Enviado el viernes, 17 de julio de 2009 7:11

José Antonio López Cerezo es Catedrático
de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Oviedo
y Miembro de la Comisión Asesora de Expertos de la
OEI
Hace ahora casi tres años tuvo
lugar una pequeña conmoción en nuestra visión
del universo cercano. En su reunión de Praga de agosto
2006, la Unión Astronómica Internacional tomó
una decisión que fue noticia en todo el mundo y que,
más que enseñarnos algo nuevo sobre la naturaleza
del universo, nos enseña algo sobre la naturaleza del
funcionamiento de la ciencia. Plutón, descubierto en
1930 por el astrónomo norteamericano Clyde W. Tombaugh,
fue degradado desde su condición de planeta a la de
simple “planeta enano” – un cuerpo planetario
que, como los asteroides, no alcanza la categoría de
planeta. Era una noticia triste para muchos.
Pocas cosas son más familiares y proporcionan más confianza existencial
que las listas de reyes, planetas, reinos, periodos geológicos o tablas
de multiplicar que aprendimos en la escuela. Pero la ciencia es la ciencia,
y la Unión Astronómica, tras un largo y controvertido debate precedido
de dos años de discusiones, decidió en Praga que el tamaño
de Plutón no lo acreditaba a seguir perteneciendo al club plantario de
nuestro sistema solar, sobre todo después del descubrimiento de otros
cuerpos planetarios con un tamaño superior al de Plutón y no incluidos
en la célebre lista tradicional de 9 planetas.
Técnicamente la decisión estaba basada en que un planeta auténtico
debe tener el tamaño suficiente para "despejar el entorno de su
órbita". La decisión ha obligado a revisar y modificar libros
de textos, enciclopedias y recursos educativos en todo el mundo. En la mitología
romana, Plutón era el dios del inframundo, un lugar de tormentos eternos
similar al infierno cristiano. A su palacio del Tártaro ha vuelto después
de la decisión de la Unión Astronómica.
Es un suceso que también debería motivarnos a revisar nuestra
tradicional imagen de la ciencia, pues pone de manifiesto una característica
de la ciencia que no siempre es adecuadamente reconocida: en ciencia no sólo
se descubre, también se decide, y a veces esas decisiones no son consensuadas.
Como en 1974, cuando la Asociación Psiquiátrica Americana tuvo
que decidir en votación si seguía o no incluyéndose la
homosexualidad en el Diagnostics and Statistics Manual of Mental Disorders
y por tanto considerándose enfermedad mental, o bien pasar a ser vista
como una simple opción personal. La ciencia no es el resultado inapelable
de la aplicación de un método; la ciencia habla con muchas voces,
a veces discrepantes entre sí.
Las teorías y conjeturas científicas, así como sus sistemas
clasificatorios, no constituyen un simple reflejo del mundo real, que va paulatinamente
desvelándose gracias al afán de los investigadores. Son también
el producto de controversia, la negociación, la persuasión y otras
formas de interacción social. Es un rasgo que convierte a las teorías
en convencionales, aunque no en arbitrarias. Es convencional asumir un cierto
criterio técnico para atribuir la categoría de planeta a un cierto
cuerpo, más bien que otro criterio técnico alternativo, asumiendo
así 8 planetas en lugar de 12 o de otro número. Pero no es una
decisión arbitraria: se justifica sobre la base de elementos de juicio
como la simplicidad, la coherencia, aplicabilidad de las leyes y la fertilidad
teórica.
En ciencia, al igual que el mundo ordinario, hay buenas y malas razones, y
ver las cosas de un modo más bien que de otro no sólo es cuestión
de la capacidad negociadora y retórica de unos y otros grupos rivales,
sino también de utilizar los mejores modelos, protocolos, instrumentos
y técnicas. Como en la resolución del crucigrama en un diario,
los científicos se afanan en buscar respuestas adecuadas para los interrogantes
que plantea la naturaleza. Pero, a diferencia del diario, la respuesta correcta
no se encuentra en las páginas finales ni en una edición futura.
Si bien son plausibles diversas combinaciones, no todo es posible y hay propuestas
mejores y peores. Saber encontrarlas y distinguirlas es el objetivo de buena
parte de la formación y adiestramiento del científico, y su deber
es elaborar buenos argumentos para defenderlas y mantener un sano escepticismo
ante esas voces discrepantes.
Esta artículo está realizada en el marco del Proyecto Iberoamericano
de Divulgación Científica de la OEI con el apoyo de la AECID