Enviado el miércoles, 06 de mayo de 2009 2:02
Todo
brote epidémico genera preguntas. Algunas de ellas están relacionadas
con el brote en sí mismo: qué es, qué efectos produce en el infectado,
cuál es el nivel de riesgo, cómo evitar el contagio. Otras, más
intrincadas, más incómodas, tienen que ver con la participación humana
que propició la expansión del mal. Estas últimas recaen, casi siempre,
en la defectuosa administración estatal o en la completa ausencia de
ésta. Sólo en contadas ocasiones, sin embargo, se incluye a la
investigación dentro de ese largo listado de carencias.
En la Argentina, el último brote de dengue —la enfermedad febril transmitida por el mosquito Aedes Aegypti—
ya generó, desde febrero de este año, entre 20.000 y 30.000 casos de
infección. El número exacto varía según el origen de la fuente: la
información oficial dice una cosa, pero algunos especialistas creen que
se trata de datos manipulados. Lo único cierto es que el mosquito no
pica solo. Son varios los motivos que se esgrimen para explicar el
resurgimiento de la enfermedad: un descenso en los esfuerzos de
prevención (especialmente en lo que concierne a las tareas de
fumigación) y la precariedad con la que está obligado a convivir un
sector marginado de la sociedad (radicado en gran parte en la región
norte del país), entre otros.Uno
de los motivos menos mencionados tiene que ver con la práctica
científica como método preventivo. Los escasos recursos invertidos en
la investigación, así como el lugar marginal de ésta en lo que se
refiere a política estatal, son también parte del problema. Gonzalo
Basile, presidente de Médicos del Mundo en la Argentina, considera que
la universidad debe tener un rol fundamental en los trabajos de control
y prevención de epidemias. Todo parte, para Basile, de la nula relación
que mantienen las casas de estudio con las cuestiones de salud pública.
“La universidad crea profesionales que casi siempre salen de ella para
insertarse en una lógica de mercado —declaró el funcionario al FORO CTS—.
Nuestros investigadores son atraídos por el sistema de financiamiento
internacional, que los obliga a dedicarse a enfermedades cuya solución
genera productos más rentables que la cura de enfermedades causadas o
fogoneadas por cuadros de marginalidad. En nuestro país se sabe muy
poco del dengue o del mal de Chagas, entre otros padecimientos, y de
esta manera se hace muy difícil generar conocimientos prácticos que nos
permitan combatirlos.” Basile aclaró que, si bien existen algunos
centros de investigación preocupados por estas problemáticas (el
Instituto de Enfermedades Subtropicales de la Universidad del Nordeste,
por ejemplo), estas entidades trabajan casi sin recursos y a la sombra
de otros proyectos mejor abastecidos: “A la larga termina importando
más el interés privado que el público. Se debe discutir la
reorganización de la salud pública y orientarla hacia un sistema
universal. En todo esto el financiamiento juega un papel preponderante.
Hay que acabar con esa mirada instrumental que afirma que un sistema
universal es imposible desde una perspectiva econométrica”.Basile
explicó que el Estado, al menos en el caso argentino, se construye a
partir de un sistema de ausencias y de presencias. Por un lado —y esto
va más allá de la cuestión de la investigación, aunque la incluye—, las
políticas gubernamentales están ausentes en lo que tiene que ver con
solucionar las condiciones de vida que favorecen enfermedades como el
dengue (precariedad de los servicios básicos, poco o nulo acceso a agua
potable, convivencia con basurales a cielo abierto, entre otros
flagelos). Se ha desmantelado el sistema de salud, la estructura
hospitalaria se halla colapsada y no hay recursos humanos ni tecnología
suficiente. Por el otro lado, la presencia del Estado se advierte en el
ocultamiento y en la manipulación de información que sería
imprescindible para combatir la epidemia después de su estallido. Esta
forma de actuación gubernamental sólo lleva, en conclusión, a una grave
“situación de desigualdad que es anterior al problema de la salud”.
Lo
invitamos a sumar sus opiniones a este debate. ¿Considera a la
investigación como una herramienta de prevención? En este marco, ¿cuál
debería ser el rol del Estado y cuál el de la sociedad civil?
Publicado por
Revista CTS
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