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miércoles, 29 de noviembre de 2006

Noticia de nuestra peculiar España: “Un colegio público de Zaragoza suprime su festival navideño para no molestar a alumnos de otras religiones”, leemos en el periódico. Una de dos: o el colegio ha utilizado la coartada del "respeto" a las otras religiones para cargarse la celebración de la Navidad, o estamos ante un inquietante síntoma de regresión cultural, que lleva a desconocer elementos esenciales de nuestra tradición cultural. No estamos de acuerdo, vaya por delante, con el espíritu comercialista a ultranza que, a imitación americana, invade las navidades españolas, pero menos de acuerdo estamos con esa corrección política que lleva a considerar agresivos culturalmente un villancico, un Belén, un mazapán, una zambomba, una pandereta.
Si era laico el gesto, habría que haberse dejado de subterfugio y decirlo a las claras, lo cual, aunque un poco puritano, tiene un pase; aunque hubiera sido preferible más gallardía; pero lo de renunciar a nuestro discurso cultural por no molestar a un musulmán o a un budista nos parece, dicho con tosquedad, una bajada de pantalones. Como la que ocurrió hace pocos años cuando un papá musulmán se empeñó en que su hija fuera al colegio con el velo y al final tragamos y la niña fue con el velo, símbolo de la opresión de la mujer en el Islam. O de su situación real. La República francesa, más recientemente, se negó a admitir el velo en las escuelas. Y no se les cayeron los anillos a ninguno de sus dirigentes. Pues aquí no, aquí a pedir perdón a los judíos por la expulsión, a seguir pidiéndoselo a los moriscos por lo mismo, a pedírselo a los reyes de Holanda por las atrocidades de los Tercios, y a los indígenas de América por la conquista, y... a nosotros mismos por existir. MIGUEL GARCÍA-POSADA

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