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miércoles, 14 de febrero de 2007

Daniel Cano Ott

El darwinismo explica la extinción de una especie, pero ¿puede el homo sapiens librarse de la suya gracias al lamarckismo?


Regresaba ayer de Ginebra tras dos días de intensas y agotadoras reuniones. La butaca del avión que me envolvía hizo de coctelera en la que mezclar una placentera evasión y el retorno al mundo real. Dicho de una forma menos pedante, alterné las lecturas de “El pulgar del panda”, del paleontólogo Steven Jay Gould y la prensa diaria. “El pulgar del panda” es una colección de ensayos con los que Gould nos sumerge en el fascinante mundo del darwinismo, la selección natural y consecuencias tan diversas como la neotenia del ratón Mickey o el desarrollo del falso “sexto dedo” del oso panda. La prensa diaria, por el contrario, lo de siempre: una crónica social de la política aderezada con sucesos y desastres varios.

Sin embargo, cada día aparece con más notoriedad un problema que destaca por su relevancia. No entraré a discutir con mi amigo Manuel sobre si el ser humano es o no el causante del cambio climático. Hasta puede que tenga razón y no sea así. En cualquier caso, es irrelevante para mi argumentación. Lo que sí  puedo afirmar es que la especie homo sapiens se ha convertido en una perturbación macroscópica de la biosfera terrestre. O lo que es lo mismo, seismil millones de homo sapiens son capaces de influir a escala planetaria y afectar el precario equilibrio que permite que nuestro planeta azul siga siendo un hogar confortable. Nadie sabe dónde está el límite, pero hay una franja de concentraciones de gases invernadero (CO2, metano…) dentro de la que la tierra seguirá siendo un planeta habitable. Excédase el valor máximo y la tierra seguirá el camino del planeta Venus. Redúzcase la concentración por debajo del valor mínimo y nos hallaremos en un planeta sin atmósfera respirable como Marte (sí, sin efecto invernadero estaremos expuestos al gélido frío cósmico).

Y ahí es donde entra el principio darwiniano de la selección natural. Según la teoría de Darwin, la unidad de selección natural son los individuos. Como explicó el filósofo David Hull, “los genes mutan, los individuos son seleccionados y las especies evolucionan”. Toda armonía en el mundo natural es consecuencia de la persecución por parte de los individuos de sus propios intereses: perpetuar sus genes a través de un mayor éxito reproductor.



Toda armonía y todo caos, porque la selección natural de Darwin no garantiza que lo que es bueno para el individuo lo sea para la especie, y mucho menos para el planeta que la alberga. Quizás a largo plazo pudiera serlo, si los mecanismos de mutación fuesen comparables en ritmo a los cambios del entorno y la selección actuase contra los individuos que atentan contra él. Pero en el caso que nos atañe, la degradación de la biosfera en unas pocas décadas, no hay mutación que valga. Es nuestra propia especie, acompañada de otras miles, la que parece jugarse la supervivencia ante un problema originado quizás por un darwiniano egoismo.

Paradójicamente, nuestra salvación puede estar en el lamarckismo, una teoría diseminada en el siglo XIX por el biólogo francés Jean-Baptiste Lamarc para explicar la evolución de las especies y que fue sustituida por el darwinismo. No se ha hallado ninguna evidencia biológica del postulado lamarckista: un individuo es capaz de incorporar y transmitir hereditariamente un rasgo que favorezca su supervivencia. Los cambios hereditarios son aleatorios.

Sin embargo, podemos hallar ejemplos a nivel social. Y es que la especie homo sapiens (y algunas otras de homínidos y mamíferos superiores) cuenta con otros mecanismos hereditarios: la cultura. En nuestra sociedad moderna, el éxito de un individuo no depende tanto de sus capacidades físicas como de las intelectuales y culturales. Y la evolución cultural no es darwinista; los conocimientos se asimilan y pasan a las generaciones venideras (concepto de meme por Richard Dawkins). Así pues, existe una posibilidad de plantear una batalla al egoísmo darwiniano del “ande yo caliente y ríase la gente” con un altruismo lamarckista. Es prioritario educar y concienciar, y hacerlo además muy bien y deprisa, para encontrar soluciones al problema de nuestra supervivencia.

Y muchos se preguntarán ¿qué pinta esta reflexión en una bitácora de ciencia y tecnología nuclear?  Y será una pregunta muy acertada… todo y nada. Regresaba yo ayer del CERN, laboratorio europeo de física nuclear y de partículas sito en Ginebra, tras dos días de "darwinianas" e intensas reuniones sobre el futuro de un experimento de física nuclear y me sentí cansado. Si nuestro experimento no comienza a tiempo, no habrá datos, y sin esos datos, seremos un poco más ignorantes sobre cómo poder eliminar los residuos nucleares. Solo un poco, ciertamente, pero con algo de altruismo el paso sería en la dirección opuesta. Estoy convencido de que la especie humana no puede prescinidir de la energía nuclear de fisión, y su utilización a gran escala requiere resolver la gestión de los residuos de una forma satisfactoria. La prensa diaria me devolvió al mundo en el que vivo y Gould me ofreció una esperanza.

Nota posterior a la publicación del mensaje: fruto de una casualidad (espero que sin consecuencias darwinianas) veo que en la bitácora de Juanjo Ibáñez aparece otra entrada sobre el darwinismo. ¿Azar o necesidad? ¿Causalidad o casualidad? Para mi tranquilidad, veo que la coincidencia no va más allá de las formas.

16:31 | gestionado por Daniel Cano, Manuel Fernández y José Luis Pérez | Enviar comentario (7)