La figura de Oscar Wilde sigue siendo polémica. Acaba de publicarse una nueva obra sobre su vida, "Oscar Wilde: la verdad sin máscaras", de Joseph Pearce, que "desvela" la conversión al cristianismo del autor de de "El abanico de lady Windermere". Nada nuevo. Con motivo de su centenario (2000) la Iglesia Anglicana le dedicó una vidriera en la Abadía de Wenstminster, una manera de mostrar su reconciliación con el gran pecador y, sobre todo, el sumo perseguido.
Porque ésta, y no otra, fue la clave de la desastrada vida de Wilde en sus últimos años. Tuvo la osadía de enfrentarse a un miembro de la alta aristocracia británica, el marqués de Queensberry, y el injusto sistema social del Reino Unido se derrumbó sobre él y lo aplastó para siempre arrebatándole la totalidad de sus bienes, condenándolo a trabajos forzados y declarándolo "de iure" y "de facto" un proscrito (sus dos hijos se cambiaron los apellidos).En la conducta de Wilde intervino, todo hay que decirlo, su aristocrática altanería irlandesa, que explicaría cómo un hombre tan inteligente se atrevió a desafiar al
stablishment británico. Pero su proceso, a cuyas vistas acudían barcos fletados desde Francia, fue una de las mayores monstruosidades judiciales que nunca se han presenciado. Por esto hay que recordar el final de Wilde, no por su conversión, con ser respetable, ni por sus escándalos sentimentales, que pertenecían a su fuero personal. Fue, es, aquel proceso un baldón que cayó sobre la Justicia británica y que no borra el paso de los años.
MIGUEL GARCÍA-POSADA