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lunes, 26 de noviembre de 2007

La muchachada  sedicentemente antifascista que turba nuestras calles los fines de semana destrozando el mobiliario urbano y acometiendo feroz contra la policía dista de ser  antifascista, como ellos se proclaman: son  una flor purulenta de los turbios jardines del fascismo, que pretende oler a democracia pero  no es sino un esqueje desgajado de los rosales sangrientos de las escuadras fascistas. Porque en la violencia alienta el corazón mismo del fascismo, como presagiaba ya el superhombre nietzscheano. En realidad, integran esta muchachada jóvenes marginales, sin horizontes gratos a la vista, excrecencias residuales de un sistema que los repele. El antifascismo es una metáfora; el plano real es la marginalidad, la reprimida inhibición de los instintos, la sublimación de las fuerzas oscuras que anidan en sus almas náufragas y a la deriva. Pero no las desatendamos, porque  su expansión puede ser peligrosa, sobre insidiosa.

 

MIGUEL GARCÍA-POSADA


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