Dentro de poco va a reiniciarse de nuevo la ronda de los premios literarios. Conviene tener las ideas claras al respecto: los premios no son fuente de justicia poética, sino de reconocimiento social. El premio, los premios, en cualquier materia, son por definición azarosos, con alguna excepción: ¿Einstein? (¿La excepción que confirma la regla?).
Pero Galileo solo recibió la proscripción y el anatema, no tuvo ninguna recompensa --o premio-- de los que la Iglesia adjudicaba entonces, que eran abundantes, aunque su descubrimiento tuvo consecuencias abisales. En el campo de las letras, ni siquiera la Academia Sueca ha sido fuente de justicia poética: ni Galdós, ni Proust, ni Borges, ni Graham Greene, ni Rober Musil, por ejemplo, lo alcanzaron. En cambio, sí lo obtuvieron el engolado Echegaray, el historiador pero no creador Winston Churchill, el payasesco Dario Fo, la falsa china Pearl S. Buck.... Hay que extraer las consecuencias oportunas. De los premios comerciales en España es mejor no hablar: la inmensa mayoría están amañados, manipulados, predeterminados. Los institucionales tampoco están libres de toda sospecha; algún premio Cervantes hay que saca los colores. MIGUEL GARCÍA-POSADA