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miércoles, 03 de junio de 2009

España apostó fuerte por albergar la sede de la fuente de espalación europea. Sin embargo, la candidatura ESS-Bilbao ha sido superada en la carrera por los competidores suecos. Gracias al apoyo de Alemania, Francia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Estonia, Lituania, Italia y Suiza (éstos dos últimos siguiendo a la mayoría), Suecia se llevará el pastel de 1300 millones de euros. El gobierno pretende paliar el duro revés con una sede secundaria del proyecto que incluirá, entre otras cosas, una fábrica de aceleradores de partículas para proveer a la sede principal. Si bien dicha instalación será singular y muy importante, mi lectura personal es algo más pesimista, porque sea cual sea la solución pactada, la realidad es que hemos vuelto a quedarnos sin una gran instalación científica.

Según las declaraciones al diario DEIA de Javier Bermejo, investigador del CSIC y miembro de la comisión ejecutiva de la European Spallation Source (ESS), el fracaso de la candidatura española debe leerse en clave política, que no científica. Sostiene Bermejo que "yo creo que el trabajo que se ha hecho en la candidatura vasca es bastante razonable. Lo que pasa es que la política es un mundo de medias verdades y de falsedades disfrazadas. Es una diplomacia de brocha gorda. Los problemas políticos y de terrorismo han influido en la decisión final."
El catedrático de Física de la UPV, Manuel Tello, va un paso más allá y atribuye el fracaso a la "incompetencia de la comisión negociadora". Su dureza puede no ser demasiado justa, dado que España nunca ha formado parte de la primera división científica Europea y carece por tanto del peso específico necesario para jugar en las grandes ligas. Sin embargo, suscribo la idea subyacente de que para ascender a primera división es necesario hacer esfuerzos muy superiores a los necesarios para garantizar la permanencia. El pobre debe ser más listo que el rico y doblar el esfuerzo para lograr igual rentabilidad en sus inversiones.

La realidad es que España ha vuelto a perder otra gran oportunidad de albergar un gran laboratorio de investigación internacional, y me gustaría transmitir a nuestros lectores cuán fundamental es este hecho. Llevamos años oyendo lo trascendental que es la I+D y lo necesario que es cambiar de modelo de producción. Pues bien, dichos cambios no surgen de planes magistrales o de ideas felices. De las chisteras de los magos solo salen conejos que ya estaban dentro. La historia tecnológica de un país se reescribe gracias una inversión en I+D sostenida y a macroproyectos como el de la ESS (European Spallation Source), que actúan de detonantes en momentos puntuales.

Mis palabras son tanto más sentidas, si cabe, porque las escribo desde el laboratorio europeo de física nuclear y de partículas CERN, sito en Ginebra. Cualquier científico español que haya trabajado o trabaje aquí es consciente de los inmensos beneficios que una instalación así genera. Contrariamente a lo que pueda parecer, los mayores beneficios no acaban siendo para la comunidad científica, que representa una pequeña fracción de la masa social, sino para la población local del país de acogida. La construcción del CERN y sus grandes aceleradores, el Proton Synchrotron, el Super Proton Synchrotron, el LEP y ahora el LHC han traído aún más prosperidad a Francia y a Suiza. El CERN es una gran instalación que ha atraído a los mejores especialistas del mundo en áreas tan dispares como la microelectrónica, la criogenia, la tecnología de aceleradores, la informática y la instrumentación nuclear. Miles de científicos, técnicos y administrativos dejan sus elevados salarios (dato: un estudiante de doctorado pagado por el CERN cobra 2700 euros al mes, mientras en España apenas pasa de los 1000) en la región y actúan como impulsores de la actividad económica local. Más aún, el CERN ha atraído a importantes empresas tecnológicas punteras. En primera instancia, para abastecerse de sus productos, pero también como gestoras de los retornos a la sociedad: desarrollos tecnológicos y especialistas con altos niveles de formación. Podría seguir durante páginas y páginas escribiendo las bondades de una gran instalación científica, pero el argumento se resume en una frase rotunda y contundente: la riqueza asociada al conocimiento genera aún más riqueza.

Ya es tarde para la ESS-Bilbao, pero no así para otros proyectos que están por venir. Debemos reponermos pronto del fracaso, porque cuando finalmente logremos materializar una gran instalación en territorio español, el "convencimiento" sobre la utilidad de la ciencia se transformará en un más pragmático y positivo "conocimiento". En Alemania, Reino Unido, Italia, Francia, Suiza, Suecia, Bélgica y otros grandes países europeos, los ciudadanos ya conocen cuantos millones de euros de beneficio trae una gran instalación científica. Ojalá que algún día pueda ver como mis conciudadanos hacen lo propio.

Daniel Cano Ott

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