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miércoles, 07 de diciembre de 2005

 

Uno puede estar o no de acuerdo con él, pero resulta difícil, en un medio tan adocenado como el nuestro, ser insensible a su audacia y rigor intelectual. Se atrevió a escribir un libro sobre Dios y ahora se atreve a hacerlo sobre el cristianismo: "Por qué soy cristiano" (Anagrama), título que revierte el célebre de Bertrand Russell. Lo de menos es que asintamos o disintamos; lo pertinente es la flexibilidad y agilidad de un pensamiento capaz de moverse en los ámbitos más diversos. Lectores de pequeña provincia mental llevan años perdonándole la vida a José Antonio Marina, a quien consideran por debajo de los filósofos "serios" de este país, esos que no dicen nada sobre casi nada porque no tienen nada que decir. Marina cumple con la misión del filósofo: transitar los dominios más arriesgados y menos hollados. Iluminar la realidad sin que nadie tenga por qué sentirse "deslumbrado". No es dogmático Marina.  Ante este último libro suyo uno recuerda, al margen de su acuerdo o desacuerdo, aquello que decía Albert Camus sobre la necesidad de juzgar a las religiones o culturas por sus cimas (san Agustín, Pascal), no por sus fosos. En medio del integrismo que galopa por ciertos círculos, el libro de Marina es una invitación --e incitación-- a pensar, incluso, ¿por qué no? a repensar el mito, los mitos.

 

MIGUEL GARCÍA-POSADA

 


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