Es evidente que la Agricultura del siglo
XXI se enfrenta al reto de aumentar la producción de alimentos en mayor medida
que el incremento demográfico y, además, hacerlo empleando menor superficie y
con un menor daño al medio ambiente. En la actualidad, la población
mundial ha superado los 6000 millones de personas y en los próximos años el
incremento anual se acercará a los 80 millones (dos veces la población de
España). Al mismo tiempo, las tierras cultivables constituyen un recurso
limitado y escaso en amplias zonas del planeta; de manera que a medida que
aumenta la población disminuye la tierra cultivable por habitante. Debe
añadirse que la agricultura tiene efectos negativos para el medio ambiente,
tales como la pérdida de biodiversidad, eutrofización, contaminación por
plaguicidas, erosión y salinización. Un aumento de la producción de alimentos
conseguido mediante el mero aumento de la superficie agrícola es, en primer
lugar muy difícil de realizar y, en todo caso, tendría un alto coste ambiental.
En definitiva, la pregunta que nos planteamos es si los retos de la agricultura
actual pueden resolverse con la tecnología disponible.
Para profundizar en esta cuestión
conviene fijarse en los logros del pasado. Durante los años sesenta y setenta
del siglo XX, Norman Borlau y otros investigadores desarrollaron nuevas
variedades de cereales con mayor capacidad productiva. La adopción masiva de
estas variedades trajo la llama Segunda Revolución Verde, que dio lugar a un
espectacular aumento de los rendimientos de los principales cultivos del mundo.
Consecuentemente, la producción de alimentos per capita se incrementó un 50%
entre 1970 y 2000. Al mismo tiempo, los precios de los alimentos básicos (en divisas
constantes) se redujeron un 50% en ese periodo. El porcentaje de personas que
sufren malnutrición pasó del 37% en los años setenta al 18% a finales de los
noventa. Evidentemente, éste sigue siendo un porcentaje inaceptablemente alto;
aunque estos logros sean modestos, es difícil pensar que se hubieran podido
producir sin un aumento significativo de los rendimientos agrícolas. Un aspecto
negativo, sin embargo, es que el incremento anual en los rendimientos de arroz,
trigo y maíz es cada vez menor. Diversas líneas de evidencia apuntan a que los
métodos de Mejora Genética, que tan efectivos resultaron en los años setenta,
están acercándose a su límite en estos cultivos.
La Mejora Genética tradicional se
ha basado en la búsqueda de características agrícolas deseables en colecciones
de germoplasma o especies filogenéticamente cercanas a la que se quiere
mejorar. Se realizan cruzamientos, se analiza la descendencia y se seleccionan
los ejemplares con mejor fenotipo en cada generación. Con frecuencia se han empleado
técnicas tales como la mutagenésis mediante radiactividad, el cruzamiento entre
especies o incluso entre géneros o la fusión de protoplastos. En contraste, la Biotecnología se
basa en la búsqueda de caracteres agrícolas deseables en sistemas biológicos
muy distintos (incluso bacterias o virus) y en el aislamiento de los genes
responsables para su incorporación posterior a las plantas cultivadas. Puede
decirse que la Mejora Genética
es una ciencia más empírica, que requiere un menor conocimiento de los
fenómenos biológicos subyacentes. No obstante, esta disciplina sigue siendo la
fuente principal de nuevas variedades y es dudoso que su importancia disminuya
en el futuro. Aunque es frecuente presentar a la Mejora Genética y a la Biotecnología como
contrapuestas, lo cierto es que son complementarias.
Resulta interesante examinar
algunos ejemplos concretos de la aplicación de la Biotecnología al
desarrollo de nuevas variedades. Por ejemplo, el denominado maíz Bt lleva
incorporado un gen de la bacteria Bacillus
thuringiensis. Este gen codifica una proteína tóxica para determinados
insectos, por lo que la expresión de ésta confiere resistencia en la planta a
insectos tales como el ‘taladro del maíz’. En consecuencia, el cultivo requiere
una menor aplicación de insecticidas, y los insectos beneficiosos y no se ven
afectados. El desarrollo de resistencias es improbable debido al uso de plantas
refugio. No cabe duda de que esta estrategia es más eficaz y menos nociva
ecológicamente que la aplicación de insecticidas.
Otra variedad transgénica de
reciente desarrollo es el ‘arroz dorado’. En este caso se han incorporado al
arroz tres genes procedentes de bacterias y que permiten que la planta acumule
beta-caroteno (vitamina A), el cual es normalmente muy escaso en esta especie.
La deficiencia en vitamina A constituye un problema muy serio en diversos
países, provocando la muerte o ceguera de millones de niños cada año. Paradójicamente,
el uso de arroz dorado, que puede paliar este problema, está siendo fuertemente
contestado por grupo ecologistas.
En resumen, la Biotecnología está
desarrollando en la actualidad un número apreciable de variedades que
incorporan características agrícolas deseables, tales como la resistencia a
frío, sequía, salinidad, plagas y enfermedades o que poseen mayor cantidad de
nutrientes, como vitaminas, proteínas o ácidos grasos mono-insaturados. Los
límites teóricos de esta tecnología son difíciles de predecir.
Existe un consenso casi absoluto
entre la comunidad científica sobre la seguridad de las plantas modificadas
genéticamente, las cuales pasan por un largo y costoso proceso de evaluación
antes de ser utilizadas. Es importante incidir en que la evaluación de estos
OGM debe hacerse caso por caso. La incorporación de un gen en una planta no
conlleva un riego per se (todo depende de la proteína que codifique el gen).
Los genes son comestibles y los consumimos todos los días sin que ello nos
cause ningún perjuicio. Además, no hay ningún caso probado de que los OGMs sean
perjudiciales para la salud o el medio ambiente (los casos que se han alegado
no han resistido un escrutinio sistemático), a pesar de que en 2004 se
superaron los 80 millones de Has de estos cultivos.
¿Es necesaria la Biotecnología? Esta
pregunta tiene una respuesta diferente según el país donde se formule. En
países ricos, con tierra cultivable abundante y crecimiento demográfico próximo
a cero, es posible producir alimentos sin recurrir a dichas técnicas, aunque
esta renuncia tendría un coste económico y posiblemente ambiental. En cambio,
en países en vías de desarrollo, donde el hambre ya es un problema grave, la
tierra cultivable escasea y la población crece rápidamente, la no aplicación de
la Biotecnología
puede tener consecuencias mucho más graves. Dado que los OGMs son seguros y
beneficiosos para el medio, las preguntas que surgen son: por qué no utilizarlos
y quién puede permitirse el lujo de no hacerlo.