La manera de manifestar unas ideas es tan importante como el mensaje
que se transmite, pues de hacerlo inadecuadamante, no sólo se pervierte
el mensaje sino también la vía de comunicación. Un grupo con el peso
específico de
Greenpeace debería tener un cuidado exquisito con las
formas en que transmite sus ideas, pues en caso de quedar
desautorizado, podría acabar arrastrando en su caída al movimiento
ecologista en su conjunto. Por eso es necesario que
el debate sobre el futuro del planeta se haga con rigor, con datos y
con argumentos. Nos jugamos la credibilidad a una sola carta.
Una
entrevista realizada por el ecoperiódico a Carlos Bravo,
responsable energético de Greenpeace, es un claro ejemplo de la
utilización de la amenaza y el miedo para lograr imponer el pensamiento
único. La bitácora Indarki realizaba esta semana un
interesante análisis de la entrevista con el señor Bravo para concluir que "
puede que [la nuclear] sea una tecnología que no tenga solucionado al 100% sus tres grandes problemas [proliferación, residuos y riesgo]
y que por ello, sea aventurado esgrimirla como LA gran solución
energética, pero de ahí a repudiarla porque no cumple unos cánones que
muy pocas tecnologías estarían en condiciones de cumplirlos, me parece
injusto. Algo así como 'racismo tecnológico'."
El debate nuclear está plagado de postulados y dogmas de fe:
es mala, es sucia, mata, las centrales explotan como bombas...
La propaganda cumple su objetivo; y en vez de plantear ciertas
cuestiones con rigor y hacer uso de los informes emitidos por los
expertos (incluyendo algunos de los que solicita la propia Greenpeace),
tenemos que asistir a lecturas de cartillas bien aprendidas, tergiversaciones, reformulaciones e incluso falsedades deliberadas.
El señor Bravo afirma que el
IPCC (panel intergubernamental para el cambio
climático) "no recomienda la energía energía nuclear para reducir las
emisiones de CO
2". Pues bien, he aquí el texto del informe: "
Given
costs relative to other supply options, nuclear power, which accounted
for 16% of the electricity supply in 2005, can have an 18% share of the
total electricity supply in 2030 at carbon prices up to 50 US$/tCO2-eq
(tonnes of carbon dioxide equivalents), but safety, weapons
proliferation and waste remain as constraints."
Y he aquí su traducción al castellano (me hago responsable de las posibles incorrecciones):
"dados los costes para facilitar alternativas, la energía nuclear, que
produjo el 16% del suministro eléctrico en 2005, puede llegar al 18%
del suministro eléctrico total en el 2030 con los precios del carbon a
50 $/tCO2-eq (equivalente en toneladas de CO2), aunque la seguridad,
proliferación y los residuos persisten como limitaciones."
En resumen, que a pesar de los problemas ya conocidos por todos y que
nadie niega, el IPCC ha definido por primera vez la energía nuclear
como un medio útil para limitar las emisiones de CO2 a un coste
competitivo. Una afirmación en positivo y muy distinta de la difundida por Greenpeace.
Greenpeace encargó recientemente un informe económico sobre los costes
de la energía nuclear a un comité de expertos próximos a su entorno.
Obviamente, quien paga puede escoger al consultor, no es nada ilegal.
Sin embargo, lo sorprendente es que el informe desmiente muchos de los
mitos defendidos por Greenpeace, contrariamente a lo que anunció la
asociación en un
comunicado de prensa sobre su publicación. Pueden leer una muy ilustrativa círitica
en inglés del
Nuclear Energy Institute o una versión de la misma
escrita
en castellano por Manuel Fernández-Ordoñez. La conclusión del
informe no puede ser más meridiana: la energía nuclear es
económicamente competitiva. Y ese es un punto central para los países
en vías de desarrollo. Necesitan fuentes de energía competitivas para poder
llegar a unos estándares aceptables de vida, y desde los países
"desarrollados" les exigimos además que no emitan CO
2.
Otro
dislate: Greenpeace quiere que los residuos radioactivos de las
centrales se queden en las piscinas de las mismas y se opone un ATC
(
almacén temporal centralizado) especialmente diseñado a tal efecto.
¿Es que no son conscientes de que aún abandonando hoy mismo la energía
nuclear, los residuos ya están allí? ¿Acaso no es más razonable
almacenarlos en un lugar diseñado óptimamente? Todo esto suena más a la negación por la negación que a una verdadera búsqueda de soluciones
tecnológicamente viables.
Greenpeace se ha convertido en
una asociación que niega la competencia de cualquier experto en energía
nuclear en el debate nuclear, dado que ellos ya son expertos y sólo
Greenpeace esta calificada para discutir sobre energía nuclear de forma
desinteresada. Y el mismo criterio se impone a sus
ex-correligionarios y
otros ecologistas partidarios de la energía nuclear como
James Lovelock. ¡Amén! Eso se llama... no, no utilizaré esa
palabra, pero ustedes mismos pueden buscar un
calificativo para la manera totalitaria de imponer un criterio.
Cuando era niño crecí con la imagen de los guerreros del arco iris
salvando a las ballenas: unos individuos jugándose la vida en sus
fuerabordas para defender a los hermosos e indefensos cetáceos. Es una
visión que no se me ha borrado de la cabeza y que les agradezco
profundamente. Pero en cómo resolver el gran problema que se le plantea
a la humanidad en estos momentos, el de un futuro sostenible, creo que
Greenpeace se equivoca profundamente. Coincido en muchos de sus
postulados como la diversificación, el ahorro energético, la
potenciación de las energías renovables allá dónde sea posible y
rentable. Incluso revindico su papel en el debate: son necesarios como
mecanismo de control.
Pero
no defiendo sus maneras totalitarias. El pensamiento único, la imposición de
criterios y la ausencia de un debate no son el camino para difundir las
convicciones. Al contrario, tales actitudes acaban por crear un mundo
aún peor que el que se intenta combatir. Lo peor que puede ocurrir en
estos momentos tan críticos es que por culpa de su actitud, Greenpeace
dilapide su valioso legado histórico, su credibilidad, su prestigio y
el respeto que muchos les tenemos (aunque no a todos sus portavoces).
Un mundo sin Greenpeace sería menos verde, pero otro regido por un pensamiento único ya lo hemos conocido en España
no hace mucho tiempo y lo deseo aún menos.