Soy bien consciente de que cualquier persona que propusiese públicamente la disolución de los residuos
radioactivos como solución a la gestión de los mismos no se ganaría muchas simpatías,
incluída
la mía propia. Sin embargo, el principio subyacente a la proposición es
completamente válido y corroborado constantemente a lo largo de nuestras vidas: "
una sustancia tóxica, en cantidades muy muy diluidas, deja de serlo". Hay
incluso una disciplina de la medicina natural, la
homeopatía, que defiende que una
sustancia tóxica que causa una enfermedad puede ser a la vez la cura si
se ingiere en cantidades muy diluidas (opinión última que no comparto, pero esa es otra historia).
No nos desviemos del tema y volvamos a lo que nos
atañe.
¿Cuántos de ustedes han tragado agua de mar mientras se estaban bañando
en la playa? Seguro que muchos, ¿verdad? ¿Eran conscientes de que
estaban ingiriendo uranio? Sí, sí, como lo oyen, uranio radioactivo; cada litro de agua marina
contiene en media 3.2
microgramos
de uranio disuelto. Pero pueden estar ustedes muy tranquilos y no alarmarse. Tales cantidades no
solo
no son letales, sino que han permitido la proliferación de
especies marinas hasta la llegada del hombre con sus barcos pesqueros,
que parece ser un agente mucho más nocivo para la vida en los océanos. La concentración
del agente tóxico es el quid de la cuestión. Tragar un poco de agua
marina no le hace daño a nadie, y beberla de forma continuada sin
hidratarse
con agua dulce puede ser letal, no por el uranio, sino por el cloruro sódico
(la sal de cocina) disuelto en ella. Conclusión: la sal común, en concentraciones
mayores, resulta mucho más tóxica que el uranio.
Otro ejemplo, el
CO2. Como apunta
Juanjo Ibañez en uno de sus comentarios a
un artículo previo de esta bitácora, el
CO2
es un producto natural y absolutamente necesario para la vida sobre la tierra. Existimos gracias al efecto invernadero. Sin
embargo, no podríamos vivir en una tierra con una atmósfera mayoritaria en
CO2
y nuestra biosfera sufriría probablemente cambios muy profundos (y
graves para nuestro modo de vida) si su concentración actual se
multiplicara por 10.

La tierra vista desde el espacio. Fotografía de la
NASA.
El diccionario de la RAE define veneno como una "
sustancia que, incorporada a un ser vivo en
pequeñas cantidades, es capaz de producir graves alteraciones
funcionales, e incluso la muerte". Pero ¿qué se considera una "pequeña cantidad"? Para cualquier sustancia, desde
la sal de cocina hasta el uranio, es posible definir una cantidad inocua para nuestro organismo. Ya comenté en un
artículo anterior que la clave está en la dosis que
recibe un individuo expuesto. Volvamos entonces a la pregunta de si ¿es aceptable disolver los residuos
radioactivos
en el agua de mar?. Habrá que
diferenciar dos tipos de respuestas: las científicas y las éticas.
- Las
respuestas científicas serán o no aceptables en función de la validez
de los modelos físicos subyacentes. Pero es incuestionable que ya hay
uranio disuelto en el mar (junto con otras sustancias radioactivas) y que éste no es considerado como un veneno o
sustancia tóxica en tales concentraciones. Dejo la pregunta abierta:
¿supondría un riesgo un aumento de un 1 por mil?
- Las respuestas
éticas son más difíciles de debatir. Incluso ante una conclusión científica positiva sobre que "disolver los residuos no supondría un riesgo grave para la biosfera", alguien podría defender el criterio
ético del montañero de "deja el entorno como estaba cuando lo
encontraste". De hecho, es lo que procuro hacer cada vez que subo al
monte, aunque soy consciente de que mi visita es per se un acto de intrusión. La
actividad humana siempre deja rastro, es imposible visitar la montaña
sin dejar huella, si pisar alguna que otra flor, seta o aplastar la
pradera sobre la que nos echamos una siesta.
A mí, personalmente, me parecería éticamente inaceptable lanzar todos los residuos
radioactivos
al mar, aunque la respuesta científica apuntase a lo contrario. Es una cuestión de estética e higiene, y en la actualidad, una práctica ilegal (para residuos de alta actividad). Sin embargo, ¿qué les parece
la siguiente formulación sobre cómo gestionar los residuos radioactivos?
- Almacenarlos en instalaciones de máxima seguridad, ubicadas en emplazamientos avalados por rigurosísimos estudios geológicos, sísmicos, hidrológicos y meteorológicos.
- Crear una serie adicional de barreras artificiales de contención que
perduren más de mil años (la vida del acueducto romano de Segovia).
- Disponer de acceso a los residuos para que sean paulatinamente tratados y controlados.
- Diseñar una estrategia de reprocesado y separación.
- Diseñar una estrategia de transmutación de los elementos radioactivos (en otros menos nocivos) que permita reducir su radiotoxicidad.
El
objetivo final sería conseguir que los residuos remanentes, al cabo de unos miles
de años (un instante de tiempo a escala geológica), fuesen igual o menos
tóxicos que el entorno natural. Así, si llegados a ese tiempo hubiese
cualquier tipo de fuga, la contaminación al entorno sería igual o menos
tóxica que el entorno mismo. ¿Les parece una mejor estrategia? Pues en eso estamos, señoras y señores, en eso estamos, trabajando en la separación y transmutación, y no tan desencaminados como algunos nos quieren hacen creer...