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Otras formas de contaminación: Tóxicos

Enviado el miércoles, 26 de noviembre de 2008 20:17

TÓXICO, CA  adj y m. Biol. Dícese de las sustancias que matan o dañan las células de los organismos, como los venenos y las toxinas.

El descubrimiento,  y pertinente sustantivación, por parte  los científicos del Capital Humano, de gérmenes  altamente tóxicos que afectan de manera malsana, perversa e insalubre a los organizaciones de trabajo,  suponen un gran paso en el avance hacia el hallazgo de vacunas y tratamientos efectivos. El ahora bautizado labor toxicus (empleado tóxico), recientemente puesto en evidencia, crece y se desarrolla entre los humanos parasitando en ambientes laborales donde se camufla con facilidad. Patógeno para el resto de los trabajadores, algunos de los cuales pueden ser fagocitados con suma facilidad  en cuanto entran en su campo de acción, es potencialmente muy peligroso por cuanto  ataca con especial virulencia a sufridos jefes, mandos y directivos en general. Presenta como propiedad característica, aunque no única,  la de provocar constantes conflictos en el ámbito del ecosistema de la organización laboral.

Por el número de individuos a los que afecta, el 92% de los jefes, según estudios de la consultora Otto Walter elaborado en España en 2007, nos enfrentamos a una epidemia extremadamente activa y procaz.  Pertenecen a esta misma especie, mutaciones significativas -por lo indignante de sus comportamientos-, entre las que podemos encontrar, siguiendo libremente el estudio Walter:

1.       "Incansabile  conflictus provocator” ,  vulgo, El Gallo de Morón, cacareando y sin plumas. Nada menos que el 90% de los directivos  reconocen  haber tenido que lidiar  con esta tipología caracterizada por  generar  una y otra vez situaciones desesperantes. En palabras de A. Machado  nueve de las diez cabezas.

 

2.       Escaqueum sumum holgazanibus apaticus”.  También conocido como Escurrebultos. Se diferencia del resto de sus hermanas por presentar  una sintomatología de lo  más irritante, esto es,  la vagancia y un desvergonzado escaqueo, que lacera poco a poco, y casi sin darse cuenta,  sádicamente al grupo. Holgazán, vago y remolón.  

 Si como indica en el informe de la citada consultora  su presidente,  la estabilidad de una organización o institución  depende de que el equipo rinda a alto nivel para de  ese modo rentabilizar al máximo los costes, cosa que sabe bien cualquier directivo, y la mayoría de los trabajadores, entenderemos la peligrosidad de este segundo tipo al conocer que un 62% de los jefes declara que ha tenido que enfrentarse a estos especímenes

Aparentemente el tratamiento es sencillo ya que un buen antibiótico de uso tópico podría  eliminar estas cepas. Sin embargo, existen numerosas complicaciones  ya que algunas de estas protoespecies  mutan  ocupando cargos sindicales que les blindan, perjudicando por cierto, además gravemente la imagen del sindicato que queda en entredicho al ser caracterizado por una tipología tan inconveniente.  En otros casos ocurre que el antibiótico o no tiene suficiente potencia o hace dejación de la misma, lo que engrandece y fortifica a estas retroespecies generando ataques más cáusticos y virulentos hacia los directivos que los padecen.

3.       "In com petentum", en tres palabras.  Es la tercera categoría de labor toxicus. Cuando se prescribe tratamiento sintomático para esta  clase de labor o se aconseja directamente quirófano, lo más habitual es que nos encontremos con respuestas  inmu-no-lógicas del  tipo "aguanta, que ahora no es buen momento" o "sabemos que es muy flojo, pero te lo tienes que quedar porque no podemos cambiarlo", suele ser personal fijo o funcionario o laboral… En casos de mayor contagio podemos encontrarnos con que, además,  se les rebajan objetivos, se le perdonan retrasos o se les permite una clara disminución de resultados.

 

4.       Fraudelen  embusterum”, román paladino: Mierda Pura,  es la cuarta naturaleza según el estudio citado. Se estima que un   40% de los directivos ya han sufrido el fraude y la  mentira por parte de esta clase de labor toxicus. Otto Walter, en voz de su presidente,  afirma que "ante los datos presentados, hay que ser verdaderamente fuerte para superar estas situaciones límite sin que le trastoquen a uno, por mucha experiencia que se tenga".  Los efectos secundarios asociados  son la pérdida de confianza en los demás,  la anemia motivacional, fallos en la comunicación  y en la forma de tratar a los demás…Como se aprecia, estados carenciales muy duros.

 

5.       Tempus apostum perderem”, forma coloquial: “El Güindous” ,quinto tipo. Algo menos expansivo que sus hermanos mayores, pero igual de nocivo, ya que perder el tiempo intencionadamente  supone un grave quebranto  para la coordinación del equipo, un pésimo ejemplo, situaciones de tensión y enfrentamiento, una injusta sobrecarga de trabajo para los demás y el inevitable menoscabo del clima  relacional que origina.

 

6.       Labor peleatum  equivocus”. El estudio de Otto Walter señala que "hay empleados que, quizá por haber sufrido una mala experiencia con un jefe anterior, o por una mala actitud personal, o incluso por haber recibido una educación antiempresarial, tratan de pelear contra sus superiores, de complicarles las cosas a propósito, como si asumieran de partida que el jefe fuera el enemigo a batir". Se trata, pues, de una especie muy hostil  y desconcertante para los directivos, ya que la sintomatología  tarda un tiempo en dar la cara y al principio resulta, por esquiva, algo equívoca.

 

 

7.       Impertinentum soberbiae” vulgo El Conguito, debido a su alimentación, que sólo parece provenir de los frutos de la cabra. Esta última clase reconocen haberla soportado un 27% de los directivos y mandos. Se trata de una especie  de toxicus  caracterizados por la  arrogancia. Y es que no sólo hay jefes arrogantes, también hay empleados soberbios e impertinentes.

La clase médica asegura que la cirugía agresiva debería ser el último recurso frente a estas infecciones. Pero si no se hace nada, si no se da tratamiento alguno,  si no se actúa con firmeza ante estos gérmenes tóxicos, auténtica causa  de la contaminación laboral que, con su conducta, desquician a cuantos están a su alrededor, pronto la organización comenzará un declive sin retorno que hará imposible recobrar mínimamente la salud.

JAVIER PARIENTE

DIRECTOR DEL CFA LA CHIMENEA


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Comentarios

# re: Otras formas de contaminación: Tóxicos

04/02/2009 16:46 por kyhjgjfdshgjb hg
laS PRINCIPALES FORMAS DE CONTAMINACION ES EL SER HUMANO Y ESO ES TODOS NOSOTROS

# re: Otras formas de contaminación: Tóxicos

04/02/2009 16:46 por kyhjgjfdshgjb hg
laS PRINCIPALES FORMAS DE CONTAMINACION ES EL SER HUMANO Y ESO ES TODOS NOSOTROS

# re: Otras formas de contaminación: Tóxicos

20/05/2009 13:33 por Jarry
El management tóxico. 20 propuestas para erradicar directivos psicosocialmente tóxicos
Iñaki Piñuel y Zabala psicólogo y profesor de Organización y Recursos Humanos Universidad de Alcalá. Autor del libro "Mobbing. ¿Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo" Artículo publicado en "La Mutua" nº 9
“….
El management defensivo como management tóxico

Numerosos directivos y mandos a falta de haber aprendido a hacer su trabajo con profesionalidad lo cual significa dirigir personas, integrar a sus equipos, desarrollar la comunicación integral y el trabajo en equipo y generar un ambiente de movilización y eficiencia presumen de “tener” y “mantener” a sus unidades bajo estrés permanente, lo cual es para ellos sinónimo de alto rendimiento y eficacia.

Para justificar la falta de organización y de profesionalidad se acude a los peregrinos argumentos de la turbulencia del entorno, los cambios vertiginosos en el mercado, la presión de los costes, las demandas de los clientes, o la reducción de los tiempos de respuesta al mercado.

El management no profesional se escuda detrás de éstas y otras racionalizaciones para no hacer sus “deberes” en cuanto a desarrollar ambientes de trabajo eficaces y no tóxicos.

Managers psicosocialmente tóxicos

… Es necesario recordar una vez más que a dirigir también se aprende. El management o la habilidad para dirigir personas no es algo con lo que se nace, sino una destreza laboral que ha de estudiarse, aprenderse, y entrenarse de forma específica. El ser nombrado jefe o directivo de un grupo de trabajadores no produce de manera milagrosa la repentina capacitación de éste como conductor de personas.

Muchas de las actitudes psicosocialmente tóxicas de algunos mandos proceden de personas ya dañadas anteriormente por los mismos problemas que terminan proyectando sobre otros trabajadores. Es así como podemos hablar del management tóxico como una causa y al mismo tiempo un resultado de una organización psicosocialmente tóxica.

Muy habitualmente este tipo de directivos son personas frustradas, incompetentes, a la defensiva, o simplemente enfermas psicológicamente, a veces víctimas a su vez de otras violencias psicológicas. Sencillamente no tienen una idea mejor, no han aprendido a dirigir de otro modo sino emulando un estilo de dirección que ellos mismos han padecido anteriomente…

Directivos fuera de control o impulsivos

Existen trabajadores que presentan escaso éxito a la hora de controlar eficazmente su impulsividad. A estos trabajadores fuera de control se les imputa buena parte de los comportamientos de violencia y presión que se producen en las organizaciones.

El fallo en el autocontrol puede proceder de rasgos o trastornos de la personalidad como los que suelen presentar los psicópatas organizacionales.

También puede proceder de una baja tolerancia a la frustración que hace a estos trabajadores poco inteligentes “emocionalmente”. Esos desahogos que cursan con violencia y agresividad producen inicialmente la sorpresa y a medio plazo el daño sobre los demás trabajadores.

Este tipo de manager suele ser con demasiada frecuencia “tolerado” en la organización como “alguien con carácter” o que sencillamente “es así” y “hay que aceptarle como es”.

Esta tolerancia amplia no repara en el carácter psicosocialmente tóxico que tienen para los demás estos trabajadores sin autocontrol.

La “manga ancha” y la tolerancia a los desmanes, otorgan a este tipo de manager “patente de corso” para un comportamiento destructivo.

Directivos con estilos atributivos hostiles

Se ha indicado con profusión cómo el origen de muchos comportamientos de presión o incluso de acoso en el trabajo reside en un tipo de personalidades alteradas. Sin llegar a presentar un trastorno de la personalidad, existen personas “normales” que presentan determinados sesgos atribucionales negativos u hostiles cuando evalúan el comportamiento de los demás.

Se trata de mandos o directivos con ciertas dosis de paranoidismo o suspicacia no patológicos, denominados “paranoicos leves” que presentan una tendencia marcada a interpretar el comportamiento de los demás como referencial a ellos mismos en un sentido negativo.
Esta actitud no es sino una permanente profecía de tipo negativo que opera en sus relaciones con los demás. Como tal profecía tiende a hacer creer a la persona que los demás pretenden herirle, ofenderle, vejarle, o que “buscan perjudicarle o humillarle” en todo cuanto hacen.
Interpretan así los comportamientos de los demás de manera hostil y se sienten agraviados de manera continuada, de tal modo que no resulta extraño que se comporten de manera agresiva o vengativa en respuesta a esta deformación de su percepción.

Este proceso de intención continuado hacia los demás o “paranoia leve” es muy habitual en las personas que practican el mobbing contra otros compañeros y es el efecto de una deformación patológica, de su percepción. Suele tener origen en un historial de malos tratos o abusos en la infancia que hacen desarrollar al futuro adulto ya desde niño una idea negativa acerca de las intenciones de los demás o lo que es lo mismo un patrón genérico de desconfianza.

Conviene terminar el repaso a los factores personales de los trabajadores que se comportan tóxicamente en el entorno laboral con una especial mención a cómo concurren en ellos importantes sesgos o distorsiones en su forma de pensar que explican su comportamiento agresivo hacia otros.

El patrón del pensamiento de quienes maltratan a los demás es característico de una cosmovisión antropológica negativa o paranoide que entiende el universo laboral como un entorno aversivo o una “jungla” en la que sólo un comportamiento agresivo-defensivo puede terminar triunfando o sobreviviendo. Se señalan a continuación algunos de los más frecuentes patrones cognitivos que presentan los trabajadores más agresivos:

• Piensa mal y acertarás.
• Las personas son generalmente hostiles.
• Si una persona se muestra amistosa, lo que busca realmente es utilizarte
• Si descubren cosas acerca de tí, las utilizarán en contra.
• La gente nunca es sincera.
• La gente se aprovecha de uno si se le da la oportunidad.
• Si se deja a las personas que se acerquen demasiado te traicionan.
• Las personas tratan de rebajarte o humillarte siempre que pueden
• No se debe confiar en los demás, sino sólo en uno mismo.
• Es necesario estar permanentemente alerta y en guardia.
• La gente actúa por motivaciones ocultas.
• Si se muestra uno condescendiente o tolerante, le atacan.
• La gente intenta manipular.
• Un comportamiento amistoso encubre intenciones de manipular.
• Es necesario guardar las distancias para evitar el abuso de confianza.
• No resulta seguro fiarse de las personas.
• Pedir ideas a otros es manifestar debilidad o incompetencia.
• Un jefe debe ser duro si no quiere que “se le suban a las barbas”.
• No conviene dar confianza a las personas, pues luego abusan de ella.
• La participación es abdicación de la autoridad.


El management tóxico debe ser prevenido y tratado por la organización como una amenaza real para la salud física y mental de los empleados. La organización debe mantener una posición de garante, en la medida en que la posición de dominio de quien dirige de manera tóxica se apoya en una línea jerárquica de mando.

La organización está llamada a identificarlo, y a poner los medios y los remedios para prevenirlo y evitarlo.”

# re: Otras formas de contaminación: Tóxicos

21/05/2009 23:07 por Marta Romo
Un jefe “tóxico” (en la terminología del profesor Iñaki Piñuel) consigue reducir la capacidad de un equipo a gran velocidad, a través del “contagio” de emociones destructivas. Sólo un directivo equilibrado consigue que sus colaboradores den lo mejor de sí mismos. El concepto de jefe tóxico, ha ganado enseguida multitud de adeptos, el 36% de los jefes en España son “tóxicos” y sólo un 16% son buenos jefes o líderes que crean un clima de satisfacción, rendimiento y desarrollo, muchas personas dicen “¡sólo el 36%!, en mi empresa hay más”.



El efecto “jefe tóxico” tiene muchas connotaciones, una es objetiva: es aquella persona considerada inaguantable por sus colaboradores, realmente nociva para la salud mental y física de todos los sufridores que trabajan con y para él. Esto es un hecho, no es de extrañar que según el IESE: “el 70% de las personas que abandonan sus empresas lo hacen por una mala relación con su jefe”. Así que las personas no abandonan a las empresas, abandonan a sus jefes. Pero la segunda lectura que tiene todo esto, es “echar balones fuera”. Cuando sufrimos un jefe tóxico o semitóxico, iniciamos una cadena de pensamientos que nos lleva a la convicción de que ya no podemos hacer nada, que estamos perdidos y que la responsabilidad es del otro, del jefe, de la empresa, del gobierno, etc. De nuevo, entra en juego el zombie que se deja llevar por la corriente, que piensa que no es responsable de cómo se siente, de cómo le afectan las cosas. Como decía Samuel Johnson, “donde la esperanza no existe, no puede existir el esfuerzo”. Nos olvidamos de que la libertad última del ser humano es escoger cómo se siente, dejamos todo el peso en los demás y nos obcecamos con el “no puedo”, “no depende de mí”, “esto no me incumbe”, “es que mi jefe es un desastre”, es que, es que, es que. Entramos en la cadena de la justificación.

Este encadenamiento de pensamientos es muy rápido y sutil, nos lleva además a no tener en cuenta nuestro propio impacto en la toxicidad del ambiente. Cómo yo me siento, así transmito, así contribuyo. Además del jefe tóxico, está el compañero tóxico, el cliente tóxico, el departamento tóxico, la empresa tóxica, y el “yo tóxico”. En este sentido, no podemos desvincularnos de nuestra contribución a las emociones del equipo, al ambiente de trabajo, porque somos responsables. Nos guste o no, todos somos en un momento dado tóxicos.

Taylor propuso cinco principios que siguen vigentes hoy en día como crencias limitantes y que desde mi punto de vista, contribuyen a esta contaminación del ambiente, a generar toxicidad. Algunos de estos principios, podemos decir que son responsabilidad de la empresa, otros del jefe y otros de cada uno de nosotros. Son las esencias para la maldad, el malestar, el desánimo, las esencias que enrarecen el ambiente:

- que la dirección es una ciencia,

- que el hombre es por naturaleza perezoso,

- que se trata de medir métodos y tiempos,

- que hemos de separar a los que piensan de los que ejecutan

- que tenemos que compartimentalizar las tareas.

Es lo que ocurre en la mayor parte de las organizaciones. Craso error. Es el origen de la maldad, que ya desde la Edad Media se define por la codicia (radix malorum est cupiditas), el pecado del lobo, contrapuesto con el amor (Caritas et amor, Deus ibi est).

Philip Zimbardo y otros autores nos enseñan otros cinco factores para la contaminar el ambiente, que mucho tienen que ver con los que en su día definía Taylor y que también tienen la doble dimensión personal-empresarial:

- La Autoridad mal entendida

- La Perversión por el estrés

- La Despersonalización

- La Desesperanza

- Las Prisas

La primera esencia que contamina el ambiente, está relacionada con la autoridad o la dirección. Tiene mucho que ver con lo que demostró Stanley Millgram en Yale con su experimento de obediencia ciega a la autoridad. Se trataba de aplicar descargas a una persona para que memorizara términos. Se preguntó a 40 psiquiatras hasta dónde llegarían los “verdugos” y respondieron que la mayoría abandonaría a los 150 voltios. En realidad, el 66% alcanzó el máximo: 450 voltios. Ese mismo tipo de “sadismo” lo hemos comprobado en el experimento de la cárcel de Stanford de 1971 (unos voluntarios haciendo de carceleros y otros de presos). Es la “psicología del encarcelamiento”, que justifica casi todo.

La segunda esencia contaminante es el estrés, el control. Según el cirujano y experto en liderazgo Mario Alonso Puig, “En España, en los últimos diez años se ha multiplicado por cuatro el consumo de ansiolíticos y antidepresivos y cada vez los trastornos psicológicos afectan a personas más jóvenes. Además de afectar a la salud, la presión excesiva y prolongada merma nuestras capacidades intelectuales al afectar no sólo al riego de nuestro cerebro, sino también al dañar centros del sistema nervioso central que son claves en la memoria y el aprendizaje”.

La tercera es la despersonalización, eso de considerar a las personas como “recursos”, como “otros” diferentes a nosotros. “Nuestra capacidad de conectar y desconectar nuestros principios morales (…) explica por qué la gente puede ser cruel en un momento y compasiva en el siguiente”, nos enseña Bandura, otro de los padres de la psicología social. Nos deshumanizamos cuando peleamos unos contra otros, sea en una guerra, en una discusión de tráfico o en una fusión empresarial.

La cuarta esencia es la “enfermedad de la desesperanza”, ampliamente estudiado por el Dr.William Mayer en la guerra de Corea, donde se dio un 38% de suicidios entre los soldados americanos. Las causas de tanta desesperanza estaban relacionadas con comportamientos de infidelidad entre compañeros o superiores, delatarse unos a otros, la autocrítica y la culpa, y la ausencia de cualquier apoyo emocional positivo.

Y finalmente, las prisas, que acaban con los valores personales. Como demostraron Darley y Batson en 1973, con el experimento de los seminaristas que preparaban una ponencia sobre el buen samaritano, a quienes las prisas por llegar tarde a la ponencia, les hicieron “olvidarse” de sus principios y no ayudar a un necesitado.

En ocasiones, las personas normales podemos llegar a deshumanizarnos en función del contexto, en función de esas esencias putrefactas. ¿Y cuál es el papel de algunos los líderes de equipos para contrarrestar esta contaminación? Muchas veces el silencio. Una pena. Como decía Martin Luther King, “Debemos saber que aceptar pasivamente un sistema injusto es cooperar con ese sistema y, de ese modo, tener parte en su maldad”. ¿No nos olvidamos de alguien? ¿Cuál es mi papel como persona y como profesional en este juego de ambientes? ¿Hay esperanza? “La Persona es un actor en el escenario de la vida cuya libertad a la hora de actuar se funda en su modo de ser personal, en sus características genéticas, biológicas, físicas y psicológicas. La situación es el contexto conductual que, mediante sus recompensas y sus funciones normativas, tiene el poder de otorgar identidad y significado a los roles y al estatus del actor. El sistema está formado por los agentes y las agencias que por medio de su ideología, sus valores y su poder crean situaciones y dictan los roles y las conductas de los actores en su esfera de influencia” (Zimbardo).

Ahí queda eso…

Marta Romo
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