LoginRSS 2.0 Feed

jueves, 21 de febrero de 2008

Daniel Cano Ott

Acabo de leer el artículo del Sr. Ruíz de Elvira sobre las nucleares, otro de tantos, y me ha provocado dos reacciones diferenciadas: una sonrisa ante la ingenuidad de sus argumentos y un cierto sonrojo por la omisión de datos de bulto. Me percato de la utilidad social que tienen los discursos simplistas y emocionales: apelar a las vísceras es una buena estratagema dialéctica que se conoce como la "falacia del uso indebido de términos emocionales". Sin embargo, se quedan en eso, en pulsiones estomacales de escasa utilidad práctica. Porque para formular una propuesta de futuro que aspire al éxito se debe tener en cuenta aspectos técnicos, sociales y económicos bastante más complejos.

El Sr. Ruíz de Elvira prescinde de un dato esencial en su argumentación: los que nos venden la electricidad nuclear son los mismos que los que nos venden la electricidad renovable, las compañías eléctricas. Todos hemos oído hablar recientemente de la galardonada Iberdrola renovables, ¿verdad?. Pues Iberdrola, la joya de la corona deseada por EDF y ACS, también opera algunas centrales nucleares. Cualquiera que sepa un mínimo sobre el mercado energético y no quiera falsear los datos, dirá que el verdadero negocio actual está en las renovables, gracias a las elevadas subvenciones involucradas en su desarrollo. Así funciona el mercado: cuando un gobierno pretende fomentar una tecnología cara y en vías de desarrollo, incentiva a las empresas para que la implanten a escala industrial. Porque éstas, si no ganan dinero, no mueven ni un dedo. Y hoy, a 21 de febrero de 2008, pagamos de 3 a 10 veces más por kilovatio renovable (eólico o solar) que por kilovatio nuclear.

El mundo autosuficiente que propone el Sr. Ruíz de Elvira no es viable a corto plazo e implicaría unos cambios sociales muy profundos y tal vez no deseables. En cierto sentido, el razonamiento me recuerda al del chiste sobre un físico que plantea "un planeta tierra puntual y sin masa" para realizar su análisis. Seguro que el ejercicio intelectual subsiguiente es apasionante y pontecialmente valioso, pero a partir de semajentes condiciones iniciales puede demostrarse cualquier cosa.

Siendo más realistas, es cierto que si uno vive en un chalet, puede plantearse algo similar a la autosuficiencia. Pero cuesta mucho dinero y tiempo, y dudo que el españolito de a pie, agobiado con llegar a final de mes, quiera invertir todo su salario en pagar placas fotovoltaicas, molinos de viento, acumuladores y quién sabe qué otros artilugios.

Por el contrario, la mayoría vivimos en ciudades, metidos en pisos, y no disponemos de un espacio lo suficientemente amplio en la terraza para instalar un parque eólico o una planta solar térmica. Qué más quisieramos, ¿verdad? Por lo tanto, nos vemos abocados a pagar una cantidad "razonable" de dinero a una empresa para que nos suministre electricidad y nos permita enchufar el ordenador, la tele, la nevera, la vitrocerámica y algún aparato más. Podemos debatir si queremos que la empresa sea pública o privada, pero no de la necesidad de una gigantesca instalación eólica y/o solar para abastecer a una ciudad como Barcelona. Regresamos pues al modelo de producción a gran escala, y seguro que alguien más que nosotros mismos acabará beneficiándose económicamente de ello.

¿Quiere decir eso que hay que acabar con las renovables? En absoluto. Deben desarrollarse y potenciarse para mejorar su rentabilidad económica. Pero eso llevará mucho tiempo, dinero y esfuerzo. Implantar masivamente una tecnología no es lo mismo que utilizarla a pequeña escala. Aparecen los problemas de gestión de residuos (miles de molinos que deberán ser reemplazados cada 10 años, los elementos tóxicos en la fabricación de células fotovoltaicas, el mercurio o algo similar para fabricar los espejos de las solares térmicas), de distribución e interconexión, de mantenimiento. Hace falta algo más que un curso acelerado de bricolaje para transformar un sistema de producción eléctrica.

A la hora de elaborar un mix energético razonable se impone algo de pragmatismo. De una parte, tener en cuenta que vivimos en una economía de mercado y que pagamos a las empresas para que nos suministren productos o nos presten servicios. De otra, percatarse de que disponer de una energía barata es una cuestión prioritaria.

La energía es un producto de primera necesidad, y la subida de los precios de los hidrocarburos (el petróleo ya ha pasado de los 100 dólares el barril), el elevado coste actual de las renovables y las restricciones impuestas a las tasas de emisiones, no dejan demasiadas opciones. Hoy por hoy, Sr. Ruíz de Elvira, las nucleares son necesarias: nos aportan estabilidad y competitividad económica, garantía de suministro, un mecanismo para reducir las emisiones de CO2 (España deberá pagar 3000 millones de euros al año en concepto de derechos de emisión) y una electricidad barata. ¡Casi nada!

3:46 | gestionado por Daniel Cano, Manuel Fernández y José Luis Pérez | Enviar comentario (3)