LoginRSS 2.0 Feed

lunes, 26 de febrero de 2007

Uno de nuestro poetas y colaboradores nos ha dejado una nueva edición, mejorada suponemos en su culto purista, de la poesía que ya publicamos y que lleva por título "Pueblo". Además, nos ofrece otros poemas del alma, que sirvan para animar a otros muchos a publicar su poesía y a todos a leerla cada día.

PUEBLO

Francisca Castillo Martín

Isla oceánica, escogida pradera
donde mi ser de nuevo a nacer comienza,
eres como una perla madre en la roca viva,
recóndito encanto tienen tus esquinas viejas.
Arropados en el recuerdo de tu vetusta silueta,
duermen mis ancestros, mi sangre primera,
mis primeras canciones, mis primeras quimeras,
aquí donde yace el alféizar que mi quietud cobija,
la solitaria fuente que mi llanto aleja,
y alimenta escondidos mirtos en la ribera.
De la sombra de tu sierra mi risa vuela
al campo perfumado por sus murmurantes acequias,
donde reverberan tus fraguas de lumbre y yesca,
tus zócalos de plata y tus gentes sinceras
bendecidas por el brillo de alguna orgullosa estrella.
Pueblo de nácar y alabastro,  la memoria de mi infancia
está grabada en cada una de tus piedras.
Yacerá mi alma en tu cuerpo de mirto y madera,
tu calor será la luz que me guíe en las tinieblas,
pueblo árbol en cuyo tronco grabé mis primeras letras.
Isla oceánica, escogida pradera
donde mi ser de nuevo a nacer comienza,
eres como una perla madre en la roca viva,
recóndito encanto tienen tus esquinas viejas.
De “Poemas del alma”

© 2006 reservados todos los derechos

 

HAY ALGO EN MÍ

Francisca Castillo Martín

(Homenaje a Quevedo)

Hay algo en mí, tan denso como una caricia
que se llena de nostalgia y que se quiebra
como una madrugada rota sin tu aliento.
Hay algo en mí, desdibujado como el silencio
con que castigas mis ilusiones muertas,
mis falsas esperanzas de un mejor presente.
Hay algo en mí, turbio, frenético, inmenso,
que me ata de espaldas y desnuda a tu ventana,
para contemplar mi sino y su podredumbre
mientras tú fumas y te ríes con desgana
de lo que pudo ser y no fue cierto.
Hay algo en mí, una serena fuente
que brota de mi pecho y que me empapa,
se llama soledad, se llama aurora,
se llama sombra, amor se llama.
Hay algo en mí, un íntimo recogimiento,
un lugar en mi casa y un calor en mi cama
que te aguarda aunque no vengas,
y ese pálpito sutil es mi memoria
que hilvana como siempre pensamientos tristes,
mientras tú me sueñas sin quererlo,
como sin querer tú me haces falta.
Hay algo en mí, algo que no nombro,
algo insondable, profundo y noble,
acariciante, desbocado, insomne,
que a ensuciar no me atrevo pronunciando
las leves palabras que me llevarán al confín de mi tumba
donde pervivirán como ascuas cuando ya no estemos.
Si,  como canción vana, esos dolores fuego fatuo  han sido,
lujuriosa imagen del placer pecado,
serán cenizas, mas tendrán sentido
polvo serán, mas polvo enamorado.
De “Poemas del alma”

© 2006 Reservados todos los derechos

CANCIÓN DE LA ARAÑA

Francisca Castillo Martín

Voy  siempre pensando como en sueños,
frente alta, rostro contrito,
buscando a quien dedicar estas palabras.
Vacío y soledad son mi morada,
no tengo a dónde ir ni techo cierto
ni suelo donde derramar mis lágrimas.
Densamente, mi corazón camina a paso fijo
por el sendero cercado de imágenes de otros tiempos,
que como escudos cuelgan de los árboles mansos,
tristes, blandos y sarcásticamente yermos.
No significa mi pérfida existencia
dolor ni sufrimiento para nadie,
los tiempos de la alegría en  mala hora se fueron.
Delgadas sombras proyecta mi cuerpo,
escuálidas como negras telas de araña,
que giran en torno mío y que me asfixian
mientras yo sólo pido un poco de amor al universo.
Y del rostro aquel al que tanto debo
no saben sus ojos si me miraron,
alguna vez, enamorados, esperanzados,
deseando encontrarme en este callejón desierto
donde se pierden los nombres y reina la vorágine del mundo,
que como el hielo da calor a estos frágiles huesos.
Mi desesperación es isla que atrapa a incautos y necios,
verdugos de sí mismos, despreciables muñecos,
trapos infames que ocultan sucios misterios.
Buscando a quien dedicar estas palabras
frente alta, rostro contrito,
voy  siempre pensando como en sueños.
De “Poemas del alma”

© 2006 Reservados todos los derechos.

13:59 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (7)

Embutido en la gabardina gris de paño, caminó unos metros embozado en el humo azul de su cigarro. Así, casi sin quererlo, llegó a una calle en la que no había estado nunca, o quizás sólo en sus sueños. La bruma envolvía las caras de las gentes, difuminaba las sombras de las esquinas y trazaba pequeños círculos en torno a las farolas. La calle parecía, a aquellas horas, un pequeño teatro cotidiano, casi vacío e inmaculado de puro viejo. El hombre todo lo observaba sin aspavientos, con el desdén de un dandy venido a menos. En sus ojos de color indefinido se reflejaban tibios recuerdos, imágenes apenas de ese pasado glorioso en el que casi había sido un dios…y un demonio.


Por Francisca Castillo Martín

Entró en una calle y giró la segunda a la derecha. No le gustaba esperar e iba siempre por la vida por el trayecto más corto, no importaba a dónde le condujese. Por el camino, sin esperarlo, tropezó con un perro flaco que, indolente, se limitó a menear desaprobatoriamente el rabo mientras las pulgas hacían mella en su crispada anatomía. El hombre, más que nunca, sintió deseos de echar a correr, de llegar  a alguna parte inconcreta, de resolver el misterio de por qué la vida siempre le conducía a callejones sin salida, a avenidas sin retorno, a plazas desplazadas de todo lugar congruente.

Llovía. Como en los cuentos, a cántaros, sin remedio, finísima y sublimemente. El hombre apretujó su cuerpo contra el liviano pellejo de la gabardina y, por primera vez en años, maldijo el momento en que él y la prenda se habían conocido. Desde luego eran tiempos mejores: él, un galán de cine y ella nada más que uno de los muchos artículos que poseía su guardarropa. En aquellos momentos, el hombre despreciaba aquel trozo de tela porque poseía quinientas iguales, doscientos trajes de chaqueta, mil pares de zapatos y más de una camisa de seda manchada por el costoso carmín de más de una mujer. Sí, ahora la maldecía porque no tenía más que ese sucio y maloliente jirón de tela para recordarle lo que había sido, lo que había tenido, lo que ahora era. Del embargo de su lujosa villa, del pago de las costas del juicio del divorcio de su última esposa, del expolio de sus obras de arte, vendidas en pública y vergonzante subasta, sólo tenía eso: un trapo. Un trapo que le cubría la mitad del cuerpo pero que le pesaba en el alma entera, un jodido, maldito, indeseable, trapo. Su único amigo.

Sí, llovía. Como en los cuentos, de forma inopinada, febril, blanda y mansamente. Comenzaban a encenderse las primeras luces de la ciudad sin nombre. Las calles empezaban a parecerse unas a otras y cada una a sí misma. Una niebla densa y pestilente cubría los objetos, trasformándolos en meros volúmenes que recordaban vagamente formas geométricas. Al llegar al final de la tercera calle, y después de girar a la derecha siete veces siete, el hombre llegó a una larga y angosta avenida sin luces. En ese momento sintió que esa avenida se parecía mucho a lo que había sido su vida en los últimos años: una mujer, una de tantas, la única a la que amó y la única a la que sintió haber perdido, moteles de mala muerte, broncas, alcohol, psiquiátricos, abandonos ocasionales y sexo esporádico en los reencuentros turbios.  Al llegar al centro de la avenida sintió como una losa la soledad que se avecinaba como la tormenta que caería, dentro de poco, sobre el pueblo. Entonces, se mojarían irremediablemente sus recuerdos y ni la gabardina podría salvarle de una muerte prematura y terrible. Ajado el rostro por el llanto, rezó lo poco que sabía ante la tumba de algún poeta caído y cuyo nombre aparecía borrosamente entre la maleza. El hombre no era más que una estampa en blanco y negro de aquel pasado que lo había llevado al abismo, una postal barata como la colonia con que se enjuagaba la boca tras alguna borrachera de hostal de tres al cuarto. Comenzó a llover copiosamente, con la parsimoniosa fuerza de un vendaval de viento, agua y nieve. El hombre, postrado de bruces sobre el suelo de la avenida, no vio venir el torrente que como una marea deglutía todo lo que encontraba a su paso…

Le encontraron desnudo, aprisionado entre unas tablas, entre la estatua del poeta y el asfalto sucio de barro y detritos. Al principio, sus rasgos deformados pasaron inadvertidos entre los cientos de cuerpos que se amontonaban en las calles, porque en aquel momento era sólo una más de las víctimas de aquel extraño tifón que asoló el pequeño pueblo. Sin embargo, con el cambio de turno, al caer la noche, el inspector de guardia, un hombre de mediana edad, de rostro aquilino y expresión calmada, le reconoció al instante. Sintiendo una inmensa pena, conmovido como un chiquillo por la expresión contrita de aquella mirada antaño seductora, le cubrió el rostro con un retazo de tela gris -parecía una especie de solapa de abrigo o gabardina- que el muerto llevaba aferrada a la mano como si del bien más precioso se tratase.

13:51 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (5)