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sábado, 01 de diciembre de 2007

Es evidente que la Agricultura del siglo XXI se enfrenta al reto de aumentar la producción de alimentos en mayor medida que el incremento demográfico y, además, hacerlo empleando menor superficie y con un menor daño al medio ambiente. En la actualidad, la población mundial ha superado los 6000 millones de personas y en los próximos años el incremento anual se acercará a los 80 millones (dos veces la población de España). Al mismo tiempo, las tierras cultivables constituyen un recurso limitado y escaso en amplias zonas del planeta; de manera que a medida que aumenta la población disminuye la tierra cultivable por habitante. Debe añadirse que la agricultura tiene efectos negativos para el medio ambiente, tales como la pérdida de biodiversidad, eutrofización, contaminación por plaguicidas, erosión y salinización. Un aumento de la producción de alimentos conseguido mediante el mero aumento de la superficie agrícola es, en primer lugar muy difícil de realizar y, en todo caso, tendría un alto coste ambiental. En definitiva, la pregunta que nos planteamos es si los retos de la agricultura actual pueden resolverse con la tecnología disponible.

 




Para profundizar en esta cuestión conviene fijarse en los logros del pasado. Durante los años sesenta y setenta del siglo XX, Norman Borlau y otros investigadores desarrollaron nuevas variedades de cereales con mayor capacidad productiva. La adopción masiva de estas variedades trajo la llama Segunda Revolución Verde, que dio lugar a un espectacular aumento de los rendimientos de los principales cultivos del mundo. Consecuentemente, la producción de alimentos per capita se incrementó un 50% entre 1970 y 2000. Al mismo tiempo, los precios de los alimentos básicos (en divisas constantes) se redujeron un 50% en ese periodo. El porcentaje de personas que sufren malnutrición pasó del 37% en los años setenta al 18% a finales de los noventa. Evidentemente, éste sigue siendo un porcentaje inaceptablemente alto; aunque estos logros sean modestos, es difícil pensar que se hubieran podido producir sin un aumento significativo de los rendimientos agrícolas. Un aspecto negativo, sin embargo, es que el incremento anual en los rendimientos de arroz, trigo y maíz es cada vez menor. Diversas líneas de evidencia apuntan a que los métodos de Mejora Genética, que tan efectivos resultaron en los años setenta, están acercándose a su límite en estos cultivos.

 

La Mejora Genética tradicional se ha basado en la búsqueda de características agrícolas deseables en colecciones de germoplasma o especies filogenéticamente cercanas a la que se quiere mejorar. Se realizan cruzamientos, se analiza la descendencia y se seleccionan los ejemplares con mejor fenotipo en cada generación. Con frecuencia se han empleado técnicas tales como la mutagenésis mediante radiactividad, el cruzamiento entre especies o incluso entre géneros o la fusión de protoplastos. En contraste, la Biotecnología se basa en la búsqueda de caracteres agrícolas deseables en sistemas biológicos muy distintos (incluso bacterias o virus) y en el aislamiento de los genes responsables para su incorporación posterior a las plantas cultivadas. Puede decirse que la Mejora Genética es una ciencia más empírica, que requiere un menor conocimiento de los fenómenos biológicos subyacentes. No obstante, esta disciplina sigue siendo la fuente principal de nuevas variedades y es dudoso que su importancia disminuya en el futuro. Aunque es frecuente presentar a la Mejora Genética y a la Biotecnología como contrapuestas, lo cierto es que son complementarias.

 

Resulta interesante examinar algunos ejemplos concretos de la aplicación de la Biotecnología al desarrollo de nuevas variedades. Por ejemplo, el denominado maíz Bt lleva incorporado un gen de la bacteria Bacillus thuringiensis. Este gen codifica una proteína tóxica para determinados insectos, por lo que la expresión de ésta confiere resistencia en la planta a insectos tales como el ‘taladro del maíz’. En consecuencia, el cultivo requiere una menor aplicación de insecticidas, y los insectos beneficiosos y no se ven afectados. El desarrollo de resistencias es improbable debido al uso de plantas refugio. No cabe duda de que esta estrategia es más eficaz y menos nociva ecológicamente que la aplicación de insecticidas.

 

Otra variedad transgénica de reciente desarrollo es el ‘arroz dorado’. En este caso se han incorporado al arroz tres genes procedentes de bacterias y que permiten que la planta acumule beta-caroteno (vitamina A), el cual es normalmente muy escaso en esta especie. La deficiencia en vitamina A constituye un problema muy serio en diversos países, provocando la muerte o ceguera de millones de niños cada año. Paradójicamente, el uso de arroz dorado, que puede paliar este problema, está siendo fuertemente contestado por grupo ecologistas.

 

En resumen, la Biotecnología está desarrollando en la actualidad un número apreciable de variedades que incorporan características agrícolas deseables, tales como la resistencia a frío, sequía, salinidad, plagas y enfermedades o que poseen mayor cantidad de nutrientes, como vitaminas, proteínas o ácidos grasos mono-insaturados. Los límites teóricos de esta tecnología son difíciles de predecir.

 

Existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica sobre la seguridad de las plantas modificadas genéticamente, las cuales pasan por un largo y costoso proceso de evaluación antes de ser utilizadas. Es importante incidir en que la evaluación de estos OGM debe hacerse caso por caso. La incorporación de un gen en una planta no conlleva un riego per se (todo depende de la proteína que codifique el gen). Los genes son comestibles y los consumimos todos los días sin que ello nos cause ningún perjuicio. Además, no hay ningún caso probado de que los OGMs sean perjudiciales para la salud o el medio ambiente (los casos que se han alegado no han resistido un escrutinio sistemático), a pesar de que en 2004 se superaron los 80 millones de Has de estos cultivos.

 

¿Es necesaria la Biotecnología? Esta pregunta tiene una respuesta diferente según el país donde se formule. En países ricos, con tierra cultivable abundante y crecimiento demográfico próximo a cero, es posible producir alimentos sin recurrir a dichas técnicas, aunque esta renuncia tendría un coste económico y posiblemente ambiental. En cambio, en países en vías de desarrollo, donde el hambre ya es un problema grave, la tierra cultivable escasea y la población crece rápidamente, la no aplicación de la Biotecnología puede tener consecuencias mucho más graves. Dado que los OGMs son seguros y beneficiosos para el medio, las preguntas que surgen son: por qué no utilizarlos y quién puede permitirse el lujo de no hacerlo.

 

 

14:40 | gestionado por Pablo Rodriguez Palenzuela | Enviar comentario (7)