Daniel Cano Ott
La
compra de Iberdrola por
EDF a través de
ACS va más allá de la política y la
economía. Es una cuestión de soberanía nacional, de libertades y de democracia.
No creo que nadie se atreva a rebatir que el sector energético es uno
de los pilares fundamentales que sostienen el desarrollo de un país. Más aún, que el
kilovatio*hora se ha convertido en un producto de primera necesidad
en las sociedades desarrolladas. Por ello, es responsabilidad de los
gobiernos (de cualquier color e ideología) garantizar un suministro
energético en las mejores condiciones posibles para el ciudadano.
Los
gobiernos de Alemania, Francia e Italia, los motores de Europa, han
optado por el control directo de la producción energética. Sus
principales compañías eléctricas son de capital estatal y están
blindadas por ley contra injerencias extranjeras. En España, por el
contrario, el sector eléctrico está liberalizado y cualquiera puede
hacerse con un buen trozo del pastel eléctrico; basta con tener algunos
miles de millones de euros. Hemos vivido un ejemplo reciente hace un
año: las estatales
E.ON (alemana) y
ENEL (italiana) pugnaron por un
pedazo de
ENDESA, y finalmente fue ENEL la que salió victoriosa. Y en
estos momentos asistimos a otro embate, tal vez de mayor relevancia: el
gigante estatal francés EDF quiere hacerse con un buen trozo de
Iberdrola, la mayor eléctrica española.
La pregunta es bien
sencilla de formular: ¿queremos ceder nuestra soberanía energética? Una
respuesta afirmativa no sería demasiado grave si el gobierno español
pudiese
tener participaciones en
EDF o ENEL, pero tal reciprocidad no está
permitida. EDF, ENEL (y E.ON) son públicas y no parece que vayan dejar
de serlo (por el momento). Semejante falta de homogeneidad en las leyes
que rigen los diferentes mercados nacionales europeos resulta
preocupante, porque puede dar lugar a importantes desequilibrios. Por
ejemplo, que la política energética española se decida en los
parlamentos francés e italiano, sobre los cuales los ciudadanos
españoles no tenemos ninguna capacidad de control. Muchos países
latinoamericanos ya han experimentado problemas similares por la
acción de las multinacionales (algunas de ellas españolas) y
tomado medidas de control.
El
tema es delicado y puede ser abordado desde varias perspectivas, pero no
por ello debe ser relegado a un segundo plano. Nuestro futuro como
ciudadanos españoles y europeos se está decidiendo silenciosamente a
través de importantes operaciones comerciales y tenemos el derecho a
ser debidamente informados de sus consecuencias. La cesión de parte de la soberanía nacional en favor del
proceso de integración europeo es razonable, siempre y cuando ésta se realice de
forma coordinada y consensuada entre todas las naciones, a través del
coloquialmente llamado "intercambio de cromos. Pero si la alternativa
es una suave y dulce forma de colonialismo, tal vez fuese más prudente
explotar el enorme potencial económico e industrial que tiene España y
prolongar un poco más nuestra singladura energética en solitario.
Iberdrola es una empresa que acaba de anunciar beneficios por valor de
2000 millones de euros y que paga sus impuestos en España. ¿Qué ganamos
los ciudadanos con la cesión de una parte de los beneficios al gobierno francés? ¿Y qué
perdemos?