La masiva presencia de las tecnologías en la era digital, especialmente la implantación y el desarrollo de Internet han originado un intercambio de información hasta entonces insospechado. El control de la tecnología, por parte de algunas empresas, ha chocado con aquellos que creen firmemente en la defende de un software libre para que la sociedad avance. Aquí les proponemos un texto publicado hoy en
La Vanguardia que aborda de forma certera la situación actual en la que vive este sector.
Hace unos meses, el director de una pequeña escuela de un pueblo de los
Urales fue noticia en todo el mundo. En el 2005 su escuela invirtió en
16 ordenadores para iniciar a sus alumnos en la era digital. Estos
ordenadores llegaron con el software de Microsoft preinstalado aunque
aparentemente algunos no disponían de licencia. Por ello ha sido
juzgado por piratería y se ha enfrentado a una pena de hasta cinco años
en Siberia y 266.000 rublos (unos 8.000 euros) de multa.
Esta historia debe leerse en un doble contexto. Por un lado, dada su
inminente entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), Rusia
quiere demostrar que se toma en serio la aplicación de las leyes
antipiratería cuando se estima que el 83% de los usuarios en este país
no disponen de licencia. Por otro lado, Microsoft lanza una advertencia
al mundo: copiar software sin licencia es ilegal y arriesgado.
Si analizamos más a fondo esta historia, surgen de inmediato cuatro
cuestiones clave sobre la ley del copyright o derechos de autor en la
era digital, así como sobre el uso de software propietario en las
escuelas. Por software propietario se entiende cualquier programa
informático con limitaciones de uso, estudio o mejora. En concreto, el
software propietario no suele dar acceso al código fuente y, por lo
tanto, no permite ser estudiado ni mejorado.
Primero: ¿qué estamos enseñando en la escuela?, ¿por qué enseñamos a
nuestros hijos a utilizar el ordenador exclusivamente con el software
de Microsoft? Tal situación de monopolio, a escala mundial y fomentada
desde las escuelas, no tiene precedente. Del mismo modo que no se
enseña a pintar con colores de una única marca, tendríamos que exigir
que no se enseñe a usar el ordenador y acceder a internet con las
herramientas de un solo proveedor.
La segunda pregunta que nos plantea esta historia es: ¿dada esta
situación, quién puede pagarse la entrada a la era digital? Este
profesor, con un sueldo aproximado de 150 euros, y su escuela, con un
presupuesto acorde, posiblemente no. Pagar por el software en la era
digital es como pagar para poder hablar. En un contexto de monopolio
por parte de un software propietario, esto implica que sólo los ricos
pueden, una vez más, hablar. Una gran parte del mundo queda, pues,
excluida de este privilegio. Esto resulta todavía más paradójico si
tenemos en cuenta que el coste para reproducir el software se ha
reducido prácticamente a cero.
La tercera pregunta que es importante hacerse es: ¿quién es responsable
o quién está detrás de la aplicación de la ley del copyright? Nuestra
historia es, en este sentido, paradigmática. Por un lado, Gorbachov
escribió una carta a Bill Gates pidiendo clemencia hacia el pobre
director y Putin salió en defensa de los consumidores indefensos. Por
otro, Microsoft respondió que ellos no tienen nada que ver con la
aplicación de las leyes antipiratería. Más allá de declaraciones
publicitarias, esta situación nos enseña que debemos tener cuidado con
las leyes que creamos. Porque a través de determinadas leyes podemos
llegar a construir un mundo sin verdugos aparentes (aunque obviamente,
en este caso, estaban detrás la ley y el sistema judicial ruso, laOMCy
con ella las grandes corporaciones como Microsoft) pero sí víctimas.
Cuarto y último: ¿es la violación del copyright un crimen? Su
penalización implica criminalizar a la mayoría de la población, puesto
que, de hecho, muchos de nosotros hemos descargado alguna vez fotos,
vídeos, música o software protegidos por copyright.
Ver resto del artículo en
La Vanguardia