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miércoles, 21 de octubre de 2009

Se cumple medio siglo de la concesión del Premio Nobel a Severo Ochoa. Su papel en la promoción de la Biología Experimental fue decisivo.

En los cincuenta del pasado siglo se configura el despegue de la Biología Molecular tal como hoy la conocemos. La Fundación Nobel anunciaba en Octubre de 1959 la concesión del galardón de Medicina o Fisiología a Severo Ochoa y Arthur Kornberg. Kornberg se había formado como enzimólogo en el laboratorio de Ochoa en los años cuarenta, cuando el científico asturiano ya había alcanzado una posición de liderazgo en la Bioquímica mundial. La amistad y mutua admiración y confianza, entre los dos nobel de 1959 permanecería de por vida. Transcurridos bastantes años después de la muerte de Severo Ochoa, Kornberg se refería a su figura en estos términos:

..."el recuerdo de Severo Ochoa como un gran maestro, inspirador de carreras de científicos, perdurará en la memoria de toda una legión de postdoctorales, doctorandos y colaboradores visitantes que se acercaron a él, desde todos los rincones del mundo, para a su retorno alcanzar posiciones de liderazgo, muchos en la nación española".
Arthur Kornberg. Remembering our teachers. J. Biol. Chem. 276, 3-11. 2001. Publicado como parte de la serie JBC Centenal 1905-2005. 100 years of Biochemistry and Molecular Biology.

Los testimonios entusiastas sobre lo que supusieron los largos años de trabajo entusiasmado en los laboratorios de Ochoa, en el Centro Médico de New York University, han sido realmente muchos. En la misma publicación expresa Kornberg que “mas que desplegar una inteligencia cegadora, Ochoa me enseñó que las cosas irían bien si perseveraba en la ética de la experimentación”.

Daniel Lane, otro brillante bioquímico que en sus comienzos llegó a competir con el propio Ochoa pero, con el tiempo, acabaría recibiendo una invitación para incorporarse a su lado, como profesor en Nueva York escribía a propósito del ambiente en el laboratorio de Ochoa:

"Hoy día hablamos con ligereza acerca del índice de impacto (las citaciones) como medida del valor de las publicaciones de cualquiera, sin embargo, lo que nos motivó fue el entusiasmo y satisfacción de hacer ciencia".
The biotin conexion: Severo Ochoa, Harland Wood and Feodor Lynen. J. Biol. Chem. 279, 39187-39194. 2004.

Severo Ochoa lidera uno de los grupos clave que, en los cincuenta y sesenta del pasado siglo, consolidan el triunfo de la Biología Experimental. No se puede entender esta etapa sin la aportación de varios científicos destacados, todos ellos compitiendo, en el mejor sentido de la palabra, por seguir proporcionando pasos decisivos para el avance. La Bioquímica de enzimas –gracias en buena medida al trabajo de Ochoa- había proporcionado infinidad de datos sobre cómo estas enzimas catalizan miles de reacciones químicas de las células. Pero, cabía aspirar entonces a una comprensión global, integrada, de los fenómenos biológicos en lo que tienen de valor general aplicable a todos los seres vivos. Elaboraciones teóricas, como la doble hélice de Watson y Crick (1953), o formulaciones posteriores como la de Jacob y Monod sobre el mensajero, o la propuesta de Crick de que el código genético se organizaba en tripletes, permitían avanzar explicaciones con esa vocación de interpretación global.

La lógica del avance investigador imponía verificar, comprobar, en definitiva demostrar –experimentalmente- la validez de muchas de estas formulaciones. Ochoa habría de estar presente, como uno de los protagonistas, en dos de esos momentos estelares del avance científico.

Uno es la demostración en 1955 de la síntesis de ácido ribonucleíco en el tubo de ensayo, empleando polinucleótidofosforilasa. Una enzima que se revelaría finalmente como una nucleasa, de poca significación biológica para la célula, que actuaba de forma reversible en el tubo de ensayo, cuando fue descubierta por Ochoa y Grumberg-Manago. Pero esta enzima poco después abría la carrera hacia una mejor comprensión de la vida in vitro.

El otro vendría de la mano ya de esos ácidos nucléicos que se lograban en el tubo de ensayo. La carrera contra el tiempo, en noble competencia, que tanto brillo ha dado al avance científico, hizo que en este caso fuera el joven investigador Marshall Nierember, en 1960, el primero que lograra la síntesis de una proteína bajo de dirección de un ácido ribonucléico mensajero sintético. Fue un experimento que cabe calificar de milagroso, los componentes de un extracto celular funcionaban concertadamente -con aporte de energía incluida- para sintetizar una proteína bajo la dirección de un mensajero artificial. Se identificaba el primer triplete del código genético (UUU-fenilalanina), empezaba una carrera en la que Ochoa -ya Premio Nobel- pronto logró notable ventaja y estableció la composición de otros muchos tripletes, el código genético en pocos años sería descifrado, gracias a esa nueva forma de experimentar.

La Biología Experimental triunfó con el desarrollo de la Biología Molecular, gracias a Ochoa y otros destacados científicos. El progreso posterior fue imparable, al abordar la comprensión, el control y la modificación del funcionamiento de los seres vivos. El avance en el conocimiento integrado de la información (ADN, ARN) y su relación con la funcionalidad (proteínas) fue decisivo.

Penetrar en la organización del mundo de lo vivo, en lo que tiene de común para todos, fue el gran tema que entusiasmó a Ochoa a lo largo de toda su vida, su fecunda vida de investigador. Este año, acabamos de ver cómo la fundación sueca distingue con el Nobel de Química avances acordes con el descubrimiento de estructuras biológicas, en función de lo que posibilita la experimentación al nivel, en este caso, no ya de las moléculas sino de los átomos. Resolver la estructura detallada de los ribosomas, las factorías celulares donde se producen las proteínas, ha sido reconocido con el preciado galardón de este año. Es de justicia recordar el trabajo pionero del Nobel asturiano. Tras contribuir a descifrar el código genético, dedicó muchos años a entender el funcionamiento de los ribosomas para la síntesis de las proteínas.

La Biología experimental hoy recorre un camino en buena medida opuesto al de otras épocas, pero con el mismo propósito. De los datos sobre componentes biológicos aislados, en el tubo de ensayo, a la integración de sus propiedades en las células, tejidos y órganos. Vamos a un conocimiento que entusiasma, como entusiasmó a Severo Ochoa, pero desde ahí a conocer las enfermedades y la salud, para avanzar en la calidad de vida. La Biomedicina de hoy es tributaria del esfuerzo y la imaginación de científicos como Severo Ochoa. Sigamos entendiendo su propuesta para España, avanzar en el conocimiento puede ser una gran meta para nuestra nación. www.carmenyseveroochoa.es

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lunes, 07 de septiembre de 2009

La crisis económica limita las inversiones en I+D y dificulta emprendimientos innovadores o los pospone, son problemas coyunturales que hay que superar. Sin embargo, nuestro sistema sigue aquejado de problemas estructurales, fundamentalmente la baja inversión, pública y privada (seguimos en el 1,27% de esfuerzo), así como los cambios continuos en la organización de la gestión pública.


La largamente constatada necesidad de un cambio de nuestro modelo productivo para conducirlo por la senda de la innovación tecnológica, es la única forma de aspirar a un desarrollo más acorde con el país que pretendemos ser. Sin embargo, ejercicio tras ejercicio, seguimos constatando demasiadas limitaciones para alcanzar unas metas razonables. No es que no haya habido avances sino que han sido claramente insuficientes. De ahí que, en muchas circunstancias, las coyunturas lastren el progreso necesario, al tiempo que nuestro sistema de innovación sigue encontrando obstáculos, no coyunturales, sino debidos a desaciertos en su organización y gestión.

Ahora mismo, cuando vivimos uno de los momentos más delicados y difíciles de nuestra economía, es cuando más lucidez hace falta para analizar qué es coyuntural, debido a circunstancias pasajeras, y qué es estructural, y por tanto demanda correcciones urgentes. Un ejemplo de lo coyuntural es la contracción de las inversiones de capital-riesgo en Biotecnología, que complica la vida a nuestro sistema de empresas de este sector, de notable crecimiento en años recientes. El negocio biotecnológico continuará como un sector de alto valor añadido, aun requiriendo ajustes y adaptaciones que el mercado va a imponer. Mientras tanto, las grandes compañías farmacéuticas, cuyo modelo de desarrollo está necesitado de un cambio importante, se han de plantear nuevas estrategias, incluidas las de su relación con las compañías de pequeño tamaño como base para el inicio de los procesos de innovación que conduzcan a productos y procesos novedosos. No tendría sentido cejar en el empeño por el avance de este sector que, en España, es real, cuenta con una comunidad de investigación básica muy activa y necesita sobre todo de nuevos esfuerzos.

Sin embargo, es más urgente que nunca superar los problemas estructurales del sistema español de innovación. Sus fundamentos están claros hace tiempo, lo que no aflora es la voluntad política para resolverlos. El último informe Cotec, tan abundante en datos e indicadores como de costumbre, ofrece muy pocos motivos para el optimismo en su versión 2009. Las ventas españolas de productos de alta tecnología han descendido en los dos últimos años, como también ha empeorado nuestra tasa de cobertura en este aspecto. La agregación de un conjunto de indicadores y la valoración de tendencias daba lugar a un índice sintético Cotec que hace prever un deterioro del sistema español de innovación en los próximos tiempos. No nos podemos permitir el lujo de aflojar en los esfuerzos por mejorar un sistema de innovación que está aun alejado de sus objetivos. Nuestra inversión en I+D (1,27% del PIB) sigue estancada en un crecimiento insuficiente que nos aleja de la media europea, nos mantiene a distancia astronómica de los países más activos y por debajo incluso de algunos estados de la Europa del Este, de reciente acceso a la unión Europea. Con los presupuestos de los últimos dos ejercicios, de menor crecimiento que en los inmediatamente anteriores, no es difícil predecir que nuestro próximo indicador de esfuerzo en I+D no va a superar el 1,3% del PIB, cuando el objetivo de la anterior legislatura se había situado en llegar holgadamente al 2%.

Solo una política tenaz, basada en acuerdos de Estado, que identifiquen el avance en este terreno como la prioridad fundamental, puede hacer que superemos una situación a todas luces insatisfactoria. Porque aumentar el esfuerzo español en I+D, en los niveles requeridos, sólo puede ser posible con una asignación suficiente de recursos públicos que sirva para movilizar los recursos privados en mayor cuantía. La reducción de otros muchos gastos innecesarios es fundamental para canalizar la inversión en ese esfuerzo de investigación, desarrollo e innovación. Pero, en lo referente a la organización de la gestión pública del sistema de I+D seguimos constatando demasiados bandazos en la organización, que nada ayudan a gestionar un esfuerzo que debe ser creciente y ordenado.

Hay muchas formas de organizar la gestión pública de la I+D+i, ninguna infalible ni obligada. Sin embargo, los cambios continuos solo sirven para disipar esfuerzos. En ocho años y con diferentes administraciones hemos pasado de centralizar la gestión estatal de la I+D en un solo ministerio, de Ciencia y Tecnología, a recuperar el clásico departamento de Educación y Ciencia, junto con otro de Industria, para cambiar de nuevo a un ministerio de Ciencia e Innovación (que incluía universidades) y estaba flanqueado por departamentos de Industria y Educación (sin universidades). Tras apenas un año con este esquema organizativo, al departamento de Ciencia e Innovación se le suprimen las competencias universitarias, sin que la razones aparezcan con claridad. Mientras tanto, a la escasez de esfuerzo global en I+D, añadamos que nuestro sistema no logra retornos para investigación de los programas de la Comisión Europea ni siquiera en cuantía que compense nuestra aportación –somos financiadores netos- que seguimos necesitados de un verdadero impulso para la Universidad y que la gestión de nuestros OPIs deja mucho que desear. Todo un panorama de dificultades que superar, lo que sólo será posible a base de esfuerzo y gestión inteligente.

César Nombela

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domingo, 05 de octubre de 2008

La elaboración de una nueva ley de la Ciencia debe ser una oportunidad más para el avance de nuestro sistema de Ciencia y Tecnología, así como de su proyección en el sistema productivo y en la sociedad. Hace mucha falta esa mejora, las grandes cifras que cuantifican nuestro esfuerzo en este terreno siguen siendo altamente insatisfactorias. A no ser que alguien piense que estar en el 1,2% del PIB en inversión en I+D, con una aportación a partes iguales del sector público y el privado, se puede valorar como una situación adecuada. Aparte de las cifras globales, creo que cabría hablar de otros muchos aspectos cualitativos necesitados –más, si cabe- de una mejora.

 

Habrá tiempo de valorar los borradores y las propuestas que se presenten, pero sí caben algunos comentarios de urgencia. En mi caso, vengo abogando por una actualización de la vigente Ley de Fomento y coordinación General de la Investigación Científica y Técnica, aprobada en 1986 con un amplio consenso, de gobierno y oposición, y que ha sido, a mi juicio, uno de los mejores textos legales de la democracia. Ya en agosto de 2001, en una Tercera que publiqué en ABC, afirmaba:

 

……… es muy oportuno plantear la posible modificación de esta ley [la de 1986], no sólo para corregir las deficiencias observadas sino principalmente para configurar el marco legal que el momento demanda. Los últimos veinte años han supuesto un incremento notable de nuestra actividad investigadora. La proporción de la investigación mundial que España produce se ha multiplicado casi por tres, al tiempo que la visibilidad de nuestra ciencia se incrementaba notablemente cobrando una significativa dimensión europea.

 

A pesar de todo, sigue pendiente para nuestro país el logro de metas importantes, como un mayor impacto científico (calidad) y una mayor rentabilidad de nuestra investigación (transferencia de resultados para la innovación industrial). Sólo las sociedades que apuestan por el avance de la ciencia y la tecnología pueden aspirar a ser dueñas de sus destinos, en un mundo integrado en el conocimiento representa el principal activo. Para nosotros conquistar las metas deseables en I+D sigue siendo un problema de ambición. Los logros pendientes, se nos seguirán escapando si el conjunto de la sociedad española no aumenta el esfuerzo en recursos invertidos en I+D, para alcanzar ese 2% del PIB desde menos del 1% en que todavía estamos. Es muy importante que el compromiso que supone la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología se materialice pronto en indicaciones de que estamos en esa línea.

 

Son varios los aspectos que a mi juicio demandan el abordaje de una nueva ley que encauce la actividad de I+D en España. Igualmente esencial es su articulación con otros ámbitos legislativos como el la ley de universidades o las normas sobre función pública. De lo contrario será preciso recurrir cada año a pequeñas reformas a través de la ley anual de medidas de acompañamiento de los presupuestos generales del Estado. Pero ningún aspecto es de tanta relevancia como el que concierne a los recursos humanos y al desarrollo de la carrera científica, que es por donde se han manifestado con mayor crudeza las insuficiencias del sistema.

 

Debe quedar claro que sin unas políticas adecuadas, de poco servirá cualquier ley que se apruebe, pero ésta debe propiciarlas y hacerlas eficaces. La Ley de 1986 fue buena porque aportó avances sustanciales en la organización de nuestro sistema científico, planteando su organización de acuerdo con las previsiones de la Constitución de 1978. Nuestra Carta Magna establece claramente que la Ciencia es una “cuestión de Estado” consagrando el fomento y la coordinación de la investigación científica y técnica como una competencia estatal exclusiva. Pero sin excluir que las comunidades autónomas puedan tomar iniciativas de investigación, en concurrencia con las nacionales de lo que puede derivar una eficaz cooperación. Al establecer el Plan Nacional, y su articulación, la Ley de la Ciencia propició una organización adecuada de diversas tareas esenciales en la política científica de cualquier país. Desde el establecimiento de prioridades, hasta la evaluación científica. Con esta Ley nuestro sistema científico ha vivido una expansión y una consolidación, un significativo avance que, a día de hoy, nos permite entre otras cosas constatar qué es lo que nos falta para llegar a una satisfacción satisfactoria.

 

También la Ley del 86 también supuso una mejora notable de los sistemas de gestión –organizativa y económica- de la investigación. Bastaría con analizar, por ejemplo, lo que supuso para el CSIC la posibilidad de gestionar, el presupuesto específico de proyectos, con una flexibilidad y adecuación a los objetivos investigadores inédita hasta entonces. 

 

Superada esa etapa, con un sistema científico que aporta el 3% de la producción mundial, pero con todas las escaseces y deficiencias que lo caracterizan, confiemos en que el debate que acaba de abrir el Ministerio de Ciencia e Innovación permita producir un buen texto legal. No dudo de que una nueva Ley de la Ciencia deba tener impacto en todo el sistema científico; como las universidades producen más del 60% de la investigación española, es imprescindible fomentar la excelencia investigadora de la Universidad. No soy el único que piensa que la última reforma universitaria, de la anterior legislatura, no supuso ningún avance. Por ello, la posibilidad de que los criterios y exigencias sobre la investigación supongan una directriz fundamental para la gobierno de la Universidad debe ser uno de los objetivos de la Ley. Está en juego la mayor apuesta de futuro que tiene nuestra sociedad: producir conocimiento para bien de los ciudadanos, entendiendo ese bien en toda la extensión de la palabra.

 

César Nombela     

 


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martes, 23 de septiembre de 2008

A pesar de la intensa promoción de la cultura científica, que se lleva a cabo en las sociedades desarrolladas, creo que no podemos estar satisfechos, ni en España, ni en otros países europeos, de la forma en que se está produciendo el acceso a la Universidad, en carreras de Ciencias. Festivales científicos recientes celebrados en Nueva York, Génova, Barcelona, etc. ilustran el compromiso de administraciones, sociedades científicas e instituciones educativas por acercar la Ciencia a la Sociedad. De hecho, todos los programas científicos gestionados por las administraciones tienen su subprograma que incluye recursos importantes para este propósito. En Madrid, tenemos dos acontecimientos anuales de verdadero lujo, en primavera, la Feria Madrid por la Ciencia, en otoño, la Semana de la Ciencia (que dura más de dos).

Sin embargo, los resultados de esta promoción científica inducen al pesimismo cuando uno constata, por ejemplo, el acceso a la Universidad en las carreras científicas y técnicas. Si analizamos la preferencia de los estudiantes o las notas requeridas para la admisión en distintas facultades y escuelas, año tras año, podemos constatar que la elección ni es la más favorable para el despegue científico al que aspiramos en España, ni parece estar basada en una auténtica orientación vocacional, ni influida por el desarrollo de las capacidades propias.

Los datos más recientes, ya de este año 2008, son particularmente preocupantes, pero más preocupante es la inacción de los responsables educativos de los gobiernos para corregir este problema. Veamos lo que ocurre. Para ingresar en facultades de Ciencias, tan esenciales para el progreso de un país, como las Matemáticas, la Química, la Física o la Geología, ha bastado la nota mínima de 5 habiendo quedado vacantes un buen número de plazas. Procede constatar que en muchas de estas facultades, especialmente en universidades bien consolidadas, como la Complutense, las autónomas de Madrid o Barcelona, las de Barcelona, Zaragoza, Valladolid, Oviedo, Valencia, Granada, Sevilla, Santiago de Compostela, Alcalá y otras muchas, enseñan e investigan profesores y grupos de científicos con notable liderazgo y proyección internacional en estos campos. El potencial que ofrecen todos estos grupos españoles, para el progreso científico que tanto necesitamos en España, como base de la prosperidad económica y social, será en parte desaprovechado. Muchas plazas en Ciencias básicas quedan libres, mientras que las carreras no atraen a un grupo importante de los mejores candidatos.

La Biología, como carrera, en algunos casos ha precisado nota más alta que la mínima, pero no faltan ejemplos en que también se pudo acceder con la calificación más baja de las otorgadas en la selectividad.

Se podría pensar que hay una preferencia por las carreras técnicas, en aquellos que se orientan por las Ciencias. Sin embargo, tampoco es nada brillante la situación. Excluyendo el caso de la Arquitectura, que ha tenido demanda elevada, y, en parte la Ingeniería Industrial, muchas ingenierías –incluida la otrora altamente demandada de Telecomunicación- también han tenido un acceso con nota mínima. Además, vuelve a constatarse la paradoja de que, a veces, en algunas universidades, el acceso a la ingeniería técnica ha requerido puntuación más alta que a la ingeniería superior. Constatemos igualmente que algunas diplomaturas, como la de Nutrición y Dietética o las más especializadas en campos de Educación, han requerido mayor nota que licenciaturas relacionadas, otra paradoja.

Los campos de Ciencias de la Salud (Medicina, Veterinaria, Farmacia, Enfermería) siguen acaparando la máxima atención, muy en especial la carrera de Medicina, que, a pesar de una mayor oferta de plazas en el país, ha elevado de manera notable su nota de corte en la presente convocatoria ¿Cabe pensar que en conjunto los estudiantes de mayor rendimiento tienen una vocación decidida por la Medicina? Ciertamente no, se trata de un aspecto más de la distorsión, que ningún beneficio produce al futuro de nuestra sociedad. Otro aspecto nada halagüeño es la evolución de las nuevas titulaciones introducidas en tiempos recientes; casi todas surgen como una novedad atractiva, para declinar en poco tiempo. Para diversas modalidades de la Ingeniería Informática o para la licenciatura en Ciencias Ambientales, ha bastado la nota mínima en todas partes. Por otro lado, la licenciatura en Biotecnología, de implantación reciente y limitada hasta ahora a pocas universidades, ha supuesto niveles de nota próximos o más altos que los de Medicina. Las ofertas de esta carrera vienen de facultades que imparten otra titulación, normalmente Biología, que comparten el mismo profesorado, por lo que la exigencia elevada no cabe atribuirla sino a la novedad, es de suponer que no se mantenga en breve plazo.

El acceso a las carreras científicas y técnicas en España está necesitado de una profunda revisión, que debería comenzar por una orientación basada en la capacidades de cada cual. No todos están dotados igualmente para las Ciencias, las Letras o las Ingenierías. De poco va a servir elegir por modas o por otros motivos que no sean la mejor capacitación y motivación. Las causas de las elevadas tasas de fracaso y abandono hay que buscarlas, en parte, en esta elección distorsionada. Difícilmente llegará el despegue científico  técnico que España necesita con esta estructura del acceso a los estudios superiores. Cuando afrontamos una crisis económica, que a todos preocupa, tal vez es el momento de asentar las bases de un progreso auténtico: comienza en la educación.

César Nombela    

 


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lunes, 28 de abril de 2008

La mayor parte de los medios se ha hecho eco del décimo aniversario del vertido de la mina de Aznalcóllar en Andalucía. La emergencia ponía al entorno del Parque Nacional de Doñana en el punto de mira de todo el mundo; la riada, que arrastró millones de toneladas de lodos de color negro, cubrió kilómetros de cauce del río Guadiamar, así como los terrenos circundantes, incluyendo tierras de cultivos agrícolas, que se cubrieron igualmente de materiales de color negro. Muchas de las imágenes que hoy se han reproducido (se pueden consultar en la página de CSIC, www.csic.es) dieron la vuelta al mundo, lo que no contribuía precisamente al prestigio de nuestro país. Todo ello es ya historia, en muchos casos bien documentada a través de publicaciones científicas producto del seguimiento que muchos investigadores llevaron a cabo. La revista internacional Science of the Total Environment llegó incluso a dedicar un número monográfico a estas investigaciones, con lo que todo el mundo puede tener acceso a datos fiables acerca del vertido.

La transformación química de los materiales almacenados en la balsa siniestrada, en donde se acumulaban como residuos de una actividad minera que implicaba su molienda y pulverización, determinaba ese aspecto negro, de unos lodos mineros tan abundantes en sulfuros metálicos. Con ello, el accidente adquiría unos tintes verdaderamente dramáticos, a pesar de que lo que se había derramado eran materiales autóctonos, propios del mineral abundante en la zona. Eran muchas las preguntas que suscitaban los lodos desparramados a lo largo de muchos kilómetros cuadrados. Cuál era su composición química y su previsible evolución en las tierras y aguas en las que se esparcieron. Qué consecuencias podía tener el vertido para los ambientes a los que accedió, así como para los seres vivos de un entorno natural protegido y para la salud de la población. Cómo abordar la limpieza y, en su caso, la restauración de los lugares afectados. Eran interrogantes que podían tener una respuesta científica, por lo que urgía ponerse a trabajar en los organismos que podía dar respuesta.

También era grande la tentación de opinar acerca de las consecuencias de todo ello y no faltó quien lo hizo sin mucho conocimiento de causa. Además, tal como ocurre siempre una y otra vez, los responsables políticos, presionados para dar cuenta de lo que ocurre, se encuentran ante múltiples tentaciones. Entre ellas: minimizar la importancia de lo ocurrido, pero evitar que les puedan acusar de ocultación de peligros; señalar los riesgos, pero controlar las alarmas excesivas; asegurar que en su ámbito de responsabilidades todo se hizo correctamente, pero acusar a otros cargos o administraciones de negligencia, sobre todo si estos son de distinto signo político.

Así son las cosas. En aquellos momentos, en el CSIC decidimos abordar la respuesta al interrogante fundamental, cuál era la realidad del vertido tal como lo podíamos estudiar desde el punto de vista científico. Como Presidente del CSIC en aquellos momentos, tenía muy presentes otras situaciones anteriores –como la del síndrome del aceite tóxico, de la primavera de 1981- en las que la voz de los científicos quedó oscurecida por una pugna política extraordinariamente radicalizada. Lo primero era conocer la valoración de los científicos expertos, lo que nos llevó a reunir a un comité de científicos del organismo, basado en los expertos de la Estación Biológica de Doñana. Pronto se disponía de otras muchas colaboraciones de fuera de la institución, para hacer un seguimiento de la emergencia e informar a la opinión pública y a las administraciones de qué ocurría, y de las medidas correctoras más aconsejables.

Hace pocos días resumí mis impresiones de todo esto en el artículo “El sistema periódico derramado”, anexo a este blog. No repetiré esas valoraciones, pero sí creo necesario insistir en la necesidad de una información científica fiable en situaciones de emergencia. Es seguro que habrá debate y cruce de argumentos sobre la responsabilidad política. Pero sólo una presentación científica de los hechos reales –los demostrados y los probables- puede serenar los conflictos, además de ofrecer una referencia fiable para la opinión pública. Desde la tragedia que supuso el aceite de colza adulterado, con sus consecuencias mortales o gravemente patológicas para muchas personas (no hay parangón por su gravedad), pasando por Aznalcóllar, las vacas locas y el Prestige, han sido muchas las situaciones. Pero, la conclusión sigue siendo clara: los datos fiables, explicados por expertos son la clave. Sin ellos, los políticos pueden ser creíbles para sus partidarios, mientras que sus detractores suelen encontrar más razones para combatirlos. A día de hoy, en relación con lo que parece una crisis menor, seguimos sin saber lo primero que ha debido ser determinado, es decir, la naturaleza del hidrocarburo que adultera algunas partidas de aceite de girasol. Sólo desde esa información, cuya determinación está al alcance de tantos laboratorios en España, cabe construir un mensaje sobre el alcance de la emergencia y las medidas que cabe tomar para atajarla.   

César Nombela 

 


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jueves, 21 de febrero de 2008

La I+D, un objetivo nacional, sin necesidad de citar sin conocimiento de causa

 

Apenas estrenado el blog, me preguntan si en conciencia es rentable investigar en España. Naturalmente que lo es. Ningún país puede renunciar a crear conocimiento en el mundo actual, eso es obvio. Pero, la polémica sobre la Ciencia en España tiene raíces muy profundas, que se hunden en el pasado precisamente en situaciones de análisis y reflexión sobre nuestro propio ser nacional, en todos los aspectos. No cabe aquí un análisis exhaustivo, pero sí que quisiera hacer referencia a alguna cuestión no demasiado lejana en el tiempo. Me refiero a la famosa frase atribuida a Unamuno “que inventen ellos”, tan citada por muchos con poco conocimiento de causa. Es frecuente referirse al aserto del pensador vasco como si fuera una proclama que en España prendió y fue asumida a modo de mandato de cumplimiento inexcusable. Nada hay de eso. En uno de los ensayos unamunianos (El pórtico del templo. Salamanca 1906), algo parecido a esa propuesta forma parte de un supuesto diálogo entre dos personajes, Román y Sabino, que representan dos posturas, incluso dos visiones que pueden pugnar en uno mismo sobre el valor de las cosas tangibles y la importancia de las cuestiones del espíritu:

 ROMÁN – ¿Que nada hemos inventado? Y eso, ¿que le hace? Así nos hemos ahorrado el esfuerzo y ahínco de tener que inventar, y nos queda más lozano y más fresco el espíritu ...

SABINO – Al contrario. Es el constante esfuerzo lo que nos mantiene la lozanía y la frescura espirituales. Se ablanda, languidece y desmirria el ingenio que no se emplea ...

ROMAN – ¿Que no se emplea en inventar esas cosas?

SABINO – U otras cualesquiera ...

ROMAN – ¡Ah! ¿Y quién te dice que no hemos inventado otras cosas?

SABINO – ¡Cosas inútiles!

ROMÁN – ¿Y quien es juez de su utilidad? Desengáñate: cuando no nos ponemos a inventar cosas de esas, es que no sentimos la necesidad de ellas.

SABINO – Pero así que otros las inventan, las tomamos de ellos, nos las apropiamos y de ellas nos servimos; ¡eso sí!

ROMAN – Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.

SABINO – Acaso mejor.

ROMÁN – No me atrevía a decir yo tanto...

SABINO – Pero ellos, ejercitando su inventiva en inventar cosas tales, se ponen en disposición y facultad de seguir inventando, mientras nosotros...

ROMAN – Mientras nosotros ahorramos nuestro esfuerzo.

SABINO – ¿Para que?

ROMÁN – Para ir viviendo, y no es poco.

Unamuno volvería sobre el asunto en su correspondencia con Ortega y en el libro “Del sentimiento trágico de la vida”, en donde se formula la pregunta ¿Se hizo el hombre para la ciencia o se hizo la ciencia para el hombre? Todo ello después de haber abogado también por una auténtica apertura a Europa como la opción para España. Así de paradójico podía resultar el que fuera rector salmantino. Cabe naturalmente mucho debate sobre sus ideas y sus aportaciones a las preguntas básicas que el hombre puede hacerse sobre su propia existencia; de hecho entre los dos interlocutores hay también propuestas del valor de la invención que aquí podríamos extender a toda la práctica científica. Pero, yo me atrevo a proponer que se deje la cita de marras como arranque de cualquier discurso, intervención o comentario sobre la I+D en España. Nuestro análisis debe dar para bastante más.

 

Los puntos de referencia de la cuestión, a día de hoy, ni siquiera son los mismos que hace diez años. El sistema de I+D en todo el mundo ha ido evolucionando, aumentando en su envergadura y modificando sus prioridades; lo que hoy tenemos que hacer, para llegar al nivel que nos corresponde es distinto. De hecho hace falta más esfuerzo, porque los demás no se paran. De lo que no cabe duda es de que seguimos sin interpretar bien qué significa rentabilidad de la investigación, ni de que muchos siguen pensando que sólo vale la pena el esfuerzo si la rentabilidad –rendimiento económico se entiende- está garantizada. Pues bien, creo que se mire como se mire, hay todo tipo de razones para postular que es rentable, desde todos los puntos de vista. Si queremos aterrizar en lo económico, no podemos perder de vista nuestro déficit exterior que se agrava a medida que avanza la crisis económica que ya tenemos encima. El aumento de la productividad y el avance competitivo no pueden venir de otra cosa que del conocimiento (educación + investigación). Como tantos investigadores creo que es preciso diseñar bien las prioridades científicas, pero que la primera prioridad es la Ciencia como tal. Víctor, en este blog, insiste también en la necesidad de un apoyo social, que cristalizara en demandas por parte de la propia opinión pública de un esfuerzo mayor por nuestra parte. Así es a mi juicio. Ahora, en pleno proceso electoral, conviene que la demanda se plantee nítidamente a quienes aspiran a gobernar. Como en la investigación lo fundamental es hacer bien las cosas, conviene desterrar la forma desenfocada y tópica en que se presenta la cita unamuniana aquí comentada. Pero, igualmente necesario es evitar proclamas sobre supuestas medidas de apoyo a la investigación que no van más allá de planteamientos propagandísticos.

 

César Nombela    


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martes, 12 de febrero de 2008

Vivimos momentos clave para el avance científico. La tarea de quienes se ocupan del progreso del conocimiento, en todo el mundo, es inacabable. Porque, las preguntas que la investigación es capaz de responder propician siempre nuevas interrogantes. Las conjeturas de algunos acerca de lo que queda por saber, como si ya se pudieran inventariar por completo los territorios que el conocimiento puede alcanzar en un futuro, tal vez no lejano, me parecen que no pasan de eso, conjeturas. Soy de los que están convencidos de que la Ciencia nos seguirá deparando nuevos avances, hallazgos sorprendentes y, sobre todo, nuevos itinerarios por los que transitar en busca de claves sobre la realidad, las claves que aun permanecen desconocidas. En cualquier caso, entiendo que está bien el análisis de lo que aun está por conquistar para el conocimiento humano. Se trata de una reflexión que creo necesaria y productiva.

Pero la tarea científica, aquí y ahora, en España y en el mundo, tiene también una vertiente absolutamente tangible, que hace referencia a nuestro día a día en la investigación, y en lo que ésta representa para nuestra sociedad. Es imposible sustraerse a considerar el estado real de nuestro sistema de Ciencia y Tecnología. Todo ello nos conduce a una enorme cantidad de facetas: desde las circunstancias en las que se puede desarrollar una carrera de científico o de tecnólogo, en nuestro ambiente, hasta la organización de los programas de la investigación o la gestión de las políticas científicas. Son temáticas que requieren una valoración continua, por lo que demandan un debate mantenido, como única forma de favorecer las acciones que realmente necesita nuestro sistema de Ciencia y Tecnología.

Descendiendo, por tanto, a las cuestiones más tangibles, me parece esencial formular algunos planteamientos como base para una valoración profunda, libre y constructiva de nuestro sistema científico:

-          Nuestra actividad de I+D está aun lejos de los niveles de esfuerzo que requiere un país como el nuestro. No cabe duda de que ha habido un despegue claro en los últimos treinta años, con un crecimiento sostenido aunque irregular. Pero, no es menos cierto que nos falta un segundo despegue que no acaba de llegar. La legislatura actual acabará, en poco más del 1,25% de inversión en I+D como porcentaje del PIB a finales de 2007. Muy lejos del 2% prometido por el Gobierno, y a años-luz del 3% que era el objetivo de 2010. Nuestro déficit tecnológico no deja de crecer. En conclusión, hace falta mucho más esfuerzo y otra gestión. Reformas importantes en universidades, OPIs, etc.

-          Como en tantas otras cuestiones, en la valoración y la crítica de todo lo relacionado con la I+D, estamos excesivamente condicionados por la “corrección política”. Lo políticamente correcto puede ir cambiando, pero no deja de ser siempre un intento de imponer un pensamiento único. Hay demasiadas cosas que parecen intocables.

-          Necesitamos profundizar más en el marco de referencias éticas para la investigación. La Bioética está de actualidad porque abarca muchos de los nuevos dilemas éticos y, sobre todo, porque las intervenciones sobre la vida humana son cada vez más factibles en la tarea actual. Pero, hace falta plantear con amplitud un marco de valores en los que encajar la tarea científica. La Ética científica, y en concreto la Bioética, son con frecuencia terrenos de debate, también de discrepancias y de cruce de argumentos enfrentados. Entiendo, no obstante, que las propuestas se han de formular con claridad. Y considero que el mayor sesgo, con frecuencia, se produce en lo que es el propio origen de las cuestiones sobre las que hay que discernir, es decir, en una valoración poco rigurosa de los hechos científicos objeto de análisis. El punto de partida –esa creo que es la aportación fundamental de los científicos- debe ser, precisamente, un planteamiento riguroso de las hipótesis científicas y de su viabilidad, para después analizar su validez desde el marco ético. Se trata un largo camino para nuestra sociedad actual; yo creo que puede ser productivo y que, además, la ética no debe entenderse como una lista de prohibiciones, sino como un marco fundamental para que la dignidad humana sea la referencia esencial.

Trabajar por y para la Ciencia es una tarea muy seria, algo que sólo cabe hacerlo a conciencia. Trataremos de servir a ese objetivo, desde este rincón de la red.     

César Nombela


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