Daniel Cano Ott
Francia y el Reino Unido
van a firmar un acuerdo para construir una nueva generación de centrales nucleares y exportar energía y tecnología. El pacto levantará polémica entre los sectores contrarios británicos, pues ratificará el posicionamiento del Reino Unido a favor de la energía nuclear y definirá una estrategia activa para situarlo en primera línea del mercado internacional.

Central nuclear de Belleville sur Loire, Francia. Foto: Herve Lenain/Corbis
Dice un refrán en castellano que "cuando las barbas de tu vecino ves pelar, pon las tuyas a remojar", y ese momento parece estar cada vez más cerca en el caso español. Porque si bien existe un consenso unánime a nivel nacional e internacional sobre la necesidad de potenciar y desarrollar al máximo las energías renovables, parece haber también un acuerdo tácito sobre la necesidad de utilizar otras fuentes primaras con bajos costes de producción y tasas de emisiones (de CO
2). Y entre las escasas alternativas posibles, la energía nuclear se posiciona en primer lugar.
Por el momento, España continúa manteniéndose a la expectativa. La estrategia a corto plazo adoptada por el gobierno parece ir más en la línea de retrasar la decisión sobre la construcción de nuevas centrales y potenciar las importaciones desde Francia. Así lo apuntan la más que probable negativa política a extender la vida de la central nuclear de Garoña y la inminente
adquisición de un porcentaje de Iberdrola por parte de EDF, aparentemente autorizada desde las más altas esferas a cambio de reforzar las líneas eléctricas desde Francia y de lograr una cierta participación de las empresas españolas en las centrales nucleares francesas.
Existen datos para argumentar que los gobiernos se muestran reacios a dar el paso por temor a una reacción negativa de la opinión pública. Sin embargo, algo se está moviendo al respecto. En España, recientes encuestas realizadas a través de las páginas web de los diarios El Mundo y El País (sobre unas muestras de 5000 y 10000 personas, respectivamente) han dado resultados abrumadoramente a favor de la energía nuclear: un 80% en el primer caso y del orden de un 65% en el segundo. Aunque dichas encuestas carecen de rigor estadístico, sí son indicativas de algunos cambios sociales. Hace pocos años, tales resultados hubiesen sido impensables. Con mucho más rigor, el
Eurobarómetro sobre las tecnologías energéticas publicado recientemente
pone de manifiesto que la fracción de europeos que están a favor de la energía nuclear (20%) y se mantienen una posición equilibrada al respecto (36%) supera a la de ciudadanos en contra (37%). Incluso en España, el 14% a favor y el 35% equilibrado, a añadir a la notable fracción del 15% de indecisos, está por encima del 37% de ciudadanos que se definen en contra. El gran mito sobre una opinión pública contraria a la energía nuclear se está desmoronando.
Lo que sí resulta evidente es que el debate nuclear ya ha comenzado, e incluso concluído, en muchos países desarrollados. El barril de petróleo ha superado la barrera de los cien dólares y las economías europeas han amortiguado el latigazo que ello implica gracias a la "temporal" fortaleza del euro frente al dólar. Sin embargo, la incipiente crisis económica en EEUU es un buen ejemplo del que extraer conclusiones. Entre las primeras, la de desarrollar un plan energético realista, pragmático y "beneficioso para la ciudadanía" que permita afrontar los retos futuros: garantizar el suministro a bajo coste y reducir las tasas de emisiones. Y a éste respecto, es razonable y legítimo preguntarse si la
venta de nuestro patrimonio energético a gobiernos extranjeros y el aumento de la dependencia de importaciones del exterior son las medidas que ofrecen las mejores garantías. Francia y el Reino Unido han apostado por una estrategia alternativa, más agresiva y con aspiraciones de liderazgo.