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viernes, 09 de mayo de 2008

Dos estocadas de El Fundi y una nube de tormenta (9 de mayo)

 


Segunda tarde de Feria. Salió el sol y despistó a los parroquianos. A mi también, porque a las nueve de la noche hacía un frío de espanto. No llovió,aunque una nube negra se paseó sobre el albero llevada por los vientos de sur a norte. Ondeaba la bandera hacia dentro, lo que según los entendidos equivale a decir agua. Saludé a César Palacios en el túnel de cuadrillas y a Muriel Feiner, que andaba como siempre atormentada por falta de tiempo para atender las muchas tareas en las que se compromete.

Llegaron los tres toreros y sus cuadrillas: El Fundi, López Chaves y César Jiménez. Sonreía el veterano con una tranquilidad pasmosa mientras Jiménez cerraba los ojos concentrado en sus cosas. Y se inició el paseíllo. El ganado era de Baltasar Ibán, más el 5º de Valdeolivas y un sobrero de Navalrosal. El segundo derribó a Javier González y provocó junto al burladero de fotógrafos. De la tarde diré que El Fundi estuvo en maestro y así lo reconoció el público, que le hizo saludar en sus dos toros. No estuvo bien en banderillas, aunque le aplaudiera la plaza, pero despachó a los que le correspondieron don dos estocadones.

Anoté en el programa la atención de los picadores durante la corrida, y algunas otras cosas que me fueron llamando la atención, entre ellas la colocación de los subalternos, pendientes de los matadores en todo momento. Cuando César Jiménez toreaba al sexto se escucharon protestas, y una voz que pone las cosas en su sitio gritando desde el 7: ¡Que nooooooooo.....! Esa voz debe clavarse como un cuchillo en las entrañas de los toreros y debe doler más que mil cornadas.

Y allá por el sexto, cuando ya casi no se veía y el frío había despejado la mitad de los tendidos, el reloj marcaba las nueve y media. Al despedir a la terna, desde una localidad del 3, le gritaron a Chaves: ¡Hasta el rabo todo es toro!, y el torero le contestó con un saludo y con el gesto muy serio. No fue su tarde, tampoco la de Jiménez, pero sí la de José Pedro Prados El Fundi, que atravesó el portón con una sonrisa de hombre feliz. Mañana será otro dia.

 

 

 

18:31 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (0)

Hace unos días, otro de los blogs de MadriMasd que tratan el mundo de los libros, lecturas y bibliotecas: Los futuros del libro, de Joaquín Rodriguez nos invitaba a leer un excelente artículo de Vicente Verdú: ¿Para que tanto leer?, publicado en El País. En realidad, frente a los videojuegos, la televisión e Internet, la lectura no ocupa un lugar importante en la vida de los ciudadanos. Pues, bien, hoy proponemos otro artículo del mismo periódico y de otro escritor que recurre de vez en cuando a las bibliotecas. Se trata de Antonio Muñoz Molina: "De una biblioteca a otra". Se recomienda a los alumnos la lectura de ambos artículos y una reflexión sobre el libro y las bibliotecas. Desde luego, los de Biblioteconomía y Documentación deberían recitar estos textos como si del Padre Nuestro se tratara. Pasen y lean. Pasen y comenten.


Por Antonio Muñoz Molina


Una biblioteca pública no es sólo un lugar para el conocimiento y el disfrute de los libros: también es uno de los espacios cardinales de la ciudadanía. Es en la biblioteca pública donde el libro manifiesta con plenitud su capacidad de multiplicarse en tantas voces como lectores tengan sus páginas; donde se ve más claro que escribir y leer, dos actos solitarios, lo incluyen a uno sin embargo en una fraternidad que se basa en lo más verdadero y lo más íntimo que hay en cada uno de nosotros y que no tiene límites en el espacio ni en el tiempo.
La lectura, los libros, empezaron siendo privilegio de unos pocos, herramientas de poder y de control de las conciencias. La imprenta, al permitir de pronto la multiplicación casi ilimitada de lo que antes era único y difícil de copiar, hizo estallar desde dentro la ciudadela hermética de las palabras escritas, alentando una revolución que empezó por reconocer en cada uno el derecho soberano a leer la Biblia en su propia lengua y en la intimidad de su casa, sin la mediación autoritaria de una jerarquía. Gentes que leían libros albergaron ideas inusitadas: que el mérito y el talento personal y no el origen distinguían a los seres humanos que todos por igual tenían derecho a la instrucción, a la libertad y a la justicia.
La escuela pública, la biblioteca pública, son el resultado de esas ideas emancipadoras: también son su fundamento. Con egoísmo legítimo uno compra un libro, lo lee, lo lleva consigo, lo guarda en casa, vuelve a leerlo al cabo de un tiempo o ya no lo abre nunca. En la biblioteca pública el mismo libro revive una y otra vez con cada uno de los lectores que lo han elegido, multiplicado tan milagrosamente como los panes y los peces del evangelio: un alimento que nutre y sin embargo no se consume; que forma parte de una vida y luego de otra y siendo el mismo palabra por palabra cambia en la imaginación de cada lector.
En la librería no todos somos iguales; en la biblioteca universitaria el grado de educación y la tarjeta de identidad académica establecen graves limitaciones de acceso; sólo en la biblioteca pública la igualdad en el derecho a los libros se corresponde con la profunda democracia de la literatura, que sólo exige a quien se acerca a ella que sepa leer y sea capaz de prestar una atención intensa a las palabras escritas.
En el reino de la literatura no hay privilegios de nacimiento ni acreditaciones oficiales, ni jerarquías de ninguna clase ante las que haya que bajar la cabeza: nadie tiene la obligación de leer una determinada obra maestra; y no hay libro tan difícil que pueda ser inaccesible para un lector con vocación y constancia. Pomposos catedráticos resultan ser lectores ineptos: cualquier persona con sentido común es capaz de degustar las más delgadas sutilezas de un libro. En el cuarto de trabajo o de estudio con frecuencia uno está demasiado solo: en la biblioteca pública se disfruta un equilibrio perfecto entre el ensimismamiento y la compañía, entre la quietud necesaria para la lectura y la grata conciencia de la vida real que sigue sucediendo a nuestro alrededor.
Los barrios de Nueva York están punteados de sucursales de la gran Biblioteca Pública de la Quinta Avenida. El edificio central tiene una escala imponente: los mármoles, la escalinata, las columnas, los dos grandes leones benévolos. Las bibliotecas de barrio son mucho más modestas en apariencia, pero no esconden menos tesoros, y son igual de acogedoras. La que yo visito casi cada mañana está en una zona de pequeños negocios puertorriqueños, de peluquerías rancias de caballeros, de puestos de frutas del Caribe, de casas de comidas baratas que tienen nombres como La Caridad o La Flor de Mayo. El trámite para hacerse socio dura unos cinco minutos y es gratis. Con su tarjeta uno puede solicitar cualquier libro, disco o película y en unos pocos días le avisarán de que puede ir a recogerlo.
Pero para entrar en la biblioteca y pasarse en ella las horas no hace falta ni siquiera una acreditación, en una ciudad donde hay tantas barreras de seguridad que puede ser tan inhóspita para el que no tiene dinero. A mi alrededor, en las otras mesas de la biblioteca, hay universitarios obsesivos que han venido a estudiar y jubilados que leen tranquilamente el periódico, un chico que mueve la cabeza y los hombros al ritmo de la música que escucha en el iPod mientras sonríe para sí leyendo una novela gráfica, una muchacha asiática sumergida en una biografía de Virginia Wolf, una abuela a la que una empleada le enseña con ilimitada paciencia cómo acceder a su cuenta de correo electrónico en la fila de ordenadores de la sala, una mujer demente que se ha sentado cerca de mí dejando caer sobre la mesa, como si fuera una lápida, un diccionario enorme de psiquiatría.
Yo leo, trabajo, miro el correo, escribo alguna postal, gustosamente solo y a la vez acompañado, mecido por el rumor cauteloso de la gente. Vengo a trabajar en una biblioteca pública y me acuerdo siempre de la primera que conocí, en la que empecé a educarme, tan lejos ahora y tan presente en la memoria, la biblioteca municipal de Úbeda, que descubrí cuando tenía unos doce años. La mirada infantil, como la poesía épica, agranda los lugares, magnifica las cosas: yo nunca había visto salas tan grandes, estanterías llenas de libros que llegaban a los techos, sumergidas parcialmente en una penumbra en la que brillaban con intensidad misteriosa las lámparas bajas sobre las mesas de lectura. En cualquier otro lugar mis deseos y mis aficiones estaban limitados por la falta de dinero: en la biblioteca yo era un potentado. Fuera de allí las cosas pertenecían a alguien, casi siempre a otro: en la biblioteca eran mías y a la vez de todos. No existe mejor escuela de ciudadanía.
Sin aquella biblioteca hoy yo no estaría en ésta. Y como ahora las palabras pueden viajar tan instantáneamente como vuelven a la conciencia las imágenes del pasado remoto, cuando abro el portátil para mirar el correo encuentro un manifiesto en defensa de la biblioteca municipal de Úbeda, dañada por el abandono, por esa idea festera y despilfarradora que tiene cualquier política cultural en España, donde no hay límite para el gasto público a condición de que éste sea superfluo. Cualquier municipio español gasta millones en contratar artistas de moda o alentar paletadas vernáculas: pero en una pequeña biblioteca no hay dinero para comprar libros, y si lo hubiera no quedaría espacio donde mostrarlos; cada vez existirá menos la posibilidad de que alguien encuentre en ella el refugio y la iluminación de los libros; de que un niño fantasioso entre en la biblioteca pública como Simbad en la gruta del tesoro. Pongo mi firma al pie de ese manifiesto de ciudadanos ilustrados y por un momento la lejanía no existe y la mesa de lectura en la que estoy sentado pertenece a aquella biblioteca que no he pisado en tantos años.

Fuente: El País. “Babelia” 3 de mayo de 2008.

16:39 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (0)

jueves, 08 de mayo de 2008

Agua del Santo en la primera tarde (jueves, 8 de mayo de 2008)

Y comenzó la Feria de San Isidro...  Bronca para los toros y silencios para los toreros, salvo los aplausos que se llevó Antón Cortés. Es curioso como se transforma la plaza cuando comienza la Feria. Hay una bullicio especial, una especie de encuentro de marginados que viven el mes de mayo con una pasión: los toros. Bajaba yo por la calle de Alcalá con algo de prisa y al llegar a los bares donde se forman tertulias, repletos de mirones y de tipos curiosos, observé esa transformación a la que me refiero. Es como si de pronto entráramos en otro mundo, que no es del pasado como pueden pensar algunos sino del presente. La primera de Feria es el reencuentro. Más de cien manos habré estrechado esta tarde. Y despés de saludar a los de siempre, de los que hablaremos en ocasión más propicia, me fui al túnel de cuadrillas para esperar a los toreros. La lluvia intensa de la mañana no había dañado el ruedo por las precauciones y todo estaba en orden. El tema de conversación no era, sin embargo, ni la corrida ni los matadores, sino el agua, el agua bendita que había traido el Santo para aliviar la merma de los pantanos. Y aunque los toros son de sol y moscas, había consenso en aceptar la lluvia por el bien de todos y a pesar de los pesares. Porque las corridas de nubes grises e impermebles pierden el brillo o el encanto, como diría el maestro de periodistas don Rafael Campos de España, recientemente fallecido, a quien recordamos con admiración y con respeto.

Nada que decir del triunfo o el fracaso porque no hubo toros, y cuando no hay toros que lidiar nada que decir de los toreros. En el 4 nos dio la murga un individuo pasado de vino, y el 7 consiguió que la presidencia devolviera al menos uno de los bureles. Hubo detalles en el ruedo e incluso emoción cuando un sobrero derribó a los dos caballos y puso en peligro a todo bicho viviente. También esto forma parte del espectáculo, tanto que por un momento recordamos que se trataba de una corrida de toros. Ya lo dice el refrán: ¡Tarde de espectación, tarde de decepción! La espectación estaba en la primera de feria, la decepción la llevaban quienes de vuelta a casa subían por la calle de Alcalá (senda de los elefantes) con la misma cara que ayer lo hicieran los seguidores del Barça. Y poco más que contar, salvo que mis compañeros de localidad, Pedro y Ricardo, se comieron parte de mi merienda en un descuido. Todo lo demás fueron broncas por la fuerza y de raza del ganado. Les remito a las fotografías, porque más allá de los textos está la imagen y hay muchas cosas que ustedes, por mucho que se empeñen, jamas verán como lo ve Paloma Aguilar.  

Terna: Antón Cortés (silencio y aplausos), Eduardo Gallo (silencio y silencio), Ambel Posada (silencio y silencio); Ganadería: Martelilla y un sobrero de Albarreal.


 

18:36 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (5)

La Comunidad de Madrid mantiene viva la cultura y el arte del toreo en su callejero con más de 145 calles y avenidas “taurinas”. Los municipios madrileños de Aranjuez, Colmenar Viejo y Guadalix de la Sierra, así como la ciudad de Madrid son los que más vías dedicadas al mundo del toro registran dentro de la región, según revela un estudio elaborado por Tele Atlas, compañía especializada en cartografía digital y servicios de localización, con motivo de la feria de San Isidro que comienza mañana.

La Montera, Espartaco, Las Ventas y San Isidro, entre otros, presentes en más de 145 calles de la Comunidad

El estudio de Tele Atlas -realizado a partir de un sistema propio de gestión y detección de datos basado en más de 50.000 fuentes diversas y 200.000 actualizaciones cartográficas anuales- muestra que el arte del toreo no sólo se refleja frente al toro en el ruedo, sino también en las calles que rinden homenaje a plazas célebres, indumentaria, pases maestros e incluso a grandes toreros.

De esta forma, figuras tan conocidas como El Cordobés, Curro Romero, Espartaco y Manolete aparecen nombradas, entre otras, en municipios como Guadalix de la Sierra, que encabeza el listado de calles con denominaciones de toreros en toda la capital. El matador burgalés José Cubero el “Yiyo”, que murió envestido por un toro en 1985, sin olvidar a Luís Miguel Dominguín, quien heredó de su padre el arte del toreo, son dos de los grandes maestros a los que se les rinde homenaje en las calles madrileñas.

Además de recoger el nombre de célebres toreros, también existen calles en los municipios madrileños con el nombre de algunos toros. Así, la calle de Los Tintoreros en Madrid capital, séptimo toro estoqueado por Antonio Sánchez en la antigua plaza de la Barcelonesa, es un ejemplo de algunas de ellas .

San Isidro, el gran triunfador

Por otro lado, el estudio de Tele Atlas revela que la denominación que más se refleja en la nomenclatura de las calles madrileñas es la dedicada a San Isidro, el patrono de Madrid, que da nombre a la feria que más aficionados al mundo de la tauromaquia reúne. Así, el nombre de San Isidro forma parte de más de cincuenta calles de la Comunidad Madrileña.

Además, el mundo del toro se deja entrever en el callejero de la capital a través del nombre de pases e indumentaria propia de este arte. De esta forma, calles como Montera o Verónica, que hace referencia a uno de los pases más populares del torero, trasladan al viandante a un mundo cargado de significados y simbología.

Finalmente, denominaciones tan castizos como la Plaza de Toros, Las Ventas y Vistalegre, donde se celebran novilladas, corridas y “actos” de todo tipo, edan nombre a diversas calles de la periferia y del centro de la capital. También el término global que define el arte del toreo aparece en diversas calles bajo el nombre de “Calle de la Tauromaquia”, como sucede en las localidades de Getafe y Alpedrete.

Más información:
Carolina Morales
carolina@ioncomunicacion.es
91 576 05 88
www.ioncomunicacion.es

5:35 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (0)

miércoles, 07 de mayo de 2008

Tú, yo, él

Tú, yo, él...
Otra vez los pronombres.
Allí, bajo mi manto.
Ella va hacia la muerte
y aquel escapa de su silencio.
Nombres propios de paseantes.
La cabeza perdida en una esquina.
Viene el viento.
Luces de televisor en los cristales.
Cigarrillos escondidos.
Allí, bajo el espanto.
Él se detiene.
Aquellos se lamentan de su suerte.
Se besan.
Juegan a decirse que se quieren.
Ruidos de motores
... y las voces.
Un aliento.
Un golpe de aire que me viene.
Ya mejor...
Seguro de que hoy no será el cierre.
Tal vez mañana,
o pasado...
Un portazo.
Prefiero que sea de un portazo
y no de una herida que no cierre.
Allí vosotros, los pronombres,
aquí la noche que me vence.

 

Juan Miguel Sánchez Vigil

19:07 | gestionado por Juan Carlos Marcos Recio/Juan Miguel Sánchez Vigil | Enviar comentario (0)