Enviado el miércoles, 26 de septiembre de 2007 18:58
La cuestión de la Naturaleza Humana
suele expresarse como una dicotomía: ¿se nace o se hace? ¿Son los genes o es la
educación? A estas alturas de la película, debería resultar evidente que la
cuestión no es tan simple y que el problema deriva, justamente, de buscar
soluciones tan simples. Evidentemente, los genes y la educación son
importantes.Una vez admitido esto, corremos es riesgo de caer en otra
trampa, la del conveniente término
medio; en otras palabras, pensar que en toda polémica la verdad radica
necesariamente en la mitad.
Si la pregunta que formulamos es cómo los factores genéticos
o ambientales influyen sobre determinas características, capacidades o actitudes humanas, tendríamos
que analizar los datos existentes sobre tal carácter en particular. Podemos
esperar que, en la mayoría de los casos, puedan detectarse tanto influencias
genéticas como ambientales, pero también debe esperarse que algunos caracteres
estén casi exclusivamente determinados por unos u otros.
A la simplicidad perversa de la pregunta “genes o ambiente”
se superpone el problema de las modas. Hasta hace pocos años, la mera mención
de la importancia de los genes era considerada políticamente incorrecta. En la
actualidad, tal vez tendamos a pensar que la biología está detrás de todo.
Desde mi punto de vista, ambas posturas son erróneas. Lo que necesitamos son
datos sobre el asunto concreto que estemos tratando y después intentar
interpretar los datos con honradez intelectual. Pos supuesto, esto es más fácil
de decir que de hacer.
Todo esto viene a cuento por un artículo reciente del grupo
del profesor Ian Spence, de la Universidad de Toronto, Canadá, según el cual
una diferencia mental entre hombres y mujeres, que inicialmente se atribuyó a
la biología, pudiera ser consecuencia del ambiente. El artículo se ha publicado
en la revista Psychological
Science.
Este grupo lleva años investigando diferencias de género en
capacidades cognoscitivas relacionadas con las tecnologías de la información y
la comunicación (TICs). Es un hecho conocido que las mujeres tienen una escasa
participación en este campo (en Canadá sólo 1 de cada 3 trabajos relacionados
con TICs está ocupado por una mujer, y esta tendencia es global). Estos
investigadores se han propuesto averiguar si existen diferencias (biológicas) en
las capacidades mentales de unos y que expliquen esta situación.
El trabajo en cuestión se centraba en dos habilidades
distintas pero relacionadas: un test de atención espacial, utilizando un
videojuego y un “típico” test que consistía en rotar figuras en el espacio. Los
sujetos del experimento eran estudiantes de la universidad divididos en grupos:
hombres vs mujeres, jugadores habituales vs no jugadores y estudiantes de
ciencias vs artes. Los resultados del experimento fueron que: 1) los jugadores
habituales (chicos y chicas) resultaron mucho mejores; 2) los científicos
mejores que los artistas; y 3) en todos los grupos, los hombres superaron a las
mujeres. A primera vista, podría pensarse que es otra diferencia de género de
origen biológico.
Sin embargo, en el segundo experimento, los investigadores
entrenaron a la mitad del grupo (dejando a la otra de control) durante 10 h con otro videojuego (Medal of
Honour: Pacific Assault) y repitieron el primer experimento. Tal como se
esperaba, los sujetos “entrenados” mejoraron mucho sus resultados; no obstante,
las mujeres lo hicieron en mucha mayor proporción que los hombres. Más aun,
esta “ganancia” se mantuvo al cabo de cinco meses. Lo más interesante es que
esta mejora en el videojuego correlacionaba con una mejora en el test de
rotación espacial.
Una conclusión clara de este experimento es que la práctica
de videojuegos tiene algunas consecuencias positivas (algo que mis hijos
adolescentes tienen muy claro, por otra parte). La segunda conclusión, aunque
es pronto para considerarla definitiva, es que las diferencias de género en tareas tales como
la rotación de figuras en el espacio, tal vez no tenga una causa biológica sino
que sea consecuencia de factores ambientales; en este caso, una menor
frecuencia en las mujeres de actividades que suponen un entrenamiento efectivo
(como algunos videojuegos). Serán necesarios más estudios, pero la pelota está
(rotando) en el aire.