La sangre de las almejas,
berberechos y mejillones es incolora.
Esto se debe a la falta
de pigmentos respiratorios en
las células sanguíneas de estos
animales.
La sangre humana es roja
porque los eritrocitos o glóbulos
rojos tienen en su interior el pigmento
hemoglobina, y el hierro
que éste contiene aporta la coloración
rojiza.

Célula sanguínea de ostra
En cambio, el pigmento respiratorio
de los cefalópodos (el
pulpo, por ejemplo), llamado
hemocianina, tiene cobre en vez
de hierro. Por eso la sangre de
los pulpos y calamares es de un
intenso color ¡azul!.

A pesar de ser tan distintos,
las almejas, berberechos y mejillones
de los que hablábamos al
principio están emparentados
con los pulpos y los calamares.
O sea, que proceden de un antepasado
común. De hecho,
pertenecen a la misma familia,
la de los moluscos. Los primeros
pertenecen a la clase de los
moluscos bivalvos, y los segundos
a la de los moluscos cefalópodos.
En el pasado, todos poseían
concha externa. Hoy en
día, los únicos cefalópodos con
esta estructura son los Nautiloideos,
que asoman los tentáculos
por su concha en forma de
caracola. En general, la concha
externa tendió evolutivamente a
ser cubierta por la piel del animal
y a disminuir de tamaño y
resistencia. Así podemos observar un primer estadio de este
proceso evolutivo en el sepión
de la sepia o choco, y un estadio
más avanzado en la pluma
del calamar. En el pulpo, esta
estructura desapareció completamente.
Posiblemente, los cefalópodos
desarrollaron con el tiempo
mecanismos de defensa y protección
(como la mimetización
con el medio o la expulsión de
tinta) más eficaces que la concha,
por lo que ésta perdió su
función y acabó siendo más un
estorbo que una ayuda. La selección
natural explica el resto
del proceso.
