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martes, 26 de febrero de 2008

Daniel Cano Ott

Ésto es lo que deben decir o pensar muchos jóvenes cuando se plantean qué carrera estudiar. El diario El País publica hoy un excelente artículo en el que se advierte del constante descenso de alumnos que padecen las carreras de ciencias, con excepción de las relacionadas con la salud.

El problema es grave. A pesar de que el número de universitarios se ha estabilizado, cada año hay un 5% menos de estudiantes en las carreras científicas y tecnológicas. El fenómeno no es nuevo y también afecta a otros países desarrollados, pero en España todavía no ha tocado fondo y puede afectar gravemente nuestro desarrollo económico. Según indica el artículo, dentro de cuatro años harán falta 50000 científicos y el sistema no parece capaz de producirlos. Por el contrario, corremos el riesgo de tener que cerrar facultades de ciencias por falta de demanda.

Las causas de la escasez de vocaciones pueden ser varias. El artículo apunta a:
  • El aumento de la oferta de carreras universitarias.
  • La preferencia por modelos de éxito personal con rentabilidad a corto plazo.
  • La desaparición de la cultura del esfuerzo.
  • La antigüedad de los planes de estudio.
  • La ausencia de una carrera investigadora.
  • El escaso interés por la industria en los doctores.
  • La menor influencia paternal en la elección de los hijos.
A estos datos les añadiría otros que se fundamentan en mi propia experiencia personal. La sociedad española no reconoce, ni de lejos, el valor de una titulación superior como la del título de doctor. Mientras que en otros países como Alemania, Hungría, Suiza o EEUU la fórmula de trato social incluye la titulación de la persona, "Buenos días, Dr. Fulánez", en España todavía se piensa que un doctor es un médico y no una titulación superior a la de licenciado, obtenida tras cuatro años de actividad investigadora. Cada vez que voy al médico me hace gracia el trato formal que le doy, "muchas gracias, doctor", "por supuesto, doctor", cuando probablemente carezca de tal grado.

La explicación más sencilla que se me ocurre es que la ciudadanía sí respeta a los médicos, es consciente de su importancia para el sistema y reconoce los notables esfuerzos que deben realizar los estudiantes de medicina para ejercer su profesión. El resto de los científicos, por el contrario, permancemos todavía cerca del tópico: individuos encerrados en su laboratorio y que realizan investigaciones en exceso complicadas y de escasa utilidad práctica. No se pueden imaginar qué cara ponen los que me preguntan qué profesión ejerzo y reciben la contestación de "soy físico nuclear". Ni que se hubieran topado con un alienígena. En Francia, por el contrario, la cuestión no deja de ser una anécdota y en muchas ocasiones hasta me contestan "mira, como mi primo/a, mi hermano/a o mi sobrino/a".

Estoy seguro de que los especialistas en temas educativos habrán desarrollado planes para mitigar o resolver el problema. Me declaro un profano en la materia, pero sí me atrevo a hacer una propuesta clara y concisa. Además de otras medidas, es esencial incrementar la presencia de la ciencia y sus valores en nuestra sociedad. Necesitamos más científicos y también más ciudadanos que adopten algunas actitudes características del pensamiento científico: el juicio racional, el espíritu crítico y el escepticismo ante afirmaciones infundadas. Y para ello, los científicos debemos asumir que nuestro trabajo conlleva el esfuerzo adicional de compartir los fabulosos misterios a los que nos enfrentamos en nuestras vidas profesionales y el impacto social que tiene nuestra actividad. Unos lo llamarán marketing, otros preferimos un término más honorable y desinteresado: divulgación.



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