Daniel Cano Ott
Acabo de leer el
artículo del Sr. Ruíz de Elvira
sobre las nucleares, otro de tantos, y me ha provocado dos reacciones diferenciadas: una sonrisa ante la ingenuidad de sus argumentos y un
cierto sonrojo por la omisión de datos de bulto. Me percato de la utilidad
social que tienen los discursos simplistas y emocionales: apelar a las vísceras es una buena
estratagema dialéctica que se conoce como la "
falacia del uso indebido de términos emocionales".
Sin embargo,
se quedan en eso, en
pulsiones
estomacales de escasa utilidad práctica. Porque para formular una propuesta de futuro
que aspire al éxito se debe tener en cuenta aspectos técnicos,
sociales y económicos bastante más complejos.
El
Sr.
Ruíz de
Elvira prescinde de un dato
esencial en su argumentación: los que nos venden la electricidad
nuclear son los mismos que los que nos venden la electricidad
renovable, las compañías eléctricas. Todos hemos oído hablar
recientemente de la galardonada
Iberdrola renovables, ¿verdad?. Pues Iberdrola, la joya de la corona
deseada por EDF y ACS, también opera algunas centrales nucleares. Cualquiera que sepa un mínimo sobre el mercado
energético y no quiera falsear los datos, dirá que
el verdadero negocio actual está en las renovables, gracias a las
elevadas
subvenciones involucradas en su desarrollo. Así funciona el mercado:
cuando un gobierno pretende fomentar una tecnología cara y en vías de
desarrollo, incentiva a las empresas para que la implanten a escala industrial. Porque
éstas, si no ganan dinero, no mueven ni un dedo. Y hoy, a
21 de febrero de 2008, pagamos de 3 a 10 veces más por kilovatio
renovable (eólico o solar) que
por kilovatio nuclear.
El mundo autosuficiente que propone
el Sr. Ruíz de Elvira no es viable a
corto plazo e implicaría unos cambios sociales muy profundos y tal vez no deseables. En cierto sentido, el razonamiento me recuerda al del chiste sobre un físico que plantea "un planeta tierra puntual y sin
masa" para realizar su análisis. Seguro que el ejercicio intelectual subsiguiente es apasionante y pontecialmente valioso,
pero a partir de semajentes condiciones iniciales puede demostrarse cualquier cosa.
Siendo más realistas, es cierto que si uno vive en un chalet, puede plantearse algo
similar a la autosuficiencia. Pero cuesta mucho dinero y tiempo, y dudo que
el españolito de a pie, agobiado con llegar a final de mes, quiera
invertir todo su salario en pagar placas fotovoltaicas, molinos de
viento, acumuladores y quién sabe qué otros artilugios.
Por el contrario, la mayoría vivimos en ciudades, metidos en pisos, y
no disponemos de un espacio lo suficientemente amplio en la terraza
para instalar un parque eólico o una planta solar térmica. Qué más quisieramos, ¿verdad? Por lo
tanto, nos vemos abocados a pagar una cantidad
"razonable" de dinero a una empresa para que nos suministre electricidad y nos
permita enchufar el ordenador, la tele, la nevera, la vitrocerámica y
algún aparato más. Podemos debatir si queremos que la empresa sea
pública o privada, pero no de la necesidad de una gigantesca
instalación eólica y/o solar para abastecer a una ciudad como Barcelona. Regresamos pues al modelo de producción a gran escala, y seguro que alguien más que nosotros mismos acabará beneficiándose económicamente de ello.
¿Quiere decir eso que hay que acabar con las
renovables? En absoluto. Deben desarrollarse y potenciarse para mejorar
su rentabilidad económica. Pero eso llevará mucho tiempo, dinero y
esfuerzo. Implantar masivamente una tecnología no es lo mismo que
utilizarla a pequeña escala. Aparecen los problemas de gestión de
residuos (miles de molinos que deberán ser reemplazados cada 10 años,
los elementos tóxicos en la fabricación de células fotovoltaicas, el
mercurio o algo similar para fabricar los espejos de las solares térmicas), de distribución e
interconexión, de mantenimiento. Hace falta algo más que un curso
acelerado de bricolaje para transformar un sistema de producción
eléctrica.
A la hora de elaborar un
mix
energético razonable se impone algo de pragmatismo. De una parte, tener en cuenta que vivimos en una economía de mercado y que pagamos a las empresas para que nos suministren productos o nos presten servicios. De otra, percatarse de que disponer de una energía barata es una cuestión prioritaria.
La energía es un producto de primera necesidad, y la subida de los precios
de los hidrocarburos (el petróleo ya ha pasado de los 100 dólares el
barril), el elevado coste actual de las renovables y las restricciones impuestas a las
tasas de emisiones, no dejan demasiadas opciones. Hoy por hoy, Sr. Ruíz
de Elvira, las nucleares son necesarias: nos aportan estabilidad y competitividad
económica, garantía de suministro, un mecanismo para reducir las
emisiones de CO2 (España deberá pagar 3000 millones de euros al año en concepto de derechos de emisión) y una electricidad barata. ¡Casi nada!