle el beneficio
de la suda. Y, desde entonces, para poder encontrarse en el laberinto de sus
recuerdos, había dedicado cuerpo y mente a seguir el rastro de los olvidados…
El
reloj de la torre dio siete campanadas efímeras. Recogió del suelo un periódico
viejo cuyas hojas caducas a ellas se le antojaron fruto de la riada del otoño
ingrato, que había convertido en oxidados esqueletos de metal los antaño
bulliciosos quioscos de prensa del parque, especie urbana casi a punto de
extinguirse. Desde el fondo de la plaza se oía el bramido rítmico del mar con
su respiración de gigante dormido. Se vio a sí misma cruzar la calle tal como
una imagen que reflejaran los ojos de otro, tan diminuta y perdida como una
moneda arrojada al pozo de los deseos incumplidos.
Casi
estaba llegando. Subió la última calle, extenuada. Tocó la puerta y, al
comprobar que nadie le abría, hundió lentamente la mano en el pomo con lo que
le quedaba de fuerzas. El pasillo de la casa era interminable y estrecho, y
desprendía un olor a antiguo tan denso que era nuevo por completo para la
joven. Una música tenue como un velo le recordaba la sinfonía inacabada que
alguien había compuesto para ella en otro tiempo, y se dejó conducir hacia la
fuente de sonido, guiada tan sólo por su instinto del ritmo. La luz artificial
del patio la llevó al interior de otra estancia, donde una mano experta había
dibujado grandes paneles donde convivían en quietud cósmica planetas, llanuras
y praderas siderales que pertenecían a una galaxia en miniatura, todavía en
formación, que se desplazaba lenta entre escalas y péndulos girando en torno a
la improbada idea de una astronomía razonable.
Al
final de la última habitación, unos dedos pacientes moldeaban en barro una forma
difusa sobre un torno de ceramista. Y entonces ella comprendió que había
llegado a los orígenes de la vida, al núcleo esencial del destino humano, al
centro del cosmos, regido por el orden de aquel cuyo nombre nunca se supo.
Cuando se acercó al anciano alfarero, percibió que su rostro era
extraordinariamente parecido al del anciano perdido, pero ahora estaba tan
lleno de majestad y serenidad que no se podría describir con palabras humanas.
El hombre le pidió que se acercara y ella, titubeante, anduvo un trecho que se
le antojó eterno. Pareciese que hubieran transcurrido horas, mas el reloj de la
estancia sólo marcaba las siete y media.
El
hombre parecía muy cansado, pero le explicó a la joven que se sentía feliz de
tenerla junto a él, porque por fin había llegado el momento que había estado
esperando desde el principio de los tiempos. Así que a ella le pareció
perfectamente natural que ahora le pidiera amablemente que por favor tomara el
relevo de su trabajo. Sólo había que hundir los dedos en el barro primigenio y
amasarlo con delicadeza y con constancia, sin presionar demasiado. Y, de vez en
cuando, tomar el pincel y la paleta y dar brillo a alguna estrella errante o
color a un planeta, y permitir con ello que el Universo, ese gran misterio hecho
de espacio y tiempo inconsútiles, pusiera seguir expandiéndose hasta el
infinito…
Cuando tomó el barro entre sus manos y comenzó a fraguar materia
cósmica, ella sintió que todo a su alrededor se desvanecía. Sí, realmente era
muy fácil conducir el destino equívoco de los hombres…
El
alfarero recogió sus escasas pertenencias y se dirigió cauteloso hacia la
calle. Era noche cerrada. Silbando, se encaminó a la entrada, desde donde pudo
comprobar con agrado que la joven continuaba su trabajo con la perfección de
geómetra enamorado. La puerta se cerró, quizás para siempre, y fue al salir
cuando el anciano contempló asombrado su fotografía en el periódico que la
chica había dejado junto al umbral. Llevaba millones de años gobernando el
Universo, pero según aquel ejemplar
atrasado sólo hacía una semana que su rastro se había esfumado. Quizás, pensó
con sorna, entonces todavía le estuvieran esperando en el asilo de ancianos del
que se había fugado hacía ya millones de años-luz y un buen pico de edades
geológicas. Divertido, trató de imaginarse la fingida preocupación de su hijos
ante su tardanza de dos semanas, demora que pesaría sobre el recargo que el
abogado cobraría por el reparto equitativo de la suculenta herencia que esos
desalmados pensaban cobrar muy pronto. Para ellos, él era un inútil, una carga,
un inválido, un trasto viejo. Desde luego, nunca sabrían, no merecían saberlo…
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