Cada vez se acumula más evidencia sobre el proceso de deshielo que se está produciendo en los casquetes polares. Los últimos indicios de este grave fenómeno provienen de un estudio realizado por el Jet Propulsion Laboratory de la NASA, en California, que acaba de revelar que la Antártida occidental perdió en 2006 una cantidad de hielo un 75% mayor que 10 años antes.

Los autores llegaron a estimar una
pérdida, en la Antártida Occidental, de 132.000 millones de toneladas de hielo en 2006, por encima de los 83.000 millones de toneladas de 1996, y una pérdida de unos 60.000 millones de toneladas en 2006 en la península antártica. 4.000 millones de hielo sería suficiente para dar de beber a toda la población del Reino Unido durante un año.
Según los resultados del trabajo, la pérdida de hielo está concentrada en unas salidas estrechas de glaciares en las que existe un flujo rápido de hielo, lo que sugiere la importancia de este flujo glaciar para el equilibrio de la masa de la capa de hielo al completo.

Por otra parte, se especula con la teoría sobre la posibilidad de que el actual cambio climático pueda
desencadenar una nueva pequeña edad de hielo popularizada por el prestigioso científico Wallace Broecker, descubridor de la circulación oceánica global y de su influencia sobre el clima. La idea se publicó hace tiempo en la revista 'Science' y, muchos investigadores opinan que se puede dar la paradoja de que el calentamiento global produzca una pequeña edad de hielo.

Los ciclos de glaciaciones y periodos interglaciares que se han producido durante el Cuaternario, el último millón y medio de años, han estado controlados por tres factores que tienen que ver con la órbita terrestre y que están incluidos en un ciclo llamado de
Croll-Milankovitch. Dos de ellos tienen que ver con la inclinación del eje terrestre, pero el que quizá haya tenido mayor importancia es el que se conoce como excentricidad de la órbita. La Tierra no gira alrededor del Sol describiendo siempre la misma órbita. Tiene una oscilación que acerca y aleja nuestro planeta de la radiación solar en ciclos de 100.000 años, los mismos que han pasado entre cada uno de los máximos glaciares a lo largo de la Historia reciente de la Tierra.
Esta época fría comenzó debido al aporte masivo de agua dulce proveniente de un lago formado por el deshielo en el casquete que en aquella época había sobre norteamérica. Esto frenó la corriente termohalina que lleva aguas cálidas a la costa oeste europea y que regresa hacia Canadá después de enfriarse en el Ártico y desencadenó una mini edad de hielo.

Aunque no se tratase de un máximo glacial, sino de una época fría en un periodo de transición hacia uno cálido, durante el Dryas reciente el panorama biológico europeo cambió radicalmente. De hecho, esta pequeña edad de hielo debe su nombre a una flor propia de la tundra llamada 'Dryas octopelata' que ocupó durante este periodo las tierras meridionales de Europa.

La comunidad científica no pone en duda ni el origen de esta época ni el importante papel de la corriente termohalina en los cambios abruptos que ocurrieron después del último máximo glacial ocurrido hace 18.000 años. Sin embargo, los investigadores consideran imposible que las consecuencias del cambio climático puedan desencadenar una glaciación severa.
Esta posible glaciación puede tardar pero mientras, nosotros o nuestra descendencia, esperamos a que se de o no, un “famoso” pesticida podría estar liberándose a causa del deshielo.
Hasta que en la mayor parte de los países se prohibió (interesante releer
Primavera silenciosa) en la década de los ochenta, el ser humano vertió al planeta cientos de miles de toneladas de
diclorodifeniltricloroetano, el trágicamente famoso insecticida conocido por sus siglas, DDT. Han pasado
casi 30 años desde su retirada, pero este químico, posiblemente carcinogénico para el hombre, sigue en el medio ambiente. El DDT es muy soluble en las grasas y en disolventes orgánicos, y prácticamente insoluble en agua. Los
efectos adversos del DDT para la salud de los animales incluyen fallos en la reproducción y en el desarrollo, posibles efectos en el sistema inmunitario y muertes de aves salvajes después de rociar el DDT.

Como sucede con muchos insecticidas organoclorados, el mayor impacto de la
exposición aguda al DDT se da en el sistema nervioso. La administración a largo plazo del DDT ha dado lugar en los animales a efectos hepáticos, renales e inmunológicos. En cultivos de laboratorio del fitoplancton íntegro desde el mar Caspio al Mediterráneo, el DDT a una concentración de 1 ppb redujo la producción primaria hasta un 50%.

¿Qué tiene que ver esto con el deshielo? Un
estudio, recientemente publicado, sugiere que los pingüinos de Adelia -habitantes de la Antártida caracterizados por el anillo blanco que rodea su ojo- presentan en su organismo los mismos niveles de DDT que hace 30 años (a pesar de estar prohibido desde esa fecha).

Para los investigadores, existe una fuente de la que sigue liberando insecticida. Según el trabajo, publicado en la revista Environmental Science & Technology, el deshielo del continente antártico libera entre uno y cuatro kilogramos cada año al ecosistema. Parece una cantidad despreciable, pero la diminuta longitud de la cadena alimentaria en la Antártida multiplica su efecto. Los glaciares se han convertido en distribuidores gratuitos de DDT.

El cambio climático, además, podría acelerar la fuga de este insecticida. Según David Vaughan, del British Antarctic Survey, el calentamiento global ha aumentado el deshielo de la Antártida un 10% en la última década. "La liberación del DDT almacenado es irreversible", opina.
Los niveles del producto químico detectados en los pingüinos son demasiado bajos para tener efectos nocivos, pero la exposición continua a un cóctel de contaminantes orgánicos persistentes sí puede resultar problemática para la salud de las aves. El siguiente paso de los científicos es investigar si otros contaminantes están escapando de la cárcel de hielo en la que han estado encerrados durante decenios.
Como dice el refrán: hasta el 40 de mayo no te quites el sayo.
