La gravedad
de la crisis financiera mundial, que se está traduciendo
en recesión y pérdida de millones de empleos, está
llevando a algunos -incluidos influyentes responsables políticos-
a pensar que no es el momento de adoptar medidas rigurosas para
luchar contra el cambio climático, porque las exigencias
económicas que esas medidas comportan podrían agravar
la crisis. Lo urgente ahora sería estimular de nuevo el consumo
y reactivar el crecimiento económico: el medio ambiente podría
y debería esperar.
Sin embargo, estos planteamientos constituyen un nuevo ejemplo
de miopía "cortoplacista" que ignora el auténtico
origen de la crisis actual y las posibles vías de solución.
Porque, como han expresado numerosos expertos, la crisis económica
y la crisis ambiental son dos aspectos de una misma problemática
y se potencian mutuamente: "La crisis económica que
padecemos se deriva de que los ciudadanos de los países desarrollados
hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades, consumiendo
bienes que excedían el capital que podíamos reponer",
explican Carlos Duarte, Premio Nacional de Investigación,
y Carlos Montes, catedrático de ecología en la Universidad
Autónoma de Madrid. De hecho, los expertos ya venían
prediciendo lo inevitable de graves crisis, si se continuaba apostando
por la búsqueda de beneficios a corto plazo sin tomar en
consideración los límites del crecimiento en un planeta
finito y sus consecuencias de degradación ambiental y social.
Por ello, cualquier demora en la adopción de las necesarias
medidas de protección medioambiental y de replanteamiento
del sistema productivo, como algunos proponen, solo contribuirá
a agravar y multiplicar las crisis. Estudios muy bien fundamentados
como, por ejemplo, el que ha dado lugar al conocido "Informe
Stern", encargado por el Gobierno Británico en 2006
a un equipo dirigido por el economista Nicholas Stern han estimado
el coste, sin duda elevado, de estas medidas; pero al propio tiempo
han dejado claro que, si no se actúa con celeridad, el proceso
de degradación provocará una grave recesión
económica mucho más costosa, con secuelas ambientales
irreversibles que pueden dar lugar al colapso de nuestra especie.
La pregunta a plantearse no sería, por tanto, cuánto
cuesta la adopción de las medidas necesarias sino cuánto
está costando ya el no adoptarlas.
No tiene sentido, pues, pensar en salir de la actual crisis económica
reincidiendo en los mismos comportamientos de consumo depredador
y de crecimiento insostenible que han ido segando la hierba a nuestros
pies (degradando todos los ecosistemas terrestres y haciendo crecer
las desigualdades y la pobreza extrema) y creando las condiciones
de un auténtico colapso. "No podemos resolver los problemas
utilizando los mismos razonamientos que empleamos para crearlos",
advirtió en su día Albert Einstein. Como señala
Cristopher Flavin, presidente del Worldwatch Institute, "esta
frase debería presidir las aulas de las escuelas de economía,
las salas de consejos de administración de las empresas y
los grandes hemiciclos donde los legisladores del mundo deciden
el curso de las políticas públicas".
Pero
la crisis actual tiene otra lectura positiva, superadora del simple
"ya lo habíamos advertido" o "esto nos conduce
al desastre": podemos y debemos aprovechar la seria advertencia
que supone esta crisis para impulsar un desarrollo auténticamente
sostenible, una Economía Verde, que Ban Ki-Moon, Secretario
General de Naciones Unidas, ha calificado como "La gran máquina
de empleos verdes", con inversiones productivas en, por ejemplo,
nuevas tecnologías de energía renovable y de eficiencia
energética y alimentaria que disminuyan, al propio tiempo,
nuestra huella ecológica: "En un momento en que el desempleo
está creciendo en muchos países, necesitamos nuevos
empleos. En un momento en que la pobreza amenaza con afectar a cientos
de millones de personas, especialmente en las partes menos desarrolladas
del mundo, necesitamos una promesa de prosperidad; esta posibilidad
está al alcance de nuestra mano". Con ese objetivo el
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha
lanzado un plan para reanimar la economía global al mismo
tiempo que, como señala Ban Ki-Moon, "se enfrenta el
desafío definitorio de nuestra época: el cambio climático".
La crisis es vista así como oportunidad para fomentar una
nueva revolución económica e industrial "verde",
que desplace la actual insostenible economía "marrón".
Es lo que el economista experto en Medio Ambiente, Jeremy Rifkin,
ha denominado la Tercera Revolución Industrial que deberá
tener a lugar a nivel planetario, asociada al uso de energías
renovables, eficientes y descentralizadas con emisiones cero.
Se trata, pues, de una oportunidad, una elección histórica
de cambio de modelo a una economía verde frente a la crisis,
para poner fin a un rumbo de fracaso y degradación. Una primera
andadura en el camino de la necesaria r-evolución para la
sostenibilidad que requiere también el replanteamiento de
premisas económicas clave y de prácticas empresariales
que potencien economías que satisfagan las necesidades básicas
de toda la humanidad, al mismo tiempo que protegen el planeta, contribuyendo
a construir un mundo sostenible.
No es tiempo, pues, para pausas y demoras en la construcción
de un futuro sostenible. Por el contrario, la comprensión
de la estrecha ligazón de los problemas a los que la humanidad
ha de hacer frente nos obliga a ver en la sostenibilidad la clave
para hacer frente a una crisis que no es meramente financiera. Y
ello exige una acción social fundamentada, un activismo orientado
por el conocimiento, que los educadores hemos de contribuir a desarrollar.
Ése ha de ser nuestro decidido compromiso.
Educadores por la sostenibilidad
Boletín Nº 32, 15 de enero de 2009
http://www.oei.es/decada/boletin032.htm