Este año que acaba de empezar se cumple el 250 aniversario del nacimiento de Mozart; debería ser el año Mozart por antonomasia. Vivió solo 35 años; dejó una obra inmensa. Nadie tan alado, tan grácil como él, tan profundo, llegado el caso. Mozart -escribió Luis Cernuda-es "el alma misma de la música". Pocos le han dado tanto al hombre, pocos han hecho lo que él por ennoblecer la dignidad de la especie. Creía en la paz y la fraternidad ("La flauta mágica"), creía en la nobleza del destino ("Réquiem"). Los grandes de este mundo no le hicieron en vida demasiado caso, como suele ocurrirles a los genios. Pero la posteridad le ha erigido un podio de oro sólido. Ningún musicólogo lo pone en duda, ninguno cuestiona la "deshelada arquitectura" de su música. Tocó todos los registros: el trágico ("Réquiem"), el dramático ("La flauta mágica"), el gracioso ("Serenata nocturna"), el cómico ("Las bodas de Fígaro"), el patético (Sinfonía 40). Como dice, afortunado, el salmista,"La gracia del Señor se derramó en sus labios".
MIGUEL GARCÍA-POSADA