España apostó fuerte por albergar la sede de la fuente de
espalación europea. Sin embargo, la candidatura
ESS-Bilbao ha sido
superada en la carrera por los competidores suecos. Gracias al apoyo de Alemania, Francia, Polonia,
Dinamarca, Noruega, Estonia,
Lituania, Italia y Suiza (éstos dos últimos siguiendo a la mayoría),
Suecia
se llevará el pastel de 1300 millones de euros. El gobierno
pretende paliar el duro revés con una sede secundaria del proyecto que
incluirá, entre otras cosas, una fábrica de aceleradores de partículas
para proveer a la sede principal. Si bien dicha instalación será
singular y muy importante, mi lectura personal es algo más pesimista,
porque sea cual sea la solución pactada, la realidad es que hemos
vuelto a quedarnos sin una gran instalación científica.
Según las declaraciones al diario DEIA de Javier Bermejo, investigador del CSIC y miembro de la comisión ejecutiva de la European Spallation Source (ESS),
el fracaso de la candidatura española debe leerse en clave política,
que no científica. Sostiene Bermejo que "yo creo que el trabajo que se
ha hecho en la candidatura vasca es bastante razonable. Lo que pasa es que
la política es un mundo de medias verdades y de falsedades disfrazadas.
Es una diplomacia de brocha gorda. Los problemas políticos y de
terrorismo han influido en la decisión final."
El catedrático de Física
de la UPV, Manuel Tello,
va un paso más allá y atribuye el fracaso a la "incompetencia de la
comisión negociadora". Su dureza puede no ser demasiado justa,
dado que España nunca ha formado parte de la primera división
científica Europea y carece por tanto del peso específico necesario
para jugar en las grandes ligas. Sin embargo, suscribo la idea
subyacente de que para ascender a primera división es necesario hacer
esfuerzos muy superiores a los necesarios para garantizar la
permanencia. El pobre debe ser más listo que el rico y doblar
el esfuerzo para lograr igual rentabilidad en sus inversiones.
La
realidad es que España ha vuelto a perder otra gran oportunidad de
albergar un gran laboratorio de investigación internacional, y me
gustaría transmitir a nuestros lectores cuán
fundamental es este hecho. Llevamos años oyendo lo trascendental que es
la I+D y lo necesario que es cambiar de modelo de producción. Pues
bien, dichos cambios no surgen de planes magistrales o de ideas
felices. De las chisteras
de los magos solo salen conejos que ya estaban dentro. La historia
tecnológica de un país se reescribe gracias una inversión en I+D
sostenida y a macroproyectos como el de la ESS (European Spallation Source), que actúan de detonantes en momentos puntuales.
Mis palabras son tanto más sentidas, si cabe, porque las escribo desde el laboratorio europeo de física nuclear y de partículas CERN,
sito en Ginebra. Cualquier científico español que haya trabajado o
trabaje aquí es consciente de los inmensos beneficios que una
instalación así genera. Contrariamente a lo que pueda parecer, los
mayores beneficios no acaban siendo para la comunidad científica, que
representa una pequeña fracción de la masa social, sino para la
población local del país de acogida. La construcción del CERN y sus grandes aceleradores, el Proton Synchrotron, el Super Proton Synchrotron, el LEP y ahora el LHC han traído aún más prosperidad a Francia y a Suiza. El CERN
es una gran instalación que ha atraído a los mejores especialistas del
mundo en áreas tan dispares como la microelectrónica, la criogenia,
la tecnología de aceleradores, la informática y la instrumentación
nuclear. Miles de científicos, técnicos y administrativos dejan sus
elevados salarios (dato: un estudiante de doctorado pagado por el CERN cobra 2700 euros al mes, mientras en España apenas pasa de los 1000) en la región y actúan como impulsores de la actividad económica local. Más aún, el CERN
ha atraído a importantes empresas tecnológicas punteras. En primera
instancia, para abastecerse de sus productos, pero también como gestoras de los retornos a la sociedad:
desarrollos tecnológicos y especialistas con altos niveles de
formación. Podría seguir durante páginas y páginas escribiendo las
bondades de una gran instalación científica, pero el argumento se
resume en una frase rotunda y contundente: la riqueza asociada al
conocimiento genera aún más riqueza.
Ya es tarde para la ESS-Bilbao,
pero no así para otros proyectos que están por venir. Debemos reponermos pronto del fracaso, porque cuando finalmente logremos materializar una gran
instalación en territorio español, el "convencimiento" sobre la
utilidad de la ciencia se transformará en un más pragmático y positivo
"conocimiento". En Alemania, Reino Unido, Italia, Francia, Suiza, Suecia, Bélgica y otros grandes países europeos, los ciudadanos ya conocen cuantos millones de euros de beneficio trae una gran instalación científica. Ojalá que algún día pueda ver como mis conciudadanos hacen lo propio.
Daniel Cano Ott