Una de nuestras asiduas colaboradoras nos envía un relato corto para estos días de asueto en España. Dicen que cuando llueve se lee más porque apetece salir menos. Bueno pues esta es nuestra oferta; bueno, la de Francisca Castillo Martín. Pasen y lean. Lean y disfrunten... Y si les apetece comenten con la joven autora el texto
Por Francisca Castillo Martín
Miró
el reloj: apenas eran las once en punto de una mañana fría y gris como el
asfalto urbano. El paraguas le chorreaba nieve líquida desde la pernera del
pantalón hasta los pies, mojando aquellas sucias zapatillas de tela que tanto
le gustaban, pero que vistas desde el ángulo muerto del espejo del autobús
parecían dos tristes y sudados fragmentos de un mundo perdido. El suyo.
Cuando
se subió uno de los viajeros, un perfumado dandy
apoyado en un bastón con empuñadura de nácar, se levantó para dejarle su
asiento y caminó casi arrastrando el peso de aquellas zapatillas muertas,
intentando buscar un poco de aire en el ambiente fatigado de aquella máquina
resollante que la conducía, libro entre las manos, hacia ninguna parte. Un
amable viejecillo desdentado le ofreció el asiento al percibir que la chica
estaba perdiendo el color en las mejillas. “No es nada, estoy bien, siga
sentado”, le contestó ella agradeciendo el ofrecimiento. Lo cierto es que
prefería seguir de pie para así observar subrepticiamente a la muchedumbre
agolpada en cada resquicio del autobús; en el fondo se divertía observando
caras y estableciendo parecidos con aquellas gentes que había conocido en el
pasado y que la habían marcado para siempre.
El
conductor era un muchacho atractivo, vanidoso pero amigable y, según se podía
deducir de su brillante alianza, cargado de responsabilidades familiares. Ella
fantaseaba a menudo que se quedaban solos y entonces se proponían un viaje al
fin del mundo: él pondría sus manos y su pericia al volante y ella la gasolina
para el trayecto. Cruzarían el país de arriba abajo, penetrando sus
longitudinales misterios de roca y río, y a través de las ventanillas abiertas
respirarían el aire amarillo y cargado del verano austral. Era un país
misterioso, húmedo y exótico, que ella no conocía a fondo a pesar de haber
nacido en él. La selva quedaba a unas quinientas millas de la civilización, y
las montañas de nieves eternas donde antaño habían vivido los dioses estaban
aún más lejos, en el infinito límite de la llanura desértica que el hombre no
se había atrevido a hollar.
El
conductor iba enfundado en una camisa azul que le quedaba demasiado holgada.
Había heredado el trabajo de su padre, y también el uniforme, la paciencia de
un santo y los buenos modales de un duque. También un par de hoyuelos
encantadores que enmarcaban sus mejillas y que le hacían parecer más joven aún
de lo que era. A veces ella se quedaba mirándolo descaradamente, cuando al
bajarse en su destino él levantaba la vista para comprobar que los viajeros se
iban tan sanos y salvos como habían entrado. Entonces sus ojos se encontraban,
y en los labios de ambos se dibujaba una sonrisa cómplice. Pero enseguida ella
se reñía a sí misma y se decía, una y mil veces, que los hombres casados
estaban expresamente prohibidos en su estricto código de conducta. “Lleva
alianza, no te hagas ilusiones”, se recriminaba, al tiempo que experimentaba
una sensación deliciosa de culpabilidad al comprobar que el joven la observaba,
siempre indirectamente, a través del espejismo de las lunas de su vehículo, con
una mezcla de interés y deseo renovados en cada hito del camino.
Kilómetro
ciento veinte, cinco paradas y bocadillo correoso de queso con aceite de oliva. La chica, cansada del juego
de los parecidos imposibles, se sentó detrás de una mujer joven acompañada de
su hijita. El viejecillo se encogió sobre sí mismo, como si fuera un bebé de
setenta y cinco años, buscando la postura fetal tan querida al ser humano.
Apoyaba la cabeza contra el cristal de la ventana, y mientras lo hacía
desprendía inconscientemente una leve vaharada que empañaba las ventanas de los
demás viajeros. La noche caía sigilosamente como una serpiente pitón sobre su
presa: oscura, siniestra y terrible, pero no por eso menos bella. La chica
trataba de leer en las líneas del rostro
del viejo el idioma antiguo de los hombres que han recorrido los caminos de la
tierra. En su cara marchita se adivinaban las fatigas para llegar a fin de mes
durante muchos lustros, la soledad contrita de quien no la ha elegido
libremente sino que se ha visto abocado a ella, la enfermedad que paraliza y el
miedo a la muerte común a todos los que caminan hacia ella. Se sorprendió de la
tibieza que latía en la piel anciana al ser tocada, y sintió de repente una
inmensa compasión hacia el que durante dos horas y media había sido su compañero de viaje.
“Nacemos
con nuestro destino grabado a fuego en las palmas de nuestras manos”, había
leído la muchacha en alguna parte. Ahora sabía que esa afirmación no era
extraña ni gratuita en un mundo sin fe y sin aparente sentido. Quizás su
destino era compartir pedacitos de su vida con anónimos transeúntes que al
montar en el autobús cedían parte de ese anonimato en beneficio del contacto
sincopado con el prójimo: colas, prisas, asientos cedidos y buenos días
concedidos, unían cada día a cientos de seres de múltiples patrias, lenguas,
color de piel. Se regaló un minuto para pensar, mientras el paisaje agreste
hacía huella en su alma, y como siempre que llegaban a la estación de servicio,
bajó la última y se sentó sobre una gran roca que alguien había colocado
inopinadamente en el borde derecho de la carretera.
El
conductor la miró, intrigado. Sentía un deseo irrefrenable de decirle a esa
chica que no hacía otra cosa que pensar en ella. Avergonzado, se recordó a sí
mismo que estaba muy por encima de sus posibilidades. Ella, una mujer fuerte y
valiente que siempre viajaba sola y él, el típico soñador timorato que se
colocaba una alianza falsa en el dedo porque le daba la seguridad en sí mismo
de la que normalmente carecía. “Hace falta valor”, se dijo, frotándose el dedo
anillado en un gesto de desesperación extrema. “Hace falta valor para estar con
una chica así. Pero si ella no se atreve, tendré que dar yo el primer paso”. Allá arriba, las cordiales luces de las
estrellas encendían la llama de una confabulación milenaria dictada por los
antiguos dioses del amor y el desencuentro.
Kilómetro
ciento cincuenta. El autobús ronroneaba quejumbrosamente mientras la aurora se
filtraba por las resplandecientes ventanillas, que parecían ojos color violeta
llorando lágrimas de vapor condensado. El viejecillo se agitaba
espasmódicamente en su asiento, luchando por zafarse de la terrible pesadilla
que le acosaba. La chica, un hombre de mediana edad que se había incorporado a
la expedición en el kilómetro ochenta y una señora forrada en pieles de zorro
se levantaron y acudieron presurosos a calmar al pobre anciano, quien abrió los
ojos con dificultad y preguntó a la concurrencia: “¿Dónde estoy?”. El hombre de
mediana edad pensó una respuesta sencilla para tan complicada pregunta y, tras
dudar algunos momentos, respondió: “Nadie lo sabe. Probablemente llevamos
viajando toda la eternidad, pues yo no recuerdo haber tenido una vida anterior a
este viaje. Quizás sólo seamos fruto de un sueño”. Ante ellos apareció una gran
llanura y, en el horizonte, los verdes irisados de una marisma habitada por
caballos salvajes. Al viejo le complació la respuesta filosófica de su erudito
compañero y, sonriendo, volvió a quedarse dormido.
El
conductor anunció la parada número veinte, y algunos viajeros se apearon y
otros nuevos llegaron, completándose el círculo perfecto de la ajetreada vida
de los que continuamente se están desplazando sin moverse del sitio. A la chica
le pareció agradable sentarse al lado del viejo y oír por un rato la historia
de su vida. “Voy al fin del continente, al mar, a ver morir las ballenas.
Quizás su contemplación me ayude a mí cuando esté en un trance semejante”,
musitó el anciano, con los ojos llenos de emoción y de memorias del ayer.
Comprendió, a pesar de sus pocos años, que el hombre estaba realizando el que
probablemente sería su último viaje, y decidió que se quedaría con él hasta el
final del trayecto. Ahora atravesaban una ciudad: rascacielos de cemento y
cristal se adherían a las ventanillas como visiones borrosas de anodina
uniformidad monocorde.
Un
hotelito en el kilómetro cuatrocientos veinte y parada para pernoctar. El
conductor se había armado de coraje y se dirigía con paso acelerado al hall de
la recepción, donde la chica y el viejo departían amigablemente. “No estoy
casado”, le dijo, cuando alcanzó con sus labios temblorosos la altura de las
orejas de la muchacha. Ella tenía ahora en sus manos el dilema de pasar su
primera noche de amor en los brazos de aquel muchacho vigoroso, o continuar con
su propósito de no dejar solo al anciano ni un solo minuto. El viejecillo era
un hombre sabio y pudo interpretar el lenguaje de las miradas, de los gestos,
de las caricias apenas esbozadas, del deseo frustrado retenido en las retinas
de los dos amantes. Así que prácticamente arrastró a la chica hasta la
habitación del chofer y llamó suavemente a la puerta con sus callosos nudillos.
“Hasta mañana”, dijo el viejo, con dulzura.
Las
zapatillas de la chica estaban esparcidas por la habitación esperando a que su
dueña se decidiera a salir de la cama. Era muy temprano, apenas las siete,
cuando los amantes se dieron los buenos días con un beso. De repente, la chica
recordó su promesa y comenzó a vestirse apresuradamente. “No tengas prisa.
Nadie sabe cuánto durará este viaje, ni adónde nos llevará. Lo importante es lo
que vivamos mientras, no lo que nos espera al final del trayecto”, aventuró el
muchacho mientras chupaba el filo mojado del primer cigarrillo de la mañana.
Pero ella ya no escuchaba, y corría escaleras abajo tan rápido que peligraba el
entero equilibrio del universo. En la recepción le dijeron que el anciano no
había dormido en su cuarto, pero ella de todas formas sabía que había pasado la
noche allí, agazapado, esperándola, sentado en el desvencijado asiento que le
había tocado en suerte: número veinticinco, pasillo, fumador empedernido.
Desde
la distancia se percibía el resoplar de las ballenas en la orilla. Algunos
pasajeros se levantaron de sus asientos para tomas fotografías de los
majestuosos animales. El viejo y la chica contuvieron la respiración, y se
tomaron de las manos porque sobraban todas las palabras. Para uno de ellos era
el final del viaje, mientras que para la otra no era más que el comienzo. El
conductor, somnoliento, anunció que estaban ante el océano en el que morían las
ballenas, y de repente el autobús entero pareció llenarse de tristeza, de
susurros, de murmullos. Algunos lloraban, otros guardaron inmediatamente sus
cámaras y sacaron las fotos de aquellos de sus seres queridos que habían
emprendido el viaje sin retorno, como aquellas ballenas azules varadas en la
playa.
El
autobús chirrió al llegar a la parada. Viejo y chica se abrazaron fuerte,
solidariamente, como dos antiguos camaradas al acabar una guerra. Ella le miró
largamente desde el cristal de su ventanilla, mientras él se acercaba con
cautela a las ballenas entonando una canción que parecía sumirlas en una
tranquilidad tan espesa que casi podía lamerse. “Adiós, viejo”, musitó la chica
para sus adentros. Se sentía apenada, y a la vez embargada de una felicidad que
nada tenía que ver con la noche de pasión vivida en el hotelito. Comprendió por
fin el significado de su amor por el muchacho. Él era la distancia más corta que unía los
extremos de la línea del destino de sus manos. Así estaba escrito desde los
tiempos de la conjura planetaria de los dioses.
Kilómetro
quinientos cinco. Última parada. Los últimos viajeros, rezongando, se bajaron
haciendo esfuerzos para simular los bostezos, la inevitable pereza que surge
cuando el cuerpo se habitúa a una postura incómoda y es obligado a
desperezarse. La chica medía sus pasos por el corredor del bús, uniendo el talón con la punta de la goma de
sus zapatillas de tela. El muchacho, que la veía venir desde el espejo del
retrovisor, sonreía ampliamente. Así que cuando ella le tapó los ojos con las manos y le dijo:
“Pide un deseo”, ya conocía desde hacía mucho la respuesta, quizás desde el
principio de los tiempos de los dioses conjurados. Ante ellos, la carretera se
alzaba pétrea e invitadora, contoneando armoniosamente sus curvas. Él pondría
sus manos y su pericia al volante y ella la gasolina para el trayecto.
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