LoginRSS 2.0 Feed

lunes, 21 de mayo de 2007

Ser torero,
una pasión que se lleva en el alma.
Ser torero,
una sensación que a veces espanta.


La noche triste. Esa será la noche del torero.
La noche más larga. Un túnel estrecho y negro.
Yo soy ahora Salvador Fuentes, y lo he sido esta tarde en su impotencia.
Yo he sido Salvador Fuentes tantas veces en mi vida que cuando escuché los rugidos del público
en la plaza de toros de Las Ventas sentí la rabia en el pecho. Estas cornadas son las únicas que duelen.
Decía Dávila Miura en una reciente entrevista que nadie piensa que a las siete en punto de la tarde no todo es perfecto para el torero.
Decía también que segundos antes de inicar el paseíllo, los íntimos del torero saben lo que ocurrirá esa tarde.
Nada tengo que ver con Salvador, pero cuando le vi morder el capote en el patio de cuadrillas
y disparé la cámara supe que la tarde estaba ya muerta.
Supe también que la persona sufría.
Ahora, en la noche triste del torero, soy Salvador Fuentes.
Estoy sentado en la habitacióndel del hotel y con la ventana entreabierta.
Estoy hablando conmigo y con él. Estoy tratando de consolarle.
No hay paño que enjugue sus lágrimas ni palabras que le convenzan.
Solo silencios.
Las luces de una ciudad repleta se encienden y se apagan en una intermitencia
que palpita al ritmo del corazón del torero.
Esta noche triste que comienza no es más que una de las mil noches en las que repasar la conciencia.
Yo no conozco a Salvador Fuentes, pero él y yo somos esta noche la misma persona.
Cuando el torero atravesó el inmenso ruedo de Las Ventas con el mentón hundido en el pecho, la dignidad le brotaba a chorros.
Esta será tu noche triste Salvador, pero también la mía.
Levanta la cabeza y mira hacia las estrellas.
Yo lo estoy haciendo por ti, y desde esa ventana entreabierta en la que ahora estás llorando
veo un punto blanco en el infinito que lleva tu nombre.
Levanta la cabeza y pídele a esa estrella que duerma contigo esta noche.
Algún día te mostraré la fotografía por la que supe que esta noche,
la noche en la que te espera una estrella, sería una noche triste para ti.

Juan Miguel Sánchez Vigil

19:18 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (10)

Nuestra más ferviente colaboradora, la escritora, periodista y poeta, Francisca Castillo nos regala un poema más. Tiene como origen los clásicos, un campo en el que seguro que nos ofrecerá más poemas. Seguro que, como en otras de sus poesías, recibirá varios elogios por sus publicaciones. Pasen y lean. Pasen y disfruten

Francisca Castillo Martín

Lupanar en el puerto, cerúleas miradas

buscando el alimento de las sombras.

Se encienden las luces, las bellas cánidas

cuentan los óbolos con pericia codiciosa.

El reparto del botín es tensa espera,

rameras cimbreantes coronan en prendas

el alma cansada del recién llegado.

Grecia atisba los furtivos besos

de las lobas a sus amantes apátridas,

lenguas confundidas hablando enjambres de idiomas.

La luna rompe su proa de alpaca

sobre el templo de Venus Afrodita,

mientras las lobas recogen con mustio gesto

las dadivosas limosnas en sus vestidos de gasa.

Unos ojos encendidos juran odio eterno a Roma

mientras cubren el vientre de la hetera escogida

con púrpuras de Tiro y mirra del Líbano.

“Fenicia es mi cuna, y nieto soy de Dido”, susurra el extraño,

señalando al lejano horizonte con la gruesa curva

de sus pestañas de antiguo esclavo.

Puerto del Pireo, nacen pasiones prohibidas

al calor de las salas hipóstilas de los palacios,

y en las piscinas lustrales las sacerdotisas

contemplan marea de cuerpos en tempestad rodando.

“El Pireo es mi casa”, susurra la loba,

señalando con el arco de sus hermosas cejas

la puerta del lupanar entornada que espera al próximo amante.

Baal en el thophet renueva en su fuego sacrificios en altares

donde la loba se consagra suplicando

entregar su vida a cambio de otra noche con el de Fenicia.

Un aullido fúnebre rompe en la orilla

con metálico crujido a las lobas llamando.

“Es nuestra madre”, susurra la esfinge

abotonando en el pecho de su amado

cuentas de nácar, variscita y alabastro.

Lágrimas ruedan por sus mejillas encendidas

por el último roce de los labios del esclavo.

“A Byblos te llevaría por esposa

envuelta en un manto de nardo y clavo

y de noche en la ciudad entrarías

como reina y señora de mi casa de humilde artesano.

Garum de Gades y vino de Massalia

transportados en grandes ánforas

correrían en la noche de bodas

para celebrar los extraños designios

de los oscuros dioses de los templos paganos.

“Adiós”,  gime la loba, murmurando desde el muelle

la plegaria que de niña le enseñara la pitia en el oráculo,

mientras las velas henchidas ponen rumbo a Cartago.

Puerto del Pireo, presagio incierto, tumba submarina,

trasiego de espectros que en la noche aullando

lamentan el final triste de un amor contrariado.

© 2007

 De “Poemas del alma”, todos los derechos reservados.

 

10:19 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (0)