Fábula del Cambio Climático
Érase que se era una vaca. Pero no una vaca cualquiera, ¡no vayan a pensar!, era una vaca feliz, una vaca bonita como pocas, una vaca muy saludable. Pero como no todo en esta vida es perfecto, un mal día la vaca se infectó de reznos, larvas diminutas de una clase de mosca llamada “Hypoderma” que se alimentan de carne. Aun así las larvas eran pocas y como digo, pequeñas, así que vaca y larvas podían vivir en paz.
Sucedió entonces que las larvas empezaron a multiplicarse. Estos parásitos aumentaban y aumentaban, y sin embargo la vaca, claro, seguía siendo la misma.
Poco a poco se ponía en evidencia la ley de Malthus, que dice que los alimentos crecen en razón aritmética, en tanto que las bocas se multiplican en razón geométrica. Por eso, ocurrió en no mucho tiempo, que la piel de la bonita vaca se llenó de pústulas. Heridas que indicaban la presencia inequívoca de los parásitos. Aun con todo, la vaca mantenía por lo demás su peso. Tenía mucha carne de sobra y continuaba alimentándose bien.
Fue entonces cuando una cosa sorprendente vino a suceder: algunas larvas sufrieron una mutación genética y pasaron a crecer no sólo en número, sino también, y esto es lo más extraordinario, en tamaño.
Crecían y crecían, haciéndose cada vez más grandes y con ello su voracidad se tornaba cada vez mayor. Las larvas más pequeñas miraban con envidia a las larvas grandes y trataban de comer más y más para crecer ellas también. Así que el cuerpo de la pobre vaca pasó a ser un banquete desenfrenado de crecimiento larvario, donde la única consigna a la que respondían los parásitos era su necesidad de crecer, ser grandes y poderosos.
Pero, amigos, la vaca no crecía, al contrario, de ser tan comida comenzó a perder y perder peso. Su salud se resentía por momentos y cayó gravemente enferma. Estaba, como se suele decir, en los huesos. Las larvas nada sabían sobre la vaca en que habitaban. Para darse cuenta hubiera sido preciso verla desde fuera, y las larvas estaban dentro, y muy ocupadas en comer, por eso no se daban cuenta de que su voracidad estaba acabando con la vaca.
Y sucedió lo inevitable: la vaca murió. Y con ella murieron las larvas.
Tan poco natural la muerte de tan grande animal motivó que le practicaran la autopsia. El forense no tardó en dictaminar que la causa de tan fatal suceso no fue otra que unas larvas excepcionalmente grandes, bien nutridas, tanto que algunas de ellas era fácil distinguirlas de las demás por su obesidad.
Y colorín colorado… Fin del relato.
Sentimos que el final no sea feliz, que la historia sea triste, que nadie se hubiera dado cuenta de qué estaba pasando con aquella bonita vaca. Pero así son las cosas y así se cuentan.
Hoy, el Blog Action Day se dedica al Cambio Climático. Algunos educadores, ecologistas y científicos vienen sugiriendo que nuestro planeta está vivo. Bonito y feliz, pero enfermando. Como la vaca. Y en esta metáfora, nosotros, los humanos, con nuestra forma de vida y nuestra voracidad insaciable a la que llamamos desarrollo, somos los parásitos que estamos devorando la Tierra, nuestra morada, nuestra vaca.
Los profundos cambios que están afectando al clima: las emisiones de dióxido de carbono, la polución atmosférica, toda clase de vertidos y contaminación de las aguas, el deshielo de los glaciares, las catástrofes naturales que acontecen con una intensidad cada vez mayor… son heridas pustulentas en la piel de nuestro planeta, son los estertores de una Tierra desangrada y descarnada por la ambición voraz de quienes la parasitan.
El final de esta otra historia lo escribiremos entre todos. Que cada uno escoja el tipo de letra que quiera, que cada uno piense cómo le gustaría terminarla. Pero cuidado, permitidnos una pequeña reflexión: Cuando lo que está en juego es la salud de la vaca ¿se puede confiar ésta a los reznos?
Basado en una historia (im) popular de tantas como circulan por ahí, no se sabe si recrea hechos reales o no, aunque lo preocupante es más bien que los vaticine.
Javier Pariente Alonso
DIRECTOR C.F.A LA CHIMENEA