No se alarmen. Ni me he vuelto loco ni he perdido los pocos conocimientos de historia y semántica que me quedan. El título de este artículo obedece a una frase que escuché ayer en el andén de una estación de metro de Madrid. Nada tiene que ver con la física nuclear, la tecnología o la ciencia. Es fin de semana y me he permitido el lujo de escribir sobre la educación y su influencia en la percepción de los hechos.
Imaginense la escena.... Quedaban nueve minutos para la llegada del próximo tren; aquí en Madrid los del metro son buenos chicos y vaticinan la duración de la espera. Tiempo más que suficiente para darme un paseo por el andén y abstraerme en mis pensamientos. Pasé cerca de un latinoamericano y traté de identificar su procedencia. Por los rasgos faciales, tal vez ecuatoriano o boliviano. Disculpenme los oriundos de esos países si no fui capaz de distinguirlo; mi educación nunca fue completa en ese aspecto y me cuesta identificar el origen de personas no europeas.
Pero volvamos al relato... El hombre miraba y escuchaba a un grupo de adolescentes espatarrados sobre un banco. Conseguí oír, al igual que él, una pregunta formulada por una débil y joven voz femenina:
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¿A que no sabes quién descubrió América?El interrogado, un muchacho de mirada sorprendida, esbozó una sonrisa bobalicona, después se rió y finalmente comenzó a escrutar los recovecos de su cerebro en busca de una respuesta. Mientras tanto, el latinoamericano impasible no daba crédito a sus oídos y cerró sus ojos cansados y hartos. Percibí la desolación de alguien que ha cruzado el Atlántico hacia la "madre patria" (que de patria poco y de madre aún menos) y descubre que los de acá no saben ni siquiera el porqué histórico de su "forzada" elección.
Unas palabras balbucidas por el muchacho, no sin cierto esfuerzo, me devolvieron a la realidad. Tímidamente sonó un
¿Cristóbal Colón? que, tras ser ratificado por los circundantes con aprobatorios asentiminetos craneales, se transformó en un orgulloso y sonoro:
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¡Sí, Cristóbal Colón!Pero la inquisidora voz femenina no estaba para conceder muchas treguas y rápidamente siguió con:
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¿Y en qué año?Esta vez, la cara del muchacho fue de protesta e indignación.
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Pues no sé, no sé, no me acuerdo de las fechas...Ya había pasado con éxito el examen anterior, y parecía no entender por qué su compañera se ensañaba con él. Pero la chica no soltaba a su presa y volvió a insistir
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Venga, hombre, si lo sabe todo el mundo, hasta han hecho una peli...Tal era la presión para que aportara algún dato que finalmente el muchacho cometió un error fatal. La ignorancia es osada:
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¿En el siglo XVIII?Risas y carcajadas a su alrededor, completadas al poco tiempo por la suya propia, fruto del contagioso frenesí.
Pero por el semblante del latinoamericano no cruzó chiste alguno, ni tan siquiera una mínima indulgencia. Su expresión era de seria preocupación y hastío existencial:
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Caray, ¿pero qué miércoles les enseñarán a estos críos en la escuela?El remache final vino a manos de la incitadora:
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¡Qué va, qué va! En 1492, el año de la "descubrición"Y nadie se rió. Los adolescentes dieron por concluida la lección magistral, el latinoamericano retornó a sus fueros internos y yo estaba mudo. Dudé entre permanecer ajeno y acercarme a susurrar un
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descubrimiento, el año del descubrimiento...pero me di cuenta que la explicación hubiese requerido mucho más tiempo, porque tampoco se trataba de un "descubrimiento" a secas. Los que allí vivían antes de la llegada de nuestro hispánico héroe, almirante de la mar océana y virrey de Las Indias, ya se habían descubierto a sí mismos sin necesidad de que apareciese genovés, español o portugués alguno.
Y me invadió una duda que trataré de ilustrar gráficamente. Lo que ha sido representado por una niña de 3
er curso mediante el siguiente dibujo
fue inmortalizado por los "civilizados" de la época como
Muy lejos de la más que probable visión de los indígenas pobladores de aquellas tierras, perturbadora e incómoda...
Contrasten esta última imagen con el siguiente cuadro de
Eugenio Salvador Dalí acerca del mismo hecho histórico:
Y en ese debate interno me quedé, porque llegó el tren y se abrieron las puertas. Todos entramos en vagones diferentes, los adolescentes, el latinoamericano y yo. Sonó el pitido indicando el arranque, se accionó el sistema hidráulico de cierre y nuestras vidas volvieron a discurrir separadas, cada uno con su propia concepción de la realidad. No pude evitar un ligero desasosiego y me formulé la pregunta de si es posible otro mundo, con visiones menos enfrentadas, intervenciones menos destructivas e invasoras y, como elemento de nexo, con una "educación" mejor y más universal. Es lo que tienen los fines de semana, que ofrecen tiempo para pensar en lo realmente importante.