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lunes, 25 de junio de 2007

El próximo jueves 5 de julio a las 20 horas se inaugura en la Casa do Brasil de Madrid la exposición “Pescadores de sueños” de la fotógrafa Raquel Tomás. Esta muestra, patrocinada por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) a través del Programa Nauta, muestra la vida de los inmigrantes llegados en los últimos 30 años a la laguna de Massingir (Mozambique) atraídos por la riqueza pesquera del lugar. Se junta la imagen de la fotografía y el sabor de la pesca en un país que considera la pesca como uno de sus principales recursos. Pasen y lean, pero sobre todo, pasen y vean en la Casa do Brasil.

El día a día de estos hombres y mujeres transcurre alrededor de esta laguna, al pie de la presa de Massingir (Mozambique). Allí pescan la carpa china, la tilapia y algunos peces de los que ni siquiera conocen el nombre. También allí tejen sus redes, lavan el pescado, su ropa, su cuerpo y aprovechan el agua para cocinar. Agua de aceite, agua contaminada, agua sucia, pero su agua, la que les permite soñar y alimentar la ilusión de una vida mejor.
Las fotografías que se incluyen en esta exposición fueron realizadas por Raquel Tomás con el apoyo y la participación de los miembros de la asociación de pescadores de Massingir en diversas estancias en la zona a lo largo de los años 2005 y 2006, y muestran el día a día de la vida de estos pescadores y pescadoras, sus casas, la pesca y los procesos de secado etc.

La exposición, la primera individual de esta fotógrafa, además es un medio para difundir y divulgar el Programa Nauta de la Cooperación Española y sus actividades en el Norte de África y África Subsahariana.

Lugar: Casa do Brasil, del 5 al 18 de Julio
Dirección: Arco de la Victoria S/N
28040 Madrid, Teléfono 91 455 15 60
Metro Moncloa (junto al museo del traje)
Inauguración Jueves 5 de julio de 2007 a las 20.00 horas.

Biografía de la autora
Raquel Tomás Pérez nace en Madrid (España) el 7 de enero de 1976 y reside en Maputo (Mozambique) durante dos años y medio. Es licenciada en Administración y Dirección de Empresas y Magíster en Desarrollo y Ayuda Internacional.
Se inicia en la fotográfica en 1995 con el pintor y fotógrafo Jorge Bayo www.jorgebayo.com , para continuar su formación de manera autodidacta.
Durante 1995-1999 es ganadora de diversos premios de fotografía en las modalidades de blanco y negro y color de los Concursos Universitarios “CEU Luis Vives”.

Tras un periodo de ausencia, vuelve a reaparecer y en el 2006 gana el segundo premio de fotografía “Ricardo Rangel” de la Fundación para el Desarrollo de las Artes, del Ministerio de Cultura y Educación de Mozambique. www.iluminandovidas.org Ha participado en diversas exposiciones colectivas como son: • Exposición Itinerante “Las Imágenes del Sur". Generalitat Valenciana (España, 2007)

• “Los Cuatro Elementos”. Asociación Mozambiqueña de Fotografía (Mozambique, 2006)

• “Objetivo Abierto”. Generalitat Valenciana (España, 2004)

• “I Feria de Exposición y Venta de Fotografía”. Asociación Mozambiqueña de Fotografía (Mozambique, 2005)

• “Maputo Hoy”. Festival Internacional de Fotografía FOTOFESTA (Mozambique, 2004)

• “Exposición Abierta”. Patronato de Cultura de Pozuelo de Alarcón (España, 1995)

Fuente: AECI

13:59 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (2)

Aquella noche me prometí –y no crucé los dedos– que nunca más traduciría un texto de Julio Cortázar. Me había pasado dos semanas trasladando al francés sus “Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo” y ya me parecía suficiente labor. Estaba cansado de tener miedo y de cargar con el delirio constante del ladrido de un perro más allá de la última farola, al terminar la zona costanera, horriblemente cansado de precipitar mis decisiones y vincular mis hábitos de lectura sólo por conocer la existencia de aquel libro, vendido en un pueblo de Escocia, que te provocaba la muerte al desembocar en una página en blanco a las tres de la tarde. Soy un gran traductor, pero lento hasta la desesperación, tan perfeccionista y quirúrgico que parece que voy interpretando el significado de cada letra, rescatando cada fonema de la mente, de la garganta, de la pluma del espigado argentino. Por eso estoy cansado.


Me cuesta trabajo desligarme de los textos, hacerme anónimo en el mundo de la ficción. Cuando traduzco me meto en los párrafos sabiendo que difílmente saldré de ellos, dos horas más tarde, siendo la misma persona. Como si me hubiera convertido sin saberlo, por un tiempo, en el fallo de un borrón de tinta contemplado en todos los ejemplares de una edición descatalogada.

Por eso aquella noche me di un respiro. Porque soy nocturno. Porque sé que Cortázar se disfrazó de vampiro en alguna ocasión. Porque la locura viene siempre de la mano de la literatura y yo soy una serpiente bífida.

Decidí entonces escupir, mientras mi mujer dormía, hacia la quinta estantería de mi biblioteca. Yo escojo mis lecturas desgargando mi saliva. No soy de aquellos que nunca han dibujado el boceto de la muerte en las páginas de una novela de Borges. No. Yo subrayo, dibujo, mancho de café con leche todas aquellas páginas que leo y luego escupo de nuevo completando el ciclo de la palabra, reabsorbiendo el papel tintado que quedó grabado en algún lejano surco de mi cerebro.

«El Golem», susurré, y limpié con la manga de mi camisa a cuadros –de leñador, que llaman otros– la suciedad fluida y manifiesta del volumen. Me cagué en la puta por sorpresa, sin aviso o retroceso ante la magnitud del hallazgo. Ahora puedo decir que descubrí a Gustav Meyrink gracias a un escupitajo desarbolado, aleatorio y de curva parabólica.

Esa noche –aquella en que decidí desterrar a Cortázar de mi memoria–, empleé mi tiempo en leer la novela del excéntrico y calvo vienés. Y a cada párrafo me preguntaba si realmente existía esa suerte de resurrección en la que una figura de sólido material podía alcanzar la vida donde su cuerpo –llamémosle así– sólo conoció la parálisis y la muerte. Intentaba dibujar en mi mente aquel hombre semiconsciente y artificial fabricado para la esclavitud, la situación controvertida en la que un rabino colocaba minuciosamente, detrás de los dientes de una efigie de barro, el mágico papel que convocaría a las fuerzas siderales del cosmos y que terminaría por aliviar el duro trabajo de hacer sonar, dos o tres veces al día, las campanas de su sinagoga.

En esas andaba yo aquella noche –renegando de Julio Cortázar–, cuando observé, parcialmente escondido tras la opacidad de las memorias de Chautebriand, la pequeña escultura en piedra de un escarabajo egipcio. Y volví a tener miedo de las mariposas sucias. Miedo de que ellas, con su revoloteo de polilla inquieta, arremetieran contra la blancura inmaculada de mi ropa de domingo. Miedo de liberar mi muñeca izquierda de las garras de un reloj de mano y descubrir una gota de sangre que se derrama lentamente, simulando la fina dentellada del tiempo.

Me aseguré de que mi mujer seguía soñando con otros hombres, seguramente fornicando salvajemente sobre una mancha de aceite de motor. Después cerré la puerta de mi estudio, me senté en el escritorio, aparté violentamente los papeles de Cortázar y escribí vive, extraño escarabajo de piedra en un trozo de papel de dos centímetros cuadrados. Sin doblar –por no viciar el ritual– introduje el papelito en las fauces polvorientas del insecto. 

Cuando el escarabajo comenzó a moverse lo aplasté de un manotazo y la hemolinfa me salpicó los ojos. Creo que fue un homicidio involuntario, un acto reflejo, una negligencia fatalmente provocada por el miedo y el desconcierto supino en el que me vi envuelto. Lo cierto es que no me arrepentí. Nunca me arrepiento de mis actos más perversos.

Repetí el experimento con la figura dorada de un Buda mal hecho, deteriorado por el paso del tiempo. En los pliegues de sus brazos y entre aquellos surcos finos que delataban su obesidad podía observar la negritud de la mierda que fue instalándose para siempre en una suerte material de solidificación polvorienta y neblinosa. Introduje el papel –vive, jodido Buda dorado–, esta vez mucho más pequeño, entre uno de aquellos pliegues, y esperé. Al rato me miró como dándome las gracias y, cuando hizo un gesto de bendición levantando su mano, ahogué su mórbido cuerpo en un vaso de agua. Demoró su muerte algunos minutos, sufriendo a cada bocabada como una trucha de río, pero en aquellos momentos ya no me asustaba el sufrimiento mortal de la recién estrenada vida.

Seguían desfilando ante mis ojos las migas de pan pintadas y me veía extendiendo pasta dentífrica en un cepillo de dientes. Y temía pensar que la miga de pan no era sino la diminuta imagen de una mujer o el filamento volátil de un coral. No se pueden esperar otros pensamientos de alguien como Cortázar, que no nació y murió en el mismo sitio. «París, 1984», me dije y  me dio por pensar el Orwell y en la ciencia y en los partidos dominantes y en la cara del poder que morirá por matar una idea.

Metí la hoja de papel debajo de su almohada. Dormía. Volví a mi estudio. Amanecía y, decidiendo por qué traducción de las historias de Cortázar comenzaría al día siguiente, me puse a pensar en lo que había escrito minutos antes: la fantasía que conlleva la literatura, la ilicitud de un pensamiento capacitado para otorgar la vida, todo aquello que, materialmente, logra rescatar el movimiento y será vencido por la correosa corteza de un árbol.  

En estos pensamientos andaba yo –la noche que maté a mi mujer por un azar literario y salival– cuando decidí traducir las “Instrucciones para llorar”, de Julio Cortázar. Y no me remuerde la conciencia. Tan sólo lloro porque creo que, bajo la tenue luz de un amanecer polvoriento, hice lo debido porque creí en ello más allá de toda duda, mucho más allá de la literatura.

 JORGE SALVADOR GALINDO
Oviedo (Asturias)
jsgalindo@terra.es

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