El informe también advierte del carácter irracional de la percepción de los individuos
“
nuestra respuesta al riesgo parece, a menudo, incoherente, si no completamente irracional. Podemos rehuir situaciones de bajo riesgo, mientras aceptamos otras de riesgo más elevado...”
Sin dar ninguna clave sobre las causas, los estudios sobre la percepción del riesgo ponen de manifiesto un hecho:
“
las personas perciben el riesgo de modo diferente, dependiendo de que sea voluntario o involuntario o de que aprecien beneficios personales en la asunción del riesgo.”
Por ejemplo, un fumador "voluntario" es capaz de aceptar o ignorar el hecho de que tiene un 50% de probabilidades de sufrir un daño a largo plazo. De igual manera, son muchos los que prefieren el coche como medio de locomoción frente al avión, siendo un hecho objetivo que el transporte aéreo es mucho más seguro.
Soy de la opinión de que el conocimiento sobre una materia ayuda a digerir los miedos irracionales que ésta pueda suscitar y permite al individuo hace una mejor evaluación de los riesgos que implica. Por ello, permitidme que introduzca el tema que compete a esta bitácora a través de una analogía con un elemento que todos conocemos de sobra: nuestro pan de cada día, ¿es peligroso?
Estoy convencido de que una encuesta realizada en la calle daría como resultado un contundente y rotundo NO. Y sin embargo, la respuesta sería incorrecta porque es la pregunta la que está mal formulada. Me explicaré. Es más que probable la ingesta de 1000 barras de pan por un único individuo en el plazo breve de tiempo tenga efectos fatales. Por otro lado, si se trata de pan de trigo y el individuo que lo ingiere es un
celíaco (alérgico al gluten), bastaría con un simple panecillo para poner en riesgo su vida. Así pues, la pregunta debería haber sido ¿en qué cantidad es peligroso –o incluso beneficioso– el pan? O lo que es lo mismo, ¿cuál es la dosis de pan que podemos comer sin poner en peligro nuestra salud?
Pues lo mismo sucede con la radiación, con la salvedad de que:
- No se huele, no se toca y no la vemos (al menos no la ionizante), por lo que el público no la percibe como un elemento cotidiano aunque esté bien presente.
- Vivimos en un mundo radiactivo y no nos podemos aislar de él, mientras que el pan si podemos dejar de comerlo.
Abordemos pues la cuestión de la dosis. ¿Cuál es la dosis segura para el ser humano?
La recomendación de la
ICRP (Comisión Internacional de Protección Radiológica) es que, sin contar con la radiación natural, el público no debe recibir una dosis superior a 1 mSv/año (mili
Sievert en un año). Para los que no estéis familiarizados con las unidades de dosis, fijaos al menos en un dato relativo: 1 mSv/año es un 20% inferior a los 1.2 mSv/año que recibe un habitante de Galicia por la radiación natural (datos del
Centro Nacional de Dosimetría). Pero entonces, ¿es peligrosa una dosis superior?, ¿deben los gallegos estar preocupados y huir en masa de su comunidad autónoma? Tranquilos, parece que no, ya que su
esperanza media de vida es, por ejemplo, superior a la de los habitantes de la comunidad valenciana, que sin embargo reciben una dosis ambiental de solo 0.7 mSv/año. Debe haber pues otros factores de los que preocuparse más. En realidad, el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (
UNSCEAR) da un valor mundial medio para la dosis por radiación ambiental de 2.4 mSv/año para un habitante adulto. Este sigue siendo un valor bajo ya que hay zonas habitadas del planeta con tasas hasta 10 veces superiores y que no presentan incidencias significativas desde un punto de vista clínico. Por ello, la dosis "segura" podría andar entre los 10 y lo 100 mSv/año, muy por encima del valor recomendado por la ICRP. Como dato curioso, la “tan temida” dosis que recibe una persona debido a toda la industria nuclear es de 0.02 mSv/año, cien veces inferior al fondo natural promedio. Y la temible dosis letal (dosis 50/60, definida como la que mata al 50% de la población expuesta al cabo de 60 días de la exposición) se cuantifica entre los 3 Sv y los 5 Sv recibida en un plazo breve de tiempo (unas pocas horas), es decir, unas trescientasmil veces la del fondo natural.
Surge entonces otra pregunta: ¿puede ser beneficiosa la radiación?
La respuesta es un rotundo “si, puede ser o es beneficiosa en muchos casos”, pero debe ser inmediatamente explicada dado que ninguna persona razonable y bien informada puede cuestionar los efectos nocivos (incluso letales) asociados a las grandes dosis de radiación.
- El informe UNSCEAR1994, concluye que dosis bajas de radiación estimulan muchas funciones celulares, incluyendo la prevención del daño por oxidación, reparación enzimática, y la remoción inmunológica y apoptótica del daño del ADN. Dosis grandes deterioran estas funciones, causando efectos de salud adversos, pero bajas dosis crónicas 10 o incluso 100 veces superiores al fondo de radiación natural, estimulan la reparación del daño del ADN y del sistema inmunitario, reduciendo la tasa de mutación de genes y logrando una disminución general de la mortalidad, en particular por cáncer. Conclusión: dosis bajas y prolongadas, comparables o ligeramente superioroes al fondo natural, pueden ser beneficiosas.
- Desde el punto de vista biológico, la radiación, como uno de los agentes causantes de mutaciones, ha debido desempeñar un papel en la evolución y aparición de las especies. Desde el terreno de la especulación, algunos científicos llegan a sostener que la vida ha evolucionado más deprisa gracias a que el mundo es radiactivo.
- Y desde un punto de vista mucho más aplicado, los beneficios para la humanidad asociados al uso de la radiación artificial en la diagnosis médica y tratamiento de cánceres son innegables: los rayos X, la tomografía por emisión de positrones, la radioterapia y más recientemente la radioterapia con hadrones son claros ejemplos en los que los aspectos positivos superan con creces a sus posibles efectos nocivos.
Me vais a permitir que concluya la entrada con una frase demagógicamente irónica que leí tiempo ha: “vivir es la principal causa de muerte”. Sin dejar de ser cierta, ¿existe alguien en su sano juicio al que se le ocurriría prohibir la vida para lograr un descenso de la mortalidad?
Algo similar pasa cuando pretendemos formular una conclusión rápida sobre una cuestión compleja. Este artículo no pretende ser en ningún caso una revisión exhaustiva del tema expuesto. Simplemente, pretende poner de manifiesto que debemos aceptar que la radiación forma parte de nuestro entorno natural. No es ni un ángel ni un demonio, sino un fenómeno que tiene que ser comprendido, respetado y regulado en sus aplicaciones y que, utilizado de manera conveniente, conlleva grandes beneficios. Es, en cierta medida, como nuestro pan de cada día...