José A. López Cerezo, Universidad
de OviedoNo es ninguna sorpresa indicar la gran actualidad del
tema del riesgo, en el marco de la actual sociedad del
conocimiento. La frase "sociedad del riesgo"
fue introducida en 1986 por un sociólogo alemán,
Ulrick Beck. Con esta frase Beck hacía referencia
a la centralidad que ha adquirido el riesgo en nuestra
sociedad post-industrial, como consecuencia del gran
impacto de la ciencia y la tecnología en el desarrollo
industrial del mundo moderno. Se trata del reverso de
la conocida, en la mirada optimista, como sociedad del
conocimiento. Habitar una sociedad del riesgo no significa
simplemente tener que afrontar más o mayores
peligros que en el pasado, sino hacer frente a una peligrosidad
cualitativamente distinta. Muchos de los daños
que en el pasado se atribuían a la naturaleza,
al destino o a voluntades sobrenaturales, y eran vistos
así como peligros inevitables, hoy son habitualmente
imputados a acciones y decisiones humanas, y, por tanto,
se les otorga la forma de riesgos.
De este modo, hablar de riesgos no sólo es hablar
de daños potenciales para la salud sino también
imputar responsabilidad a algún agente social
por acción o por omisión de la acción.
Juzgar, además, que un riesgo es inaceptable
no es estimar que su ocurrencia es demasiado probable
(la dimensión principal del llamado "riesgo
objetivo"), aunque esto sea tenido en cuenta, sino
sobre todo considerar que la exposición es involuntaria,
que sus potenciales consecuencias son inasumibles, que
está injustamente distribuido, que no es adecuadamente
compensado, etc
En este sentido, dentro de la aproximación psicológica
en el estudio científico del riesgo, y frente
al reduccionismo técnico que lo equipara a probabilidad
de fatalidad, se enfatiza el carácter multidimensional
del riesgo cuando se tiene en cuenta la cuestión
de su aceptabilidad. Un autor como Paul Slovic habla
incluso de "la personalidad del peligro":
una cualidad subjetiva que está a la base del
juicio popular sobre daños potenciales y depende
de variables como el potencial catastrófico,
la familiaridad, la capacidad de control, la equidad,
la confianza en la administración o los gestores
de la fuente del riesgo, la amenaza a generaciones futuras
o la voluntariedad de la exposición.
Esta es la razón que explica la gran visibilidad
del riesgo en el mundo desarrollado: la aparente paradoja
de que a mayor nivel de vida, mayor atención
sanitaria y mayor longevidad en una sociedad, un mayor
número de riesgos alcanzan visibilidad pública
y causan alarma entre la población. La cuestión
clave es que cuanto mayor es el conocimiento y los medios
técnicos disponibles, tantos más daños
potenciales son identificados como riesgos y más
graves son las atribuciones de responsabilidad por acción
o por inacción. Por ello, hablar de alarmismos
y psicosis injustificadas - una frecuente reacción
institucional desde las primeras protestas públicas
contra la energía nuclear hasta el actual debate
sobre organismos transgénicos, es cometer el
error de asimilar los riesgos a peligros inevitables.
Es como confundir la escasez con la desnutrición.
La escasez, al igual que el riesgo, es un concepto comparativo
que requiere una definición contextual: depende
de la distancia y de la significatividad atribuida a
esa distancia. La omnipresencia del riesgo en sociedades
democráticas afluentes, con un alto desarrollo
científico-tecnológico y una creciente
movilización ciudadana, es precisamente lo que
cabe esperar de la personalización del peligro
que supone el riesgo.
Con todo, el riesgo, al igual que otros fenómenos
sociales, necesita ser contextualizado. El riesgo de
los carros en ciudad de México, además
de los accidentes, es la tremenda polución que
generan, es el riesgo de lo que llaman "contingencia
ambiental". El riesgo específico para la
salud de los carros de Medellín o Bogotá
es que pueden explotar; es el riego de los carros-bomba.
Análogamente, el riesgo en España de una
central nuclear es la amenaza de accidente o liberación
ambiental de radiación; el riesgo en Cuba de
la única central nuclear que comenzaron a construir,
la central de Jaragua en la bahía de Cienfuegos,
es que no llegara a terminarse y tener que seguir con
los cortes de corriente eléctrica.
La conocida feminista y crítica social Hilary
Rose decía del enfoque de Beck que quizás
era apropiado para una sociedad afluente como la alemana,
pero que no encajaba bien en las sociedades necesitadas
que cubren la mayor parte del planeta. ¿Es el
riesgo un fenómeno específico del mundo
desarrollado; una preocupación fuera de lugar
para los países en desarrollo? Creo que la respuesta
es no. En primer lugar el riesgo hoy tiene un gran potencial
catastrófico, se concreta con frecuencia en amenazas
que no se detienen ante fronteras nacionales o clases
sociales. La explosión de Chernóbil afectó
a la pobre población ucraniana y de las anexas
repúblicas bálticas, pero también
a los acomodados finlandeses y suecos. Lo mismo sucede
con el deterioro de la capa de ozono y tantas otras
amenazas actuales. Pero también ocurre que los
riesgos no globales o transnacionales, como la destrucción
de ecosistemas específicos o los perjuicios para
la salud de ciertas poblaciones o categorías
de obreros por actividades industriales, son riesgos
locales que resultan con frecuencia de una desigual
distribución internacional y social de las fuentes
del peligro. Los barrios marginales, con más
paro y menos ingresos, son los que suelen dar mejor
acogida a nuevas industrias contaminantes que no serían
aceptadas en otros entornos menos necesitados. Los países
más pobres son los que asumen el deterioro de
la pérdida de su masa forestal autóctona
y la repoblación con especies exóticas
que producen un deterioro del entorno. Son los mismos
países que después probablemente producirán
la pasta de papel a través de la contaminante
industria celulósica. Finalmente, son otros países
más ricos los que acogen a la limpia empresa
manufacturera que produce el libro de calidad y a la
sede de la editorial multinacional que lo distribuye.
El riesgo es ciertamente un fenómeno global que
no es independiente de la distribución de la
riqueza y el poder, un fenómeno que reclama una
mirada crítica desde el Sur.
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