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martes, 23 de mayo de 2006

Acaba de publicarse un libro de Mario Lacruz ( Barcelona, 1922--2000), escritor excelente que en determinado momento, cuando ya estaba consagrado como escritor de prestigio, decidió no publicar más y dedicarse en público a sus tareas de editor, prestigioso editor, uno de los últimos grandes editores españoles, pero no dejó de escribir. Se convirtió, pues, en un escritor semisecreto o, mejor, discreto, porque todos sabían de su obstinada y hermosa vocación de escritor.
La grandeza de la literatura procede también de estos escritores que rehúsan actuar como tales, pero no renuncian a lo que verdaderamente les importa. Los casos son egregios: san Juan de la Cruz, Emily Dickinson, Hopkins, el conde de Lautréamont, Franz Kafka, Tomasi di Lampedusa, el siciliano Salvatore Satta (autor de la extraordinaria novela “El día del juicio”· Mario Lacruz pertenecía a este linaje de gentes extraordinarias, vinculadas al útero mismo de la creación poética, que encuentran su plenitud no en los éxitos y reconocimientos sino en la escritura misma. MIGUEL GARCÍA-POSADA

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