El fin del mundo ha sido anunciado en repetidas ocasiones.
Nostradamus (Michel de Notre Dame, 1503-1566), según la interpretación de sus acólitos, lo postuló para el año 1999:
"El año mil novecientos noventa y nueve siete meses,
Del cielo vendrá un gran Rey de terror:
Resucitar el gran Rey de Angolmois,
Antes después de Marte reinar por dicha".
Más recientemente, un físico y un científico han anunciado que el final de
nuestros días podría estar cerca y desencadenarse con la puesta en marcha del mayor acelerador de partículas construido por el ser humano: el
LHC.
El hecho de que aún sigamos vivos y coleando después de mil y un
anuncios de desastres no parece haber restado fuerza a la voz de
profetas y futurólogos. La especulación y la credulidad forman parte de
la condición humana, y la historia ha estado, está y estará plagada de
profecías. Reconozcamoslo, nos encanta chismorrear y hacer cábalas, y
ya
puestos a ello, ¿qué mejor tema, al margen del fútbol, que nuestra
propia extinción?

Figura 1. La irracionalidad y el oscurantismo siguen presentes en las sociedades modernas.
Los
mayas, que inventaron un
calendario asombrosamente preciso,
anunciaron el fin del mundo para el 21 de Diciembre de 2012. Habrá que
permanecer atentos a la fecha, pero por si acaso, yo de ustedes no
dejaría de pagar la hipoteca. Los cristianos tampoco han permanecido en
silencio y han augurado el final de los días en incontables ocasiones y
modalidades: el Armagedón, la llegada del anticristo, los arbitrarios
cambios de milenio... Sin ir más lejos, para este año teníamos
anunciados el Armagedón
para el 21 de Abril de 2008 (debe haberse retrasado
un poco),
la desaparición de los EEUU y posterior guerra mundial (sin precisar el mes), o la llegada de Yaveh anunciada por el
cometa
Holmes.
El
ámbito de la ciencia tampoco ha permanecido ajeno a la especulación
cataclísmica. Basta con acudir a los medios de comunicación para
encontrar mil y una banalizaciones sobre los peligros a los que se
enfrenta la humanidad. Un ejemplo claro y muy actual: prácticamente
cualquier desastre natural es atribuido al cambio climático. Y antes de
que me tachen de negacionista, permitanme decir que no pretendo negar
la gravedad e importancia del calentamiento antropogénico que parece
estar sufriendo el planeta; el tema es serio. Lo único que pretendo es
denunciar la aberración intelectual que supone culpar al CO
2 de todo
terremoto, inundación, tsunami, erupción volcánica, ola de calor o frío
que se produce. Porque si de verdad queremos encontrar soluciones al
problema, debemos partir de datos, modelos e interpretaciones fiables y
realistas. De lo contrario, nuestras predicciones carecerán de rigor y
fiabilidad y estaremos más cerca de la brujería que de la práctica
científica.
Figura 2. Imagen del detector CMS del CERN.
De los cataclismos preconizados
por científicos, destaca por su originalidad el reflejado en una
reciente demanda contra el
Departamento de Energía (DoE) de los EEUU,
los laboratorios
Fermilab y
CERN, la
National Science Fundation y otras entidades del DoE presentada por el físico Walter L. Wagner y el científico Luis Sancho, en
un juzgado de Hawaii. Tras leer el
texto de la misma sólo cabe una conclusión: el gran colisionador de protones LHC del CERN
podría convertirse en la "
máquina del día del juicio final" (en inglés, "
the doomsday machine").
Si los demandantes tienen razón, el LHC podría acabar con nuestro planeta de "al menos" cuatro maneras diferentemente letales:
- A
través de la creación de unos estados ligados de materia extraña
denominados "strangelets", que gracias a una reacción en cadena
lograrían transformar toda la materia "ordinaria" de la tierra en "materia extraña".
- A través de la creación de microagujeros negros, que acretarían la masa de la tierra hasta absorberla por completo.
- A
través de la creación de monopolos magnéticos, que provocarían la
desintegración de los protones, constituyentes de la materia nuclear
ordinaria.
- A través de la formación de burbujas de vacío
cuántico, que modificarían el estado en el que se encuentra el universo
y nos llevarían a otro en el que no podríamos existir.
Ante
semejante panorama, la solicitud Wagner y Sancho de retrasar
cautelarmente un proyecto científico de miles de millones de euros no
resulta demasiado descabellada. Al fin al cabo, ¡estamos hablando de
salvar el mundo!

Figura 3. ¿Quién no se sobrecoge ante una visión como ésta?
Pero
para aceptar semejante premisa hace falta algo más que amedrentar a la
opinión pública con el enorme daño potencial que puede causar el LHC.
Es necesario un análisis racional y riguroso ya que, de no permanecer
vigilantes ante los vaticinios sin fundamento, nuestra sociedad quedaría a merced de quiromantes, astrólogos, numerólogos, tarotistas,
espiritistas o curanderos. Les planteo una pregunta muy simple que ilustra el problema,
¿aceptarían sin rechistar la suspensión indefinida de su sueldo porque
un economista sostiene que es la única manera de salvarnos de la
"desaceleración" o "crisis"? ¿No pedirían una segunda opinión antes de aceptar como válida
la tesis?.
Pues
con el proyecto LHC pasa lo mismo, y aquí nos topamos con el primer
escollo. A diferencia de otras disciplinas del conocimiento más
popularizadas, resulta imposible que un profano en la materia atisbe lo
que hay de cierto o falso en las aseveraciones realizadas por Wagner y
Sancho. Incluso el propio lenguaje es incomprensible: ¿qué son los strangelets? ¿y los monopolos? o aunque nos suene
su nombre, ¿sabemos realmente lo que es un agujero negro?
La comprensión de las respuestas a estas preguntas requiere amplios conocimientos sobre el
modelo estándar de las interacciones electrodébiles, la mecánica
cuántica, la teoría de la relatividad general y algunas otras teorías físicas que,
obviamente, no todos tenemos. Inevitablemente, debemos recurrir al
diagnóstico de los expertos, porque sólo ellos, a través de la
aplicación de teorías científicas validadas y contrastadas (que no
especulaciones), la observación de fenómenos naturales y su
reproducción controlada (y a pequeña escala) en el laboratorio, pueden
aportar algo de luz.
Y eso es precisamente lo que han hecho los reputados físicos que forman el comité para la evaluación de la seguridad del LHC
(LHC Safety Assessment Group - LSAG). Sus conclusiones están recogidas
en varios informes técnicos (resúmen en castellano) y no pueden ser más
contundentes: el LHC no es ninguna máquina del día juicio final y existen
pruebas fehacientes que avalan tal afirmación. A pesar de lo técnico de
sus argumentos, la base subyacente es comprensible por todos.
1. Nuestro planeta lleva expuesto a fenómenos naturales
similares o peores a los que serán producidos en el LHC y, sin embargo,
sigue existiendo.
El LHC,
como otros aceleradores de partículas, recrea el fenómeno natural de
los rayos cósmicos en condiciones de laboratorio controladas. Los rayos
cósmicos son partículas producidas en el espacio sideral y las energías
de algunas de ellas son mucho mayores que las que se producirán en el LHC.
La
energía y la frecuencia a la que llegan a la atmósfera de la Tierra
se han medido en experimentos durante más de 70 años. Esto permite
calcular de forma inambigua que
la Tierra ha sufrido un bombardeo
natural equivalente a un millón de experimentos del LHC,
y afortunadamente para nosotros,
el planeta todavía existe. A aquellos
que consideran que la probabilidad de uno entre un millón sigue siendo
excesivamente alta (cualquier medida de precaución es poca con lo que
nos estamos
jugando), cabe recordarles que orbitamos
alrededor del sol, una estrella que por su gigantesco tamaño ha sufrido
10000 veces más bombardeos y sigue tan campante. La probabilidad de uno
entre diezmil
millones todavía se reduce más si tenemos en cuenta las
1011
estrellas
que forman una galaxia y las
1011 galaxias que forman el universo
visible. Multiplicando todas las cifras llegamos al dato de que en el
universo se han producido del orden de
1031 experimentos como el LHC (a
un ritmo de
3·1013 experimentos por segundo) y los astrónomos no han
observado ningún fenómeno como el postulado por Wagner y Sancho:
las
estrellas y las galaxias todavía existen. Así pues, o bien los microagujeros negros, los monopolos o las burbujas de vacío cuántico no se producen o, de hacerlo, son inofensivos.

Figura 4. Flujo medido de rayos cósmicos capaces de producir colisiones con energías iguales o superiores a la que tendrán las producidas en el LHC. El número asciende a 250.000 rayos cósmicos por segundo sobre la superficie de la tierra.
2. Durante la operación del colisionador de iones pesados
relativistas (RHIC) en Brookhaven (EEUU) no se ha observado ni un sólo
strangelet. La
primera vez que se planteó la cuestión de si los "strangelets" pueden
fusionarse con la materia ordinaria y cambiarla por “materia extraña”
fue en el año 2000 cuando comenzó a funcionar el
Colisionador de Iones Pesados Relativistas (RHIC) en Estados Unidos. Un
estudio de esa época demostró que no existían razones para preocuparse,
y el acelerador RHIC ha funcionado durante ocho años buscando
strangelets sin haberlos encontrado. Durante algunos periodos el LHC
funcionará con haces de núcleos pesados, como el RHIC. Los haces del
LHC tendrán una energía mayor que el RHIC, lo que hace todavía menos
probable que pudieran formarse strangelets. Es difícil que la “materia
extraña” pueda agruparse en las altas temperaturas producidas en dichos
colisionadores, de la misma forma que el hielo no se forma en agua
caliente. Además los constituyentes estarán más diluidos en el LHC que
en el RHIC, lo que hace más difícil que la “materia extraña” pueda
agruparse. La producción de strangelets en el LHC es menos probable que
el RHIC, y la experiencia en este acelerador ha validado el argumento
de que no se pueden producir strangelets (texto extraído del resumen del LSAG en castellano).
Lleva
su tiempo y su esfuerzo, pero la ciencia sí es capaz de contestar y
relegar algunas de las profecías catastrofistas, como las de Wagner y
Sancho, al plano de lo irracional. Podemos pues estar tranquilos respecto al
LHC y enfocar nuestra curiosidad constructivamente hacia los fabulosos y apasionantes
descubrimientos y preguntas que nos deparará. Si se cumpliesen los vaticinios de los ingenieros (¡ah, qué tipo predicciones tan distintas!), sólo faltaría un mes para su inauguración.
Daniel Cano Ott
Nota. El texto ha sido editado el 3/07/2008 para reemplazar la clasificación profesional de Walter L. Wagner y Luis Sancho. Dónde antes ponía "dos físicos teóricos" ahora pone "un físico y un científico".