El Gingko biloba es un árbol relativamente
corriente en parques y jardines. Su aspecto no es demasiado
impresionante. De porte pequeño, tiene unas hojas con una curiosa forma
que recuerda vagamente a una campana. Lo que tiene de especial el
gingko es que su aspecto se ha mantenido estable en los últimos 250
millones de años, ya que los fósiles del Triásico nos muestran unas
hojas clavaditas a las actuales. Además, todas las especies
medianamente emparentadas con él (pertenecientes al orden ginkgoales)
se han extinguido. El gingko es lo que se denomina un “fósil viviente”
y bien merece por ello un sitio en nuestros jardines.
Sin embargo, suele decirse del gingko (al igual
que de otros fósiles vivientes) que es un árbol “primitivo”. Esto debe
matizarse. Es cierto que sus hojas no han cambiado de aspecto desde el
Triásico, pero en otros caracteres no visibles, es perfectamente
posible que lo haya hecho. Por ejemplo, es razonable pensar que esta
especie haya evolucionado para hacerse resistente a los microorganismos
patógenos (los cuales también han evolucionado desde el Triásico). De
hecho, cuando se ha podido examinar los genes de algunos de estos
fósiles vivientes, se ha visto que en las regiones del DNA que no
codifican proteínas, las mutaciones se acumulan exactamente igual que
en las demás especies (como no podía ser de otro modo). Podría decirse
que las bacterias, cuyo tiempo de generación es inferior a una hora,
son seres más evolucionados que los mamíferos ya que han pasado por un número muy superior de generaciones.
Como este post parece que se está metiendo él sólo en un terreno filosófico, intentaré salir en dos tiempos:
- El significado corriente del término
“evolucionado” tiene una connotación positiva de “cambio a mejor”. Los
biólogos suelen negar esto enfáticamente, aduciendo que la evolución es
una fuerza ciega y por tanto no tiene una dirección predeterminada (con
lo que estoy evidentemente de acuerdo). Pero el problema persiste ¿Que nosotros somos más primitivos que las bacterias? Ni de coña.
- Para que el término “más evolucionado” sea
realmente útil tendría que ser más específico. Para los biólogos
moleculares significa simplemente cambio en las secuencia de ADN,
independientemente de que estos cambios afecten al aspecto o las
posibilidades de supervivencia del organismo. En cambio, los biólogos
evolutivos “clásicos” suelen referirse a determinados caracteres como
“primitivos” o “modernos” en función del momento de su aparición en el
registro fósil, lo cual también tiene sentido.
Cualquier término puede valer si estamos de
acuerdo en lo que significa realmente. El problema surge cuando grupos
distintos utilizan el mismo término con significados diferentes. Creen
que se entienden pero no es así.
El tema se vuelve más espinoso cuando nos referimos al origen de nuestra propia especie y de
nuestro pariente más cercano, el chimpancé. Sabemos que ambas especies
se separaron hace 5 o 6 millones de años, pero se sabe muy poco del
antecesor común a ambas. La hipótesis “por defecto” es que este
antecesor debía parecerse bastante al chimpancé actual. Esta hipótesis
no se basa en datos sólidos sino –paradójicamente- en la ausencia de
datos. El chimpancé habita en selvas tropicales, un lugar muy poco
propicio para la fosilización. La ausencia de fósiles probablemente indica que nuestro antecesor también vivía en estas selvas. Y si el chimpancé no ha cambiado de hábitat en todo este tiempo probablemente
tampoco ha cambiado mucho de aspecto. Luego, las mayores presiones
selectivas han debido producirse en el linaje que sí cambio de hábitat
(nosotros). Luego, el chimpancé es menos evolucionado (ha
cambiado más) que el humano. Dado que no existen prácticamente fósiles
de esta época, parece imposible contrastar esta hipótesis.
O a lo mejor sí es posible. A Margaret Bakewell y
sus colegas de la Universidad de Michigan se les ha ocurrido una forma
de hacerlo. Estos investigadores razonaron que si el linaje humano se
ha caracterizado por numerosos y dramáticos cambios fenotípicos,
nuestros genes deberían mostrar las huellas de esta “selección
positiva” en mayor medida que los del chimpancé. Los biólogos
evolutivos distinguen entre la selección positiva o direccional
de un carácter (cuando un alelo tiene una influencia muy grande sobre
la supervivencia del individuo y por tanto es seleccionado, lo cual es
un suceso relativamente raro, aunque ocurre), y la selección negativa o purificadora
(cuando una mutación tiene consecuencias negativas para el individuo y
por tanto es eliminada, lo que es sumamente frecuente). En este último
caso, esperamos que las mutaciones que no dan lugar a un cambio de
aminoácido (llamadas sinónimas) sean mucho más frecuentes que aquellos
que sí dan lugar a un cambio de aminoácido (llamadas no-sinónimas). De
hecho, en la gran mayoría de los genes estudiados a nivel evolutivo,
las mutaciones sinónimas son (aproximadamente) 10 veces más frecuentes
que las no-sinónimas. Sin embargo, cuando encontramos que esta relación
cambia en un gen concreto, tenemos buenas razones para pensar que dicho
gen ha sido objeto de selección positiva.
En definitiva, el ratio entre mutaciones sinónimas
y no-sinónimas constituye una medida del grado de selección positiva
que ha tenido un gen. Así pues, aprovechando que los dos genomas han
sido secuenciados, estos investigadores seleccionaron una buena muestra
de genes de ambas especies: alrededor de 14.000 (lo que viene a ser más
o menos la mitad del total) y midieron en cuál de las dos especies
había mayor frecuencia de genes que han sufrido selección positiva.
Los resultados, publicados en la revista PNAS (1),
indican ¡sorpresa!¡sorpresa! que los chimpancés tienen una mayor
frecuencia de genes con selección positiva que los humanos. Así que
–desde el punto de vista de la Bioinformática- nuestros parientes están
más evolucionados que nosotros ¿es así?
Insisto en la cuestión del principio. Depende del
significado exacto que demos al término. Es indudable que en el linaje
humano se produjeron cambios muy rápidos (y seguramente
adaptativos) en cuanto al tamaño del cráneo, bipedalismo, lenguaje y
otras capacidades mentales. En realidad, el artículo Bakewell no niega
esto. Se limita a afirmar que los chimpancés también estuvieron
sometidos a presiones selectivas y que éstas no han debido ser
cuantitativamente menores (aunque cualitativamente distintas) de las de
los humanos. Conviene recordar que cambios genéticos muy pequeños, si
se producen en genes clave, pueden ocasionar cambios fenotípicos
profundos. Así que la cuestión importante no es quién ha sufrido más
cambios genéticos en general, sino dónde se han producido dichos cambios.
En resumen, no sabemos aún cómo era el antecesor común, lo que si puede decirse es que nuestros primos chimpancés están sobradamente evolucionados.
(1) Bakewell, M.A., Shi, P. and Zhang, J. (2007) " More genes underwent positive selection in chimpanzee evolution than in human evolution" PNAS 104:7489-7494.