LoginRSS 2.0 Feed

jueves, 24 de mayo de 2007

Daniel Cano-Ott

Esta mañana me he levantado con una nueva acción organizada por Greenpeace. Ahora parece que los "ecologistas" van en serio a por la central nuclear de Almaraz. Mientras tanto, el petróleo sigue su ascenso imparable y cotiza a 71$ el barril.

En el mismo programa de Punto Radio (edición de la mañana del 24 de Mayo de 2007) que anunciaba la noticia, Luis del Olmo entrevistaba al presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodriguez Ybarra. A pesar de la ambigüedad que todo político cauto utiliza cuando habla sobre estos temas, Rodriguez Ybarra respondía que los extremeños vecinos de la central no quieren que se cierre, y aludió al tema de los residuos como el punto a real de discusión. Precisamente un día como hoy convendría recordar un artículo de Patrick Moore, cofundador de Greenpeace (actualmente ya no pertenece a la organización) y antiguo detractor de la energía nuclear.


Foto de Patrick Moore, 23 de enero de 1981 (fuente Greenpeace)

En su artículo de opinión publicado en 2006, Patrick Moore rememora su pasado antinuclear fruto de la convicción dominante en los años 70: "energía nuclear era sinónimo de holocausto nuclear" para la mayoría de sus compatriotas. Treinta años después, su punto de vista ha cambiado, y considera que el resto de grupo medioambientalistas también deberían actualizar sus convicciones. El argumento de Moore va en la línea de la reducción de emisiones de CO2 y el cambio climático: es necesario reducir las emisiones y la única fuente de energía a gran escala y rentable que puede lograrlo es la nuclear.

Moore no minimiza el peligro de proliferación que conlleva el desarrollo de la tecnología nuclear por parte de gobiernos deshonestos, y alude a la actual y cada vez más presente crisis iraní. Sin embargo, su argumentación va en una línea fría y racional: "no podemos desterrar cualquier tecnología que sea peligrosa. Ésa era la mentalidad del todo-o-nada en plena guerra fría".

Se atreve a calificar al accidente más grave ocurrido en una central occidental, el de la isla de las tres millas (three miles island o TMI) en 1979, de un auténtico éxito. En la famosa película el síndrome de china, estrenada unas pocas semanas antes del accidente, se postulaba que si el núcleo de una central se fundiera, formaría una masa caliente de material radioactivo que atravesaría la tierra y llegaría a las antípodas (China en este caso). Pues bien, el accidente de TMI fue precisamente de ese tipo, de lo peor que puede ocurrir en una central: una fusión del núcleo. Sin embargo, el edificio de contención de la central actuó para lo que estaba diseñado (léase la nota a pie de página sobre el accidente de Chernobyl) y evitó la liberación de material radioactivo al exerior. Un éxito de la tecnología que demuestra la seguridad de las centrales nucleares, aún en caso del accidente más grave posible. Cabe decir además que, gracias al análisis del accidente TMI, se ha aprendido mucho sobre medidas de seguridad (activas y pasivas) y las centrales actuales son todavía más seguras.

Moore sugiere que se está produciendo un cambio, incluso entre las posturas viscerales contra la energía nuclear. Cita a James Lovelock como otro caso similar al suyo, e incluso a algunos dirigentes de Greenpeace, que si bien mantienen su oposición a la energía nuclear, empiezan a volverse cautos en sus valoraciones y a concidir en muchos argumentos del análisis pronuclear. Menciona la necesidad de utilizar energías renovables como la solar y la eólica, si bien pone de manifiesto su punto débil e insalvable: son fuentes intermitentes, impredecibles e incontrolables, por lo que pueden no estar disponibles cuando más se necesiten. El gas y los combustibles fósiles cada vez son más caros y la tendencia futura va en esa línea. La energía hidroeléctrica está explotada casi en su totalidad (y el agua es un bien cada vez más escaso), por lo que la energía nuclear se presenta, por eliminación, como la única alternativa.

Moore continúa argumentando sobre el accidente de Chernobyl, los residuos radioactivos, la vulnerabilidad de las centrales nucleares frente a ataques terroristas y todos aquellos puntos que hacen que la producción de energía nuclear conlleve riesgos. Sus varios argumentos se podrían resumir en uno: cualquier actividad humana conlleva riesgos y puede ser utilizada para causar daño, y la energía nuclear no está entre las primeras. "Durante los últimos 20 años, la herramienta más básica, un simple machete, ha sido utilizada para matar a un millón de personas en África, bastantes más que las muertes causadas por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki".

Concluye diciendo que las más de 103 plantas nucleares operadas en los EEUU evitan la emisión anual de 700 millones de toneladas de CO2, lo que equivale a  la emisión anual de 100 millones de coches. Y eso con solo un 20% de la producción de energía eléctrica.

Ya sé que este artículo no va a evitar el bloqueo del tráfico frente a la central nuclear de Almaraz. Los que allí se manifiestan ya han tomado una decisión. Va dirigido a todos aquellos que todavía albergan dudas razonables y huyen de los fanatismos viscerales y emocionales. El debate nuclear será acalorado y el resultado en España, incierto. Es posible, aunque personalmente no lo creo, que acabemos sin central alguna y comprandole energía nuclear a Francia y a Marruecos, si así lo deciden la mayoría de los ciudadanos españoles. Pero para poder llegar a una conclusión lo más razonada posible, he considerado oportuno mencionar que no todos los ecologistas son antinucleares. Ni siquiera los más emblemáticos...

Nota. Como indicamos en otro artículo, las centrales soviéticas de tipo RBMK como la de Chernobyl carecen de edificio de contención. De haber existido, el accidente de Chernobyl apenas hubiese tenido consecuencias para la población circundante, como se demostró en el accidente de TMI.

6:48 | gestionado por Daniel Cano, Manuel Fernández y José Luis Pérez | Enviar comentario (2)