Francisco Ynduráin, uno de los físicos de partículas españoles de mayor renombre y proyección internacional, falleció el 6 de Junio de 2008 a los 67 años de edad. Los que estén interesados en su biografía pueden leer el
obituario publicado por el diario El País (7/6/2008).
Yo me quedo con una anécdota de la primera vez que lo conocí en persona, en Septiembre de 1994. Por aquél entonces, (yo) era un recién licenciado que todavía no tenía claro qué línea de investigación seguir. Decidí apuntarme a la escuela de otoño de la Universidad de Santiago de Compostela sobre "QCD y Lagrangianos efectivos" y averiguar, de primera mano, qué es lo que ofrecía la fenomenología de las interacciones fuertes. Uno de mis mejores amigos ya llevaba algún tiempo dedicándose a ella y me hablaba maravillas, con lo que la cosa pintaba bien...
El Prof. Francisco José Ynduráin era responsable del curso de
QCD (Cromodinámica cuántica o la teoría de las interacciones fuertes). Llegó un día tarde, por culpa de una huelga de transportes, con lo que la expectación sobre su persona fue aún mayor. Entre los estudiantes corrían los típicos comentarios de pasillo sobre su sapiencia y dureza a la hora de corregir. Pero cuando finalmente entró en clase, los que no lo conocíamos con anterioridad nos quedamos sorprendidos ante su porte y altura: altaneramente quijotesco, que diría alguno... Las clases fueron de una claridad y profundidad inesperadas, y en seguida nos dimos cuenta de que aquél que hablaba, además sabía.
Y hé aquí la anécdota. Para mejor aprovechamiento del curso, nos dedicó una andanada de ejercicios, a cada cuál más complicado, que debíamos resolver antes de la jornada siguiente. Supo cómo motivarnos para trabajar en equipo (los problemas eran verdaderamente infumables) y en seguida nos organizamos en grupos de trabajo alrededor de las mesas de la residencia "Monte de la Condesa". Uno a uno, los ejercicios fueron cayendo, hasta llegar al número cinco, que se resistía incluso a los intelectos más brillantes (entre los cuales no me incluyo). No había manera con ése.
Serían la una o las dos de la madrugada cuando oímos el ruido del ascensor. La puerta se abrió y el pasillo quedó iluminado por una luz recortada por una sombra. Era Ynduráin, que regresaba de su salida por Santiago. Al vernos allí, callados y con la mirada fija, su rostro migró del cansancio a la curiosidad y se acercó a nuestro improvisado puesto de trabajo, formado por una mesa baja y varios sillones públicos. Nos preguntó que qué haciamos y orgullosos le contentestamos a la Fuenteovejuna: "sus problemas". Habíamos resuelto todos menos uno, aclamamos triunfalmente...
Su siguiente pregunta, obviamente, fue sobre el acertijo numantino. Ni se acordaba de cuáles nos había puesto, por lo que el portavoz del grupo releyó el enunciado del número cinco, que para entonces todos sabíamos ya de memoria. ¡Ah, ése! ¡Pero hombre, si es muy fácil. Os lo he puesto para que os deis cuenta de que no tiene solución!
No duró ni un minuto más. Se despidió con una sonrisa y partió hacia su habitación, no sin antes desearnos las buenas noches con algo de sorna. No tardamos mucho en seguir su ejemplo...
Daniel Cano Ott