José Luis Pérez
Independientemente de su validez científica o de su
aceptación por la sociedad como indicadores reales de su percepción, la ciencia
y la tecnología nuclear han desarrollado magnitudes para la cuantificación del
riesgo.

La cuantificación del riesgo presenta dos vertientes. La
primera consiste en la evaluación de las probabilidades de que un suceso negativo ocurra.
La segunda gravita alrededor de la valoración de las consecuencias de dicho
suceso. La combinación, normalmente a través de un producto, de ambas estimaciones
es una medida del riesgo debido a ese posible suceso. La extensión, normalmente
mediante una suma, a todos los sucesos negativos concebibles conforma la medida
definitiva del riesgo de la instalación.

Dependiendo de las unidades en que ambas medidas parciales
se hayan calculado, el riesgo presentará unas unidades u otras. Las más comunes
son la frecuencia de daño severo al núcleo, la probabilidad de emisión de
productos radiactivos al exterior, la incidencia de cánceres en una población cercana o
incluso la reducción de la esperanza de vida.
Las magnitudes así calculadas presentan tres modos de empleo. En primer lugar, son empleadas, mediante su cotejo con
valores con identidad legal, como examen de la seguridad de una instalación por parte de los Organismos Reguladores. En
segundo lugar, medidas parciales de una determinada parte o función de la instalación,
por ejemplo, del reactor, permiten identificar aquellos elementos o funciones cuya
fiabilidad puede o debe ser mejorada, y, por último, sirven de elementos de
comparación del riesgo con respecto a otras actividades humanas.

Y es que, efectivamente, toda
actividad humana lleva asociada un cierto nivel de riesgo que debe ser reducido
a niveles tan bajos como sea razonablemente posible. La aceptación de un determinado nivel de riesgo
por una sociedad no puede efectuarse sin que ésta tenga en cuenta el beneficio
que le aporta dicha actividad, y, por otra parte, su optimización debe
responder a un evaluación razonada de coste-beneficio.
No entraremos en la guerra de cifras
establecida alrededor del riesgo de las Centrales Nucleares, pero sí dejaremos
constancia de los valores oficialmente aceptados de frecuencia total de daño al
núcleo (o lo que es lo mismo, su inversa puede entenderse como los años que deben pasar para que se produzca daño severo en la central pero sin que exista necesariamente emisión de radiactividad al exterior):
C.N. José Cabrera: 8,76 E-5
C.N. Sta. Mª de
Garoña: 3,23 E-6
C.N. Almaraz: 3,78
E-5
C.N. Asco: 5,51
E-5
C.N. Cofrentes: 2,13 E-6
C.N. Vandellós II: 3,66 E-5
C.N. Trillo: 4,34 E-5
Además, debemos indicar que únicamente el juicio detallado
del diseño y de la experiencia operativa de estas instalaciones permite, hasta
donde es posible, una cuantificación, compleja, del riesgo que encierre información
significativa desde el punto de vista técnico, social y legal. El resto de
apreciaciones son eso, percepciones del riesgo, que, aunque merecen repeto, no responden ya a
consideraciones técnicas, sino a valoraciones personales, juicios subjetivos, y a veces a miedos y al desconocimiento.
