Iniciamos con este cuento una serie de relatos cortos de compañeros, alumnos y ex alumnos que amablemente han accedido a publicar y compartir algunos de sus relatos. Este blog es un punto de encuntro para el arte y la literatura. Los comentarios serán respondidos por los propios autores.
Pasen, pónganse cómodos y disfruten de una lectura reposada.
Con la última
intermitencia de la llama supiste que nunca más verías la luz. Encendiste la
cerilla con la esperanza de observar el tiempo suficiente tu entorno, y los
escasos diez segundos que duró la vibración del círculo de fuego –sospechaste
una lágrima abrasada en tu visión– te sirvieron para entender que nada te salvaría
de una muerte horrible.
Recuerdas el
sonido del rasgar de la lija y la efímera incandescencia de la cabeza de la
cerilla, el dolor que penetró tus dedos cuando el fuego arrasó la ceniza de la
madera que sostenías apretando con las uñas. Lo último que viste fue la pequeña
esfera anaranjada cayendo hacia tus pies, los inexpresivos ojos que te
penetraron fríamente. Eso fue lo último que viste. Un ligero destello de luz y
tus pies apartándose quizás cuando tus ojos comenzaron ya a adaptarse a la
negra oscuridad que te atrapó. Ibas a morir y no dejaste de pensar en ello
hasta que pudiste tantear la estantería para comerte las páginas del primer
libro que cogiste.
Sólo cien
páginas te parecieron suficientes para saciar tu hambre. Nunca fuiste de buen
diente, pero siempre contemplaste el acto de comer como una posibilidad para
evadirte. Fue en esos tiempos –aquellos en los que tus necesidades
existenciales se reducían a una miserable condena–, hace ya veinte años, cuando
comenzaste, primero apenas media página, luego prólogos, capítulos y hasta
relatos de más de cincuenta caras, a devorar los libros de su calculada
biblioteca. Inicialmente algo sencillo: te tragabas párrafos ilegibles de cuentos
fantásticos, novelas de aventuras, algún periódico olvidado, apilado sobre el
suelo, marcado por el polvo de cien años. Poco después nada era suficiente, ni
por complicado ni engorroso de leer, ni siquiera por el indigesto amanecer de
los textos metafísicos o religiosos. Todo parecía digno de tu paladar.
La curiosidad
de los nuevos sabores y el cadencioso fluir por tus venas del poder adictivo de
los libros te llevó por el camino que ahora te conduce a la muerte. Esto lo
sabes, eres plenamente consciente –ahora que sientes el dolor del miedo detrás
de tu cuello, recorriendo el muelle de tu espina dorsal– de que tú mismo has
decidido cómo y cuándo terminará tu vida.
Ayer, cuando
el trabajo te dio un respiro, después de solventar los últimos balances, tus
pasos se dirigieron –sólo tus pasos, tú ya sabías el camino– hacia el cuarto
donde la otra noche, borracho, atrapado entre la negrura de cuatro paredes que
supiste desconchadas por la rugosidad de la pintura y por un aroma húmedo y
exasperante, creiste verla. No apareció de pronto como la luz de un faro
lejano, no como una intuición sin importancia, pero tan sólo un instante
después del hallazgo el vidrio de tus ojos delató el requiebro de una lágrima
huyendo de tu mejilla, apenas su figura dibujada en la oscuridad y tú
entornando la mirada, arrastrando tus pies, alejándote de la puerta y
rebuscando en el bolsillo del pantalón la única cerilla que bailaba en la caja.
No la encendiste inmediatamente. Te demoraste unos minutos, tal vez sólo unos
segundos, con la esperanza inútilmente imaginada de volver a oir de su voz tu
nombre, quizás dándote instrucciones sobre la forma en que debías proceder.
Pero en esa
eternidad que dura un pensamiento, antes de saberte atrapado por el miedo, recordaste
el movimiento de un péndulo humano, arrastrando y reconcentrando el
complaciente polvo con el tímido ulular de unos pies lívidos –sólo tu
imaginación te concedió la tregua del rojo agrietado de las uñas a dos
centímetros del suelo–, al parecer bailando amoratados por la concentración golosa
de unas gotas de sangre petrificadas en la vastedad del tiempo.
Recordaste su
cuerpo suspendido en círculo concéntrico, en una gradación que acabó por
detenerse en el único punto posible donde tu lágrima se precipitó, huyendo de
ti, resbalando mansamente por el camino de su pubis, de sus muslos, hasta el
suelo. Recogiste el pliegue de sus desvanecidos glúteos empujando el boceto de
una figura inerte y encendiste la cerilla y sólo pudiste detenerte en su mirada
mientras el veloz cortejo de la brasa te lo permitió.
El hambre
perfiló su dentellada.
Su fina
dentellada.
No del todo
amargo, el regusto del polvo te secó la boca. Te costó tragar las primeras
páginas –apenas el tacto apergaminado del áspero papel contuvo tus primeros
ímpetus– y, cuando rasgaste las últimas carillas del tomo, intuiste –después
supiste, tienes esa extraña habilidad– que habías devorado buena parte de La religiosa de Diderot, y te pusiste a
pensar en una gran jaula imaginaria y oscura.
Cuando
terminaste de comer te sentaste en el centro de la habitación y te dormiste
pensando en ella, intuyendo la todavía lejana posibilidad de no despertar de
nuevo. Pero lo hiciste: el sonido pausado y de repente febril de tu respiración
te devolvió a la oscuridad entre las cuatro paredes donde aquella noche el
tiempo se detuvo, donde creíste contemplar por última vez su movimiento
circular y exasperante cuya imagen te concedió tu estrafalaria afición
bibliofágica.
En aquel
singular soplo de noche desgajado de la realidad, desligado de una vida ya
carente de sentido, soportaste el audaz sentimiento de la culpa quemando tu
carne y, reconociendo la presencia de su figura oscilante y las gotas de sangre
cerca de tus pies, prometiste devorar todos los libros de su biblioteca,
recreando el surco de un camino que tú mismo habías trazado.
Desesperado,
lograste encontrar el último libro. Utilizaste el pulgar de tu mano para
provocar el rumor desgastado de las hojas que toda tu vida te acompañó, como si
barajaras un manojo de naipes, como si comprobaras el idóneo estado de
conservación de un alimento. Y ese sonido, derivado de un inadvertido reflejo
condicionado, hizo que comenzaras a salivar, a sudar, a revolver tu cuerpo en
la oscuridad, rasgando el papel con furia, devorando las páginas de dos en dos,
pensando en un largo paseo y recomponiendo inevitablemente la muerte de Robert
Walser. Sólo pensar en ello, sólo
calibrar tu desesperada intuición, hizo que, al digerir el último bocado,
recordaras las últimas palabras de El
bandido.
Pero mientras
tragabas una masa depresiva y compacta, volviste a presentir su cuerpo detrás
de ti, reconcentrando el aire en tu nuca y, fundido por el miedo –ya estabas
acostumbrado a ese sentimiento inclasificable– te diste la vuelta para observar
de nuevo el espectáculo atroz de la muerte: una cuerda comprimiendo su cuello,
aferrándose a una materia yerta y ausente, un movimiento inerte y la turbia
expresión de unos ojos alucinados que te hicieron revivir aquella noche en la
que tu mano asesina se arrepintió con una última promesa y una lágrima recorrió
tu mejilla para siempre.
Aquella noche
te acercaste a ella y la besaste. Mordiste sus labios con fuerza y la sangre
comenzó a manar débilmente arrastrando tu lágrima por su cuerpo hasta llegar al
suelo donde tus pies y tus ojos, retirándose de su figura, se tiñeron de rojo
confundiéndose con unas uñas que no tocaban el suelo. Tanteaste la librería y
comenzaste a redimir tu culpa.
Hoy, después
de veinte años, extenuado por el dolor y la literatura, atrapado en una densa oscuridad
sólo violada por el remoto fulgor de una cerilla, supiste que estabas muerto.
Estabas
muerto.
Muerto.
Jorge Salvador Galindo
Oviedo-Enero-2006