Educadores por la sostenibilidad
Boletín Nº 34
Una de las dificultades a la que hemos de hacer frente muchos
ciudadanos y ciudadanas, incluidos los educadores, cuando intentamos
entender problemas como el cambio climático, es que, frecuentemente,
nos encontramos con informaciones muy contradictorias.
Por
una parte se hacen públicos informes como, por ejemplo, los
elaborados por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático
(IPCC), organismo científico de Naciones Unidas, que llaman
la atención sobre un preocupante incremento de los gases
de efecto invernadero que amenaza con provocar un cambio climático
de graves consecuencias. Pero cualquiera que siga la prensa diaria
o “navegue” por la red se encontrará también
con abundantes documentos que se refieren a “las mentiras
del cambio climático”, al “catastrofismo de los
ecologistas” o al “alarmismo climático”
e incluso con contundentes tomas de posición de conocidos
responsables políticos que se oponen a que, en épocas
de crisis como la actual, se financien causas “científicamente
cuestionables” como el cambio climático. ¿A
quién hacer caso? No es de extrañar que la conclusión
de muchos ciudadanos sea que la cuestión no está clara.
Así, un reciente estudio señala que más del
60% de los estadounidenses piensa que el cambio climático
es una cuestión científicamente controvertida. En
consecuencia, buena parte de la ciudadanía –incluyendo,
insistimos, muchos educadores- sigue sin ver necesaria su implicación
en la resolución de esta problemática.
Ante esta situación, es preciso dejar claro que el consenso científico
es total. Podemos referirnos, por ejemplo, al estudio realizado por la
investigadora Naomi Orestes, con cerca de un millar de artículos
científicos analizados (http://www.sciencemag.org/cgi/content/full/306/5702/1686)
ni uno solo de los cuales ponía en duda la realidad del actual cambio
climático, ni su origen, asociado, entre otros, a la quema de
combustibles fósiles. Por contra, más del 50% de los artículos
publicados en la prensa diaria durante el mismo periodo expresaban
dudas acerca del cambio climático. Esta confusión constituye un serio
obstáculo al que es preciso hacer frente, dejando claro que las
posturas “negacionistas” no tienen ningún apoyo científico.
Una situación similar se vivió en los años
70 con el uso de los compuestos fluorcarbonados (CFC), utilizados
en sistemas de refrigeración, pulverizadores, etc., y el
hallazgo de que provocaban un peligroso adelgazamiento de la capa
de ozono que nos protege de las radiaciones ultravioleta: gracias
a los trabajos de científicos como Crutzen, Rowland y Molina
y al apoyo del movimiento ecologista, que contribuyó
a dar realce social a sus investigaciones, se logró en 1987
prohibir su uso en el Protocolo de Montreal, a tiempo de evitar
una catástrofe. Pero no debemos olvidar que la primera reacción,
sobre todo del mundo empresarial, fue poner en duda estos resultados
acusando a los científicos de catastrofistas. Por ejemplo,
el presidente de “Dupont”, líder mundial en producción
de CFC, calificó los estudios de “relatos de ciencia
ficción” y “montón de basura”. Crutzen,
Rowland y Molina acabaron obteniendo el Premio Nobel de Química
en 1995, pero en Internet podemos seguir encontrando “documentos”
(¡incluso del año 2008!) acerca del “mito”
y del “fraude” del agujero de Ozono (http://www.mitosyfraudes.org/Ozono.html);
documentos tan escasamente fiables, por supuesto, como los que se
refieren a “las mentiras del cambio climático”.
No es,
pues, haciéndonos eco de quienes tildan hoy de catastrofistas
a los científicos del IPCC (como se hizo antes con Crutzen,
Rowland y Molina, por no mencionar otros ejemplos como el de Rachel
Carson y su denuncia de las graves consecuencias del uso del DDT)
como lograremos avanzar en la compresión de los problemas,
sus causas y medidas que es necesario adoptar. Nuestra obligación
como ciudadanos y educadores es manejar información contrastada,
procedente de auténticas fuentes científicas, y no
dejarnos confundir por opiniones peregrinas y a menudo interesadas
(es decir, literalmente pagadas por compañías petrolíferas,
mineras, etc., como se ha documentado también fehacientemente)
aparecidas en unos media más atentos a la “noticia”
con capacidad de llamar la atención que al rigor científico.
Este rechazo del “negacionismo” no supone, en modo alguno, adoptar las
posturas catastrofistas de quienes afirman que los problemas no tienen
solución y que, por tanto, no ven posible ni necesario hacer nada… lo
que les condena a la misma pasividad de quienes sostienen que no hay
problema. La forma de no ser catastrofistas es reconocer los problemas
y trabajar por su solución. En efecto, el estudio científico de los
problemas tiene como finalidad conocer su origen y poner a punto las
posibles soluciones. Y debemos insistir en que esas soluciones existen
y que estamos a tiempo de adoptar las medidas necesarias. Baste
recordar que en el IV informe del Panel Intergubernamental del Cambio
Climático (IPCC, 2007) destaca el espacio concedido a las medidas
mitigadoras y la fundamentada conclusión de que todavía estamos a tiempo… pero que es urgente actuar.
Educadores por la sostenibilidad
Boletín Nº 34, 15 de marzo de 2009
http://www.oei.es/decada/boletin034.htm