Es, a la vez, el país más estructurado de Europa --lengua oficial prestigiosa, memoria común, residuales elementos centrífugos, instituciones republicanas consolidadas después de más de dos siglos-- y el más inquieto también. Miremos los últimos treinta y tantos años: un referéndum sobre el Senado desaloja del poder en 1969 al gran estadista galo del siglo, Charles De Gaulle;
la cohabitación, pensada para el gobierno de la derecha, salta por los aires con el triunfo de Mitterrand, personaje no exento de sombras, pero después esa cohabitación se hace realidad; los agricultores bloquean las carreteras de tanto en tanto; la inquina a la política contrarreformista de Jospin pasaporta a esta noble figura y está a punto de dar la presidencia de la República al ultraderechista Le Pen; el malestar social se agudiza pese a las poco ortodoxas medidas del Gobierno: Francia se echa a la calle; Francia, después, vota no en el referéndum sobre la Constitución europea por desafección al gobierno de turno; ahora, los estudiantes ponen patas abajo muchas universidades en protesta contra la reforma laboral del primer ministro Villepin, que fomenta, o eso creen ellos, la inseguridad en el trabajo. Son solo unas cuantas y asistemáticas pinceladas. Mas su significado es claro: se trata, en la francesa, de una ciudadanía inquieta, pero viva, palpitante, aunque contradictoria, que en el fondo es muy consciente de lo que significa ser ciudadano. MIGUEL GARCÍA-POSADA